Por Yorgenis Ramírez.

Se encerraron en un cuarto de hotel con la pretensión de ser salvados por el deseo. Frenéticos, rompieron sus ropas con las manos, dientes e imaginaciones, desde una voracidad propia de los habitantes del fin de los tiempos.

”No hay tiempo para más, solo el goce podrá redimirnos”, sentenció uno, fiero en su hambre sudada por la piel hirviente de su compañero, quien le contestó delirante: “Muérdeme, escúpeme, maldíceme. Lanza sobre mi toda tu fuerza y rómpeme”. Así vivieron las primeras horas de la cuarentena, al límite de lo prohibido: el contacto.

Se conocieron apenas tres horas antes de la confirmación pandémica por parte del Ejecutivo Nacional. Un par de hombres errantes por un centro comercial y su fiero temor de ser confinados, los encontró cara a cara, abiertos al riesgo, esa experiencia vital disminuida por la situación mundial. Una mirada imposible de evadir, una sonrisa cómplice, el lance de acercarse paso a paso, entre elucubraciones genitales quemando la garganta. “¿Tienes sitio?”. “No, pero hay un hotel cercano donde podemos ir”. Así iniciaban su vertiginoso viaje, valiéndoles un ápice los anuncios del nuevo monstruo exterminador surgido en la opinión pública hacía pocos minutos.

No hubo preguntas. La complicidad bastaba. Si estaban amenazados por una tragedia en ciernes, ¿tenía algún sentido saber si uno era un alto ejecutivo de alguna trasnacional o el otro un cristiano ferviente que daba rienda suelta a la lujuria que por años vivió como clavo culpable hincado en la consciencia? No. Fluir, esa prostituta palabra repetida por todos los manuales de auto-ayuda, cobraba sentido. Así se movieron, desde una fluidez saboreada hasta la osadía. Llegaron al hotel. No hubo mayor dificultad en el ingreso. Nadie se daba por enterado del avance voraz del virus. Dieron sus datos, hicieron el pago correspondiente y uno tomó la llave del cuarto 302-B, piso 2 a la izquierda.

Ya en cuarto, el fiero instinto de sus elucubraciones sexuales se hizo carne. Eran un par de bestias heridas por eros, para dar cuenta del volcán ahogado de culpas, miedos y tristezas, que sólo eros podría transmutar en hoguera donde arder. Se arrancaron la ropa, las dudas, los prejuicios. En ellos fue emergiendo la rabia animal de ser manipulados por el poder: “No me da la maldita gana de encerrarme en casa. Salgo a coger y me libero”. “Los de arriba no tienen que decirnos qué hacer con nuestras vidas. Que vayan a comer mierda”. Así avanzaron en su experiencia: desnudos de cualquier límite, abrasados por el delirio.

Y llegado el momento donde las fuerzas se contraen para alcanzar el éxtasis en la cresta del deseo, uno estornuda encima del otro. Tres fuertes e incontenibles estornudos, como un látigo sobre el cuerpo del otro, confundido entre el goce y el asco. “¡Coño pana! ¿No pudiste voltear la cara? ¡Qué asco!”, sentenció, evidenciando un miedo de fondo que ni el sexo más animal pudo disimular. “Discúlpame, de verdad. No fue mi intención. Esto es incontenible”. Al menos era la forma en que disimulaba su terror bajo la piel. Los estornudos no cesaron. La crisis de rinorrea se desató, ocupando el espacio, los cuerpos, la psique. El cuarto se convirtió en un campo de batalla donde una de las acciones más comunes del ser humano se transformó en amenaza.

Los estornudos invadieron el cuerpo de su compañero, las sábanas, el colchón. También las paredes, el suelo, cada uno de los objetos dispuestos para el placer. Más que un cuarto de hotel, era una cápsula vírica donde se ensayaba una forma compulsiva de llegar al límite, desde la nueva frontera social: el estornudo. “¡Ponte una sábana en la cara! ¡No seas inconsciente! ¿Acaso no te da miedo estornudar así?”, dijo desde el baño, preso del miedo. Pero el otro estaba literalmente ahogado de tanto estornudar y no podía articular palabra alguna. Salió del baño envuelto por el vapor del agua caliente con la que quiso borrar toda evidencia de los estornudos sobre sí. Pero no hubo manera de evitar el contacto. Él ya era parte del sospechoso fluido que su compañero derramó en su descomunal crisis rinorréica.

Como pudo llegó al baño para ducharse con el agua caliente. Entró, corrió la puerta de la ducha y se lanzó sobre una tina, dispuesta para el romántico encuentro de los amantes que quisieran entrelazar sus pieles con la húmeda belleza de un objeto lúbrico e inocente. El ahogo disminuyó su capacidad cardiovascular y con ello la fuerza de sus músculos. Estiró el brazo, abrió la perilla de la ducha y el agua cayó sobre sí, llenando poco a poco la tina. Estaba rendido por la fatiga. Entregado a la confianza última de descongestionar sus fosas nasales con el vapor del agua caliente. ¿Qué habrá despertado en él semejante crisis? El otro se vistió aceleradamente, movido por un miedo estrepitoso, temblando, con la mente en fuga, corriendo kilómetros de lejanía. ¿Qué había en su mente, que tras una contundente crisis de rinorrea, reaccionaba con uno miedo tan visceral?

El sonido del agua no cesaba. Había superado el nivel de la tina y se derramaba incontenible por el baño. Él entró, en un mínimo gesto de compasión, para constatar cómo estaba el otro. Y asomándose a la puerta se dio cuenta que estaba muerto. Yacía hermosamente ahogado en la paz del agua, inundando la habitación. Quiso gritar, salir corriendo, al menos temblar para que la emoción no se congelara en sus músculos. No pudo. El asombro preparó su cuerpo para la única respuesta capaz de moverlo de la estupefacción: un estornudo. Un estruendoso estornudo que despertó a todo el hotel en un rumor amenazante buscando su cabeza. Otro estornudo, para dar cuenta del lugar exacto donde se encontraba su cuerpo, esa amenaza que había que encerrar a toda costa para mantenerse vivos. Un estornudo más, el definitivo, abriendo paso a la manada neurótica corriendo hacia él, con plásticos, sogas y conjuros; reventando la puerta del cuarto, haciéndose de su cuerpo, desde la asfixia y el rapto, donde pudo gritar su propia muerte.

Suena el despertador.

Despierta sobresaltada. Suda. La taquicardia le confirma que todo ha sido un sueño. Se levanta de la cama. Coloca sus pies en el suelo para dar cuenta de la realidad. Repasa anatómicamente la fatiga que el sueño imprimió en sus músculos. Respira. Cierra los ojos. Se calma. Elena se sabe viva y camina hacia el baño. Un poco de agua terminará de espantar la ansiedad post-sueño. Y al abrir la puerta, recibe sobre su rostro el fiero asco de un estornudo imposible de eludir. Y se da cuenta que hay sueños que son definitivos.

 

Yorgenis Ramírez / @irreligente

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