La literatura también es atracción: es el tacto de intensidad con las palabras, su pacto único, es la pasión desbordada entre un deseo irresistible y el éxtasis físico de recorrer y sentir el texto con los ojos y las manos. Es una atracción controvertida y erótica. El deseo literario puede ser peligroso para el lector: si las palabras fueron colocadas con la precisión de relojería necesaria para atraparle, el deseo crecerá hasta reventar, se convertirá en obsesión y las propiedades adictivas de la literatura reptarán irremediables hasta su mente y le esclavizarán. Y será una esclavitud hermosa y perfecta, voluntaria al principio e involuntaria después; una conversación imposible hecha realidad, desde un silencio profundo, siempre sin retorno.

Desde este punto no hay vuelta atrás. El texto ha invadido con sus imágenes la mente del lector. Y quiere más. Seguirá leyendo y entregándose a las palabras porque solo puede encontrar redención en otros pensamientos. No podrá detenerse. Cualquier pausa en el texto (un espacio en blanco, un nuevo capítulo) será un alivio y una condena tortuosa. ¿Seguir o no seguir? Es tarde. ¿Una sección o un capítulo más? Ahora. La vida transcurre fuera del texto sin piedad y no hay salida. Las horas siguen su camino, no importa, la noche comienza a madrugar. El lector seguirá leyendo aunque el despertador suene al día siguiente a las siete de la mañana y haya que levantarse con sueño para preparar el desayuno y salir a trabajar. No importa. Vale la pena. Otro capítulo. Y otro. Y otro.

La relación es bilateral: no solo el lector desea, el texto también quiere más. Se ha obsesionado con los ojos que le han recorrido. Necesita una lectura cabal de su cuerpo. Ese es su anhelo mayor.  Sabe que si el lector le abandona porque su historia o su calidad no cumplen las expectativas propuestas no vivirá un día más. Y un texto no leído es el símbolo de derrota y tristeza más grande del mundo. En el silencio, el texto será condenado a juntar polvo digital o devuelto a la biblioteca si es un libro físico. Por eso intenta aferrar al lector con cohesiones insólitas, palabras nuevas, situaciones inesperadas soltadas en la última palabra de un capítulo o de una sección. Así el lector se quedará en el abrazo compartido. El texto se entrega al efecto que tienen sus palabras. El lector le mira, le sigue con las manos, lo acaricia, habla bajo y comenta algo, si es de papel subraya alguna frase o palabra de impacto, luego suspira, bosteza y cierra el libro o apaga el lector electrónico. Es hora de dormir. Han pasado tres horas desde el inicio de la sesión. Son las dos de la mañana. El texto ha tenido un buen día. Ha ganado la literatura, una vez más. El lector fue esclavizado con éxito. Mañana continuará la lectura y no se detendrá hasta que la última palabra haya pasado por sus ojos.

Esta extraña relación entre el lector y el texto literario es erótica. Hay momentos de seducción y caos, de entrega absoluta, de orgasmo mental, de renuncia, de amor irrefutable, de dolor consensuado. Ambos figurantes sufrirán y vivirán intensamente en el otro. Es una intersección mutua, excitante, una relación de propiedades únicas. En el mundo antiguo la literatura vivía acompañada de la música. Hoy, está sola. Entre el texto y el lector no hay mediador, hay intimidad. Es necesaria la soledad mental para leer. No hay literatura sin la actuación de dos mentes dispuestas a desnudarse una frente a la otra en un silencio explosivo.

Toda relación humana tiene un comienzo, una primera palabra, un saludo o una risa inicial. No existen dos personas que se hayan conocido desde siempre. Fueron extraños en algún punto, desconocidos totales que no sentían la presencia de un nombre ajeno en sus vidas. La mayoría de las personas no conoce cuáles son las primeras palabras que intercambiaron con otros seres humanos. Esto sucede porque las personas, sobre todas las cosas, olvidan.

Por suerte para la literatura, el texto y su erotismo máximo son indelebles. Sean memorables en la historia, sean simples o brillantes, los inicios literarios demuestran que el escritor debe concentrar en la primera frase un gancho irresistible para fundar en el lector la revolución que le permitirá hacerse con la libertad de su mente. Solo tiene una oportunidad, aquella dictada por la ortografía: la primera impresión llegará hasta el primer punto. Las palabras iniciales, que parecen siempre cubiertas en un anillo de inocencia aunque adentro se revuelvan de necesidades humanas, servirán como catalizador para que el lector siga leyendo.

El inicio literario es el primer beso, el primer roce, la fuente máxima de la atracción. Hay inicios controversiales, inicios cortos, inicios largos y laberínticos, inicios de paz o de guerra, inicios de revolución y caos, inicios dialogados o extraños, inicios que parecen no decir nada y lo dicen todo, inicios envidiables y diabólicos, inicios clásicos, repetidos, augurantes, terroríficos, cataclísmicos, eyaculados, industriales, hechizados, científicos, algunos eternos e imperecederos. Y lo que une a todos los inicios literarios probados por los escritores desde que comenzamos con este afán de escribirlo todo es una sola idea: los inicios buscan enamorar al lector, esclavizarlo, porque un texto está siempre enamorado de sí mismo cuando llega por primera vez a ojos extraños y su única misión es mostrarse todo frente a él como nunca lo ha hecho en este mundo: desnudo y vulnerable.

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