Por Florángel Quintana.

 Advertencia: Este es un artículo condicional… por si las dudas.

 

Si eres docente, corrector o un profesional de la comunicación de seguro te habrás topado con los argumentos vanos que tienen los mileniales respecto al lenguaje.

¿Quién dijo que no hace falta la ortografía? ¿Quién propuso que el símbolo @ implicaba la doble consideración de los géneros femenino y masculino? ¿Quién ideó que el uso de la vocal e podía incluir a los autoconsiderados excluidos? Quizá una milénica o un milenial.

Esto podría haberlo dicho alguien de la generación Y: Si algo no me interesa, si no me importa, si considero que es demodé, entonces decido y digo que no es correcto, no es incluyente, no es verdad. Si son muchos los que me secundan en estos pensamientos, pues se hace realidad, es cierto para todos. ¡Válgame Unamuno! Si este ejercicio de imaginación fuese real quedaríamos el resto de los mortales a la deriva de pautas de comunicación y estándares lingüísticos.

Si algún adulto contemporáneo –alguna vez– ha señalado [o siquiera ha intentado] corregir el texto de un milénico sabrá que no son buenos para escuchar críticas a sus ideas. Sufren del síndrome de la infabilidad: ese rasgo de la personalidad que considera que ser nativo digital le da inmunidad a los errores en su inteligencia descollante. La soberbia, además, podría ser un añadido que iría a juego y agregaría un must a la actitud.

Mientras otras generaciones sufren del síndrome del impostor, este milénico que escribe con faltas, que no puede hilar fino un argumento coherente, se empeña en ir a contracorriente de las normas. Como pataleta de malcriado intenta oponer resistencia a quienes aconsejan lecturas en profundidad, mayor roce social, autocrítica y reflexión sesuda.

Si por casualidad del hado se tiene que evaluar un texto narrativo de un (a) milenial, prepárate editor estimado. Ese tipo de escritor (a) milénico (a) no aceptará cuestionamientos, serán tozudos en sus planteamientos; buscarán atacar tus razones con inválidas propuestas de: “¿y por qué debe ser así? ¿Quién lo dijo? ¿Desde cuándo hay que estar encerrado en esas ideas? ¿Por qué tengo que seguir esas normas?” y así hasta el quiebre de la paciencia del interlocutor o de la imposición que desde el saber pueda hacerse, es decir, “si no te gusta lo que te digo, Sayonara! escritor novel”.

Observación final y prudente: Deberías hacer labor social y explicarle tanto lo de la despedida en japonés [“Adiós, quizá no nos veamos más”] como de ese novel escrito con v.