Por Marcos Tarre Briceño

Seudónimo: Abraxas

– Doctor Busquets, ¿me escucha?

La voz llegaba lejana, distorsionada. Entreabrió los ojos. La luz cegadora lo ubicó en el Puente Internacional Simón Bolívar, bajo el sol abrazador de la frontera venezolana. Se sentía distante, incómodamente acostado. Varias manos se agitaban sobre él. El Alto Comisionado respiró lentamente. Lo ayudaron a levantar la cabeza, le pusieron una botella de agua en los labios.

– Ya viene una ambulancia, doctor Busquets…

Percibía y entendía. Seguía en el puente internacional, con el rumor de miles de venezolanos cruzando hacia Colombia. Pero era tan fácil cerrar los ojos y dejarse llevar. Una voz que conocía le decía:

– Enric, ¿Cómo te sientes? ¿Estás mejor? ¿Crees que puedes moverte? Estabas caminando por el puente y de repente caíste. No respirabas, no tenías pulso, un joven te hizo RCP…

Sus ojos parecieron preguntar y la mujer de rostro conocido señaló a un joven de piel oscura y aspecto africano, con un morral en la espalda, una niñita en brazos, la ropa sucia, marcas de horas de cansancio, de caminar, de interminables colas. Ella le hizo señas y el joven se acercó, se inclinó con una alegre sonrisa que enseñaba unos dientes blanquísimos. Le habló.

– Mamadou Diuof, para servirle…

Ese nombre… No era posible. De nuevo un interrogante surgió en sus ojos y el joven sintiera necesario agregar:

– Mi padre y mi abuelo se llamaban igual que yo… Soy venezolano, nací en Caracas, pero de origen senegalés. Estaba cruzando hacia Colombia cuando vi que usted se cayó. ¿Se siente mejor?

Cerró los ojos, trató de levantar la mano, para tocar al joven y confirmar, con un contacto físico, las conexiones fugaces que sucedían en su cabeza. Otro Mamadou Diuof, un joven espigado y altanero… Imágenes como flashes.  1996, Ruanda. El desbastado campamento de refugiados, enviado como experto de Naciones Unidas, cuando todavía tenía ideales. La mirada de Diuof bajó hasta su pecho, miró la placa con su nombre. Su rostro cambió, incrédulo.

– Mi padre contaba que un señor Busquets lo ayudó y movió cielo y tierra hasta lograr que emigrara a Venezuela. ¿Es usted?

Hizo un ligero movimiento afirmativo… Ruanda, luego tantos otros sitios, Yida, Dadaab, Jabalia, Kosovo, Dollo… El dolor, la miseria, la sangre, las lágrimas y la mierda se fueron transformando en protocolos burocráticos, uno tras otros, siempre peores… Y estaba tan cansado. La voz del joven le hizo abrir los ojos

–¡Carajo, doctor! ¡Qué casualidad, venga un abrazo!

Hizo un esfuerzo para volver en sí e incorporarse un poco. El joven olía a angustia y cansancio, la niña a pañales sin cambiar. Lo que quizás ese muchacho no sabía  es que, en marzo de 1939, en Prats de Molló, un sargento de Tirailleurs Senegalais también llamado Mamadou Diuof ayudó y salvó a Jordi Busquets, su padre, cuando desesperados escapaban hacia Francia y luego pudieron llegar a Venezuela. De repente el joven estalló en llanto.

– Mi mujer murió hace tres meses… No había medicinas en el hospital. Tengo que salvar a mi hijita…

Entonces, en esa penumbra en la que era tan tentador dejarse ir, Enric Busquets tuvo todo claro, una lógica revelación. El Encuentro que se repetía, de generación en generación tenía un profundo significado. Tantos emigrantes pudieron llegar y vivir en Venezuela y ahora sucedía esta tragedia… Estuvo plenamente seguro que conseguirse a un Mamadou Diuof, en este sitio tan inhóspito y ruidoso, era por algo importante. Entonces decidió seguir viviendo, quedaba tanto por hacer, por ayudar…