Por Mario Morenza.

Cuando ya me ladillaba en la parada de buses y pensaba poner fin a la espera, regresar a casa y quizá volver al día siguiente a instalarme allí, fue que lo vi venir. Según los datos de mi amiga-vecina-exnovia, el sujeto era puntual. Detestable pero puntual. Se acercaba pesadamente hacia la parada. A lo lejos, se apreciaba su franela empapada en sudor. Y su cava de anime al hombro y un letrero en perfecto orden: empanadas.

Todo sonrisas y todo mal aliento.

Tenía razón mi vecina, un tipo realmente repulsivo tan solo con observarlo caminar. Avanzaba hacia mí como si cruzara un bulevar reventado a punta de bombardeos.

—¿Te quedan? —le lancé cuando estaba lo suficientemente cerca para oírme.

Fernando Botero Abu Ghraib #60

Empecé a caminar a su lado y a su trote. Se le veía ojeroso y desanimado para hablar.

—Solo de jamón y queso. Acepto pagomóvil.

Cancelé en efectivo tres empanadas. Me dio tres servilletas. Se tomó el tiempo necesario para darme esa cantidad, ni una más, ni una menos. Siguió su camino y yo regresé a casa. Estuve esperándolo una hora.

«Siempre pasa a las ocho en punto. Lo tengo cronometrado», había dicho mi vecina.

 

Las empanadas sabían a mazacote con la cantidad de grasa necesaria para lubricar el engranaje de un tractor.

Dos mañanas después, aguardé en la misma parada de buses desde un cuarto para las ocho. A las nueve y media vi que se acercaba, con la misma ropa de aquel lunes.

Todo sonrisas y todo violín.

Con el mismo caminadito de modelo de pasarela postapocalíptica. Con el cartel de empanadas con la tinta chorreada. Y sí, con un mal aliento esta vez afinado con aguardiente de procedencia desconocida.

Le compré tres empanadas más. Esta vez sí le quedaban de queso. Al darles el primer mordisco comprobé que eran igualmente repugnantes.

Una semana después, la misma historia. Le pedí tres empanadas. Me dijo que las había vendido todas, que le escribiera a su WhatsApp y él me reservaba mi dieta de tres empanadas el día que fuera.

No suelo comer empanadas todos los días. De hecho, suelo hacerlo únicamente cuando voy a la playa. Y tengo meses sin ir a la playa. O, más bien, diría que más de un año. Corrijo, diría que más de tres años sin hundir los pies en ninguna arena de ninguna playa.

—Está bien. Anoto tu número. Gracias.

 

Le escribí el domingo de esa semana. Le comenté más o menos esto: «Amigo, soy el de la parada de buses de la Intercomunal de Coche, la que está en la Cancha de Lucas. Te escribo para encomendarte un pedido el miércoles. Tengo una empresa y quiero agasajarlos con un buen desayuno. Cuánto me cobras por cincuenta empanadas. Veinticinco de queso y veinticinco de carne molida».

A los pocos minutos me respondió. La cifra era exactamente el precio de una empanada multiplicado por cincuenta. En aquella época no había inflación. O sí, la había. Pero no a estos niveles estrambóticos. Aparte de sádico, usurero.

El martes en la noche me escribió para confirmar. Le dije que lo esperaba a las seis de la mañana en la parada de buses.

Cuando fui al lugar del encuentro, ya estaba allí. Con su cava de anime en el suelo.

Yo lo miré con gesto de quien olvida algo y dije:

—¡Coño…! Se me pasó traer la cava.

—Claro, pana, ¿dónde te las vas llevar? No te llegó mi mensaje de que trajeras tu cava, algo.

Pensé o fingí que pensaba una solución.

Le dije amistosamente:

—Si quieres, entramos a mi edificio, dejamos las empanadas y desde la salida que da a la avenida contraria puedes retomar el camino al Metro.

Accedió.

A mitad de recorrido, había planeado decirle que mi celular estaba dañado. No sé qué rollo con la batería desde anoche. Que por eso no había leído su mensaje. Le pregunté si podía pagarle vía transferencia, pero que necesitaba hacerlo conectándome desde la computadora de casa.

Accedió.

—Te brindo un café.

—Sí va, pana, no hay rollo.

 

Cuando le serví el café apenas estuvo de pie unos segundos.

Se desplomó y llamé a mi amiga-vecina-exnovia.

Ella no tardó ni dos minutos en tocar a mi puerta.

—¿Dónde está?

—Allí lo tienes.

—¡Hijo de la gran puta!

—En quince minutos se despierta.

Preparamos café.

Mientras hervía el agua, procedí a amarrarlo y sentarlo en una vieja silla de metal, incómoda, pero la adecuada para torturar a sádicos o a violadores en potencia de mis queridas vecinas.

Aturdido y rigurosamente atado, el vendedor de empanadas fue poco a poco recobrando la conciencia.

Me dedicó una buena ración de vulgaridades y fue allí cuando le metí el primer golpe en el ojo.

—¿Te acuerdas de ella?

—No, no sé quién es ella. ¿Tu jeva?

—Exjeva. Pero siempre ha sido mi vecina, maldito sádico.

Pensé que de cierta manera será mi exjeva por el resto de la eternidad.

Pensé en lanzarle una frase explicándole esa paradoja, pero muy probablemente no la iba a entender.

—Yo no me metí con ella.

—¿No? No le agarraste el culo hace un mes. ¿Te reviento el cráneo para ver si te llega aire al cerebro? Y así recuerdas. ¿Ah? ¿Te lo reviento?

En lugar de reventarle la cabeza, con la ayuda de mi vecina, le coloqué un tirro para evitar que sus gritos molestaran a la gente del edificio.

 

La noche anterior había afilado tres cajas de lápices Mongol. Mi vecina y yo estuvimos quebrando las puntas de cada uno de estos lápices en el cuerpo del empanadero.

—No quiero que vuelvas a meterte con ninguna otra mujer, ni a seguir vendiendo esta mierda de empanadas. ¿Me entiendes?

Escupió sangre, sangre con grasa de empanadas y aliento putrefacto.

Todos se arrepienten y lloran como unos cobardes cuando se les aplica su debido castigo. Sin excepción.

Lo dormimos de nuevo con una dosis superior del somnífero que le había suministrado en el café. Esta vez se lo inyectamos. Mi vecina hundió la aguja en la piel desgarrada de la última herida que ella le había propinado. «Este medicamento es de los que toma mi papá para el insomnio», me había dicho la noche anterior. «Lo tumba dos días enteros», agregó.

 

A las tres de la mañana del día siguiente, cuando todos los vecinos ya dormían, o pensábamos que dormían, ayudándonos con una carretilla, llevamos al empanadero hasta el Corolla de mi ex. Nos costó Dios y su ayuda acomodarlo sobre una desteñida y gigantesca toalla del genio de Aladdin tendida en el asiento trasero. Si bien, el sujeto no era enorme, su constitución física era amorfa, como si hubiese engordado de un lado más que del otro haciéndolo incómodo para cualquier traslado.

 

Conduje un buen rato por avenidas al azar. De pronto, en la Francisco Fajardo apareció ante nosotros aquel aviso de tránsito: «La Guaira 30 kilómetros».

—Tengo años sin ir a la playa —dijo mi vecina.

—¿Cuántos años? También tengo como tres años sin ir.

—En realidad, no voy desde principios de año. Fui con David.

 

Dejamos al empanadero en el improvisado hombrillo de la carretera vieja de La Guaira junto con su asquerosa cava de anime y unas cuarenta y tantas empanadas frías.

Rato después, con el amanecer, mi vecina y yo volvimos a sentir bajo nuestros pies la arena húmeda de la orilla del mar.

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