“¿Cómo asumimos entonces la realidad de la belleza que se deteriora, el lento pero apreciable proceso de perder frescura, de hacernos adultos en medio del mundo que insiste justamente en detener el tiempo a fuerza de imágenes imposibles e ideas limitantes?”

Por Aglaia Berlutti.

Una chica de piel inmaculada se contempla en el espejo. Tiene facciones angulosas y probablemente no alcance la veintena. El cabello sano y brillante le cae sobre los hombros. Pero ella, al parecer ajena a toda su evidente plenitud física, se mira al espejo atentamente. Lo hace con una expresión entre asombrada y un poco preocupada. Se acaricia la piel con delicadeza, se mira desde distintos ángulos. Finalmente sacude la cabeza, como si lo que encuentra en el reflejo le desconcertara y le hiriera de una manera invisible. De pronto, salido de algún lugar misterioso, aparece un pequeño frasco de lo que parece ser un producto de belleza. Ahora la chica sonríe: lo abre y se aplica un ungüento perlado sobre las mejillas, la comisura de los labios y el cuello. Y de pronto, la chica de belleza extraordinaria parece aún más extraordinaria. La piel brilla con un fulgor casi irreal y los rasgos perfectos se acentúan por algún tipo de efecto desconocido. Cuando mira hacia el hipotético espectador, la chica sonríe aún con más ganas, sosteniendo el producto milagroso.

“Combate las arrugas desde su mismo origen”, dice con voz ronca.  “Enfréntate a la vejez con dignidad.”

Lo anterior, es una descripción general de cualquiera de los cientos de comerciales sobre productos de belleza que pululan en la televisión y medios de comunicación masivos en cualquier parte del mundo. Una imagen depurada, sofisticada y la mayoría de las veces desconcertante no sólo de la mujer, sino el natural proceso de envejecimiento e incluso algo tan natural —e inevitable— como lo es la imperfección física. Una idea que parece extenderse no sólo a la imagen que vende sino a la posible comercialización de un tipo de concepto estético irreal que se toma por evidente y cierta. Y es que en nuestra década el culto a lo bello —a la belleza, más bien— ha trascendido ese límite entre lo previsible para alcanzar cuotas de obsesión nocivas. Una especie de insistente visión distorsionada de lo que somos y quienes somos, no sólo por el medio sino también por la percepción que tenemos sobre nuestra propia identidad. Porque actualmente la belleza se exige, se demanda y se toma por necesaria. Estandarizada y sometida a una única visión de lo estéticamente admisible, lo atractivo —o lo que se insiste debe serlo— forma parte de una idea que se hace general, consumible. Un mundo comercial donde lo que asume hermoso es una premisa incontestable y más allá, una elaborada idea sobre nuestra propia sociedad.

De manera que, no resulta extraño, esa insistencia de promocionar productos de belleza con espléndidos rostros que muestren su juventud y belleza como un atributo inevitable. Más allá, la visión de la eterna juventud y la perfección estética como una necesidad indispensable, un requisito básico para formar parte de esa visión social general. En una ocasión, una amiga con quien comenté el tema, pareció muy sorprendida cuando le comenté que no me preocupaba excesivamente tener arrugas en un futuro o incluso que alguien pudiera adivinar mi edad sólo por mi aspecto.

—¿No te pone nerviosa eso? —me preguntó con cierta ansiedad. Me encogí de hombros.

—¿Por qué tendría que hacerlo? La edad es inevitable. Y además, tu aspecto físico es la consecuencia directa de quién eres y cómo has vivido.

—Eso lo dices ahora.

—Eso lo diré en cualquier momento. Envejecer no es una verguenza, es una etapa natural.

Debo decir que ambas teníamos más o menos veinticinco años al momento de sostener ese extraño diálogo. Recuerdo que me pareció muy violento analizarme como una imagen que mostrar, antes de una idea física que respondiera a mi experiencia, deseos e interpretaciones sobre mí misma. Pero mi amiga insistió sobre la idea que en nuestra época, no había ninguna necesidad de “dejarse vencer por la edad” y mucho menos “padecer el oprobio de verse triste e imperfecto”.

—No me siento triste por mis imperfecciones físicas, es natural tenerlas —insistí. Aunque ya para entonces, comenzaba a inquietarme esa percepción suya que nuestro aspecto físico es una idea contra la cual deba lucharse y no aceptarse como parte de un inevitable ciclo biológico—, es decir…¡no puedes evitar envejecer! Puedes disimularlo, quizás hacerlo menos traumático para tu ego, intentar mantener un estado de salud óptimo que te permita disfrutar del proceso con tranquilidad. Pero vas a envejecer.

Mi amiga me miró con los ojos muy abiertos y espantados. Y en ese justo momento, tuve la impresión que por primera vez en su vida estaba considerando realmente lo que tendría que envejecer, que hiciera lo que hiciera, el tiempo transcurría modificando y transformando su aspecto físico lentamente. Y ese pensamiento me pareció muy curioso, todo lo cual me pareció una inmediata consecuencia de esa cultura que adora e insiste en una improbable perfección física. La misma cultura que celebra la belleza estética como un logro de la voluntad y la conciencia, antes que la educación intelectual. La misma cultura que vanagloria el cuerpo y sus proporciones antes de las ideas. Y por supuesto, la misma idea que parece ocultar ese inevitable proceso de envejecer, madurar, decaer fisicamente. ¿No está obsesionada nuestra cultura con la juventud? ¿No muestra sus estandares como límites de lo que se considera bello basado en la edad? Las modelos en portadas de revistas cada vez más jóvenes, las actrices y actores en las pantallas de cine mostrando una lozanía eterna, el ideal de belleza que roza esa adolescencia irreal y quebradiza. ¿Cómo asumimos entonces la realidad de la belleza que se deteriora, el lento pero apreciable proceso de perder frescura, de hacernos adultos en medio del mundo que insiste justamente en detener el tiempo a fuerza de imágenes imposibles e ideas limitantes? Un pensamiento inquietante, y más aún desconcertante, que parece abarcar algo tan amplio como la percepción que tenemos sobre la cultura que nos tocó vivir y su concepto sobre el tiempo, la identidad humana y su naturaleza.

—Hay una ilusión de control, basada en el hecho que tenemos muchos más recursos que hace décadas para disimular el envejecimiento —me dice Franklin Lopez, cirujano estético y sobre todo, un observador preocupado con respecto a esa cultura de lo bello y lo necesariamente perfecto— de manera que asumimos que toda esta serie de recursos, desde productos de belleza de alta tecnología hasta los procedimientos quirúrgicos más invasivos, son de hecho una manera de detener el envejecimiento. Pero no lo son. Son paliativos, recursos violentos para reconstruir el coste natural del proceso biológico de envejecer, pero en ninguna forma un paliativo o “cura” —si es que algo así puede concebirse— a la vejez.

Nos encontramos en su lujoso consultorio de una clinica privada de Caracas. A nuestro alrededor cuelgan algunas fotografías de mujeres espléndidas sonriendo, de hombres de aspecto maravilloso mostrando su perfección idílica. Cuando los miro, Franklin sacude la cabeza.

—Nuestra época está obsesionada con la perfección, más que con la belleza en sí misma, que se asume como parte de esa depuración de todo defecto físico —me explica—. Cuando vienen a mi consultorio, todos mis pacientes insisten en que necesitan perfeccionar su cuerpo: los pechos pequeños, la nariz prominente, las llantitas de grasa. Y existe una verdadera preocupación por esa visión de su propio cuerpo. Hombres y mujeres que están aterrorizados, compungidos y angustiados por el aspecto de su rostro y de su cuerpo. Que exageran detalles físicos mínimos hasta convertirlos en verdaderas distorsiones sobre su aspecto general. En ocasiones trato de convencerlos de que una cirugía estética realmente no ayudará mucho si se encuentra tan aterrorizado ante la imperfección y el defecto. Siempre los habrá. Pocos me comprenden. La gran mayoría insiste en que deben operarse. Y es algo que asumen como una necesidad física indiscutible.

Con el transcurrir de las épocas, la belleza se transformó una y otra vez en panacea, en símbolo de poder y prosperidad, en evidencia de poder, en metáfora de todas las ideas espléndidas que una cultura deseaba mostrar.

Provengo de una familia donde las mujeres envejecen y encanecen. O mejor dicho, no les importa que suceda. Lo disfrutan de hecho, con esa noción que la vejez es un tránsito físico más que la ruptura de una imagen estética concreta. Mi abuela, madre y tías miran su cuerpo como una obra de arte a medio construir, como una forma de comprender su propia historia. Incluso cuando la belleza comienza a madurar y a convertirse en algo más difícil de definir y seguramente de asumir con sus defectos. Mi abuela, quien durante su juventud disfrutó de una gran belleza física, solía decirme que la aparición de la primera cana la desconcertó y la entristeció. Con treinta y dos años, le pareció que era el anuncio de la pérdida de su fortaleza física y mental, de ese lento pero inevitable marchitar de lo saludable y lo lozano. Mi bisabuela se rió de ella cuando la escuchó quejarse. “Vendrán más y vendrán las arrugas. Y seguirás siendo tú. La pregunta es cómo te vas a mirar, con lástima o encontrar la manera de asumir que eres tú, pero en otra etapa de tu vida”.

Mi abuela tomó el consejo al pie de la letra: La recuerdo durante mi infancia y primera adolescencia como una mujer exquisita, madura, con el cabello cobrizo enhebrado en las inevitables canas. Pero también una mujer segura, que sabía reír y llorar, que adoraba hacerlo y que disfrutaba de esa sensación de libertad que le brindó concebirse así misma como una historia incompleta, que podía construir a placer. Sus amigas, que la consideraban toda una rareza entre una pléyade de rostros cuidadosamente empolvados y sometidos al bisturí, no parecían comprender muy bien el motivo de su actitud relajada. Admito que yo tampoco, pero a pesar de eso, aprendí a través de ella cómo aceptar la historia que llevo a cuestas, que se muestra en la piel a diario y que más allá, brinda sentido a mi forma de ver el mundo.

—No es tan sencillo para todo el mundo. Y será cada vez más difícil a medida que la tecnología y la medicina haga más sencillo ese disimulo de la edad como patrón biológico —me responde Franklin cuando le explico lo anterior—, la necesidad de ser bello no es sólo la manera como te percibes, sino cómo esperas que el mundo te conciba. Así que lo eres —o deseas serlo— no sólo para satisfacer tu vanidad sino también con la esperanza de obtener esa aceptación gratificante de un mundo que consume la estética como moneda de cambio.

Una idea curiosa. En una ocasión leí que en el siglo XV la belleza era considerada pecaminosa y tentadora, por lo que el rostro de las mujeres era cubierto por velos para evitar pudieran conducir al hombre a las concupiscencia. Unos siglos más allá, la belleza fragante que caracterizó al Renacimiento puso las cosas en su lugar: de nuevo la estética ensalzaba el placer, lo puramente hedonista, incluso esa visión del pecado como parte de una travesura venial. Con el transcurrir de las épocas, la belleza se transformó una y otra vez en panacea, en símbolo de poder y prosperidad, en evidencia de poder, en metáfora de todas las ideas espléndidas que una cultura deseaba mostrar. Mujeres y hombres se esforzaron por alcanzar ese pináculo de gloria física, sometiéndose a los cánones con la misma urgencia y necesidad que los actuales. Y no obstante, el nuevo milenio trajo consigo una idea de belleza mucho más invasiva y dura de asimilar. La belleza por obligación, el mundo que exige el cumplimiento de ciertos cánones estéticos que parecen estandarizar nuestra visión sobre la identidad cultural. De manera que la belleza pasó de la idealización a un asunto muy concreto, a una necesidad que puede —y debe— ser cumplida.

Vivo en un país donde la belleza es muy importante. Eso lo aprendí desde muy niña: En Venezuela se espera seas bella. No hay medias tintas ni mucho menos matices. Se asume que la mujer es “coqueta”, que le gusta “arreglarse”, que necesita hacerlo para formar parte de ese gran concepto nacional sobre lo bello y lo deseable. Incluso, la belleza se asume como parte indeleble de la feminidad, un elemento que de hecho define lo que puede ser femenino y no lo es. Un pensamiento desconcertante pero tan asimilado —tan asumido como cierto— que parece estar en todas partes, que forma parte de esa mirada dura sobre la sociedad y sus parámetros estéticos.

El mayor símbolo de esa obsesión por lo bello y lo estéticamente espléndido, es sin duda el Miss Venezuela, concurso de belleza cuya comercialización y éxito le brindó a Venezuela su reconocimiento como el país “de las mujeres más hermosas”. Durante casi tres décadas, las espléndidas mujeres Venezolanas, de cuerpos perfectos y rostros exquisitos, han desfilado a través del mundo proclamando a quien quiera escucharlo que nuestra tierra es, de hecho, el paraíso de esa noción de lo estéticamente perfecto. Una idea que se acentúa año tras año, que parece ineludible e inseparable del gentilicio.

Por supuesto que las venezolanas, más allá de las pasarelas, padecen la presión de la Miss ideal con tanta frecuencia que resulta inevitable. Desde la visión de la figura ideal — que ha variado desde la mujer de pecho voluptuoso a una beldad de trasero amplio, labios sensuales y cintura pequeña — hasta la presunción de la belleza estética como elemento primordial de esa percepción sobre cierta identidad nacional. De ello se regocija el llamado Zar de la Belleza Osmel Sousa, organizador del Miss Venezuela, quien insiste en cada oportunidad posible que la belleza “ es necesaria, una obligación ¿Por qué ser fea si se se puede ser muy bella?”. Un cuestionamiento que abre ese debate insustancial sobre qué se considera bello en Venezuela y más aún, sobre qué esfuerzos lleva a cabo la mujer Venezolana para serlo. Y en última instancia, lo que debe arriesgar para someterse al estándar de belleza necesario que se insiste y se presiona a nivel cultural.

—Ser bonita es una aspiración muy concreta en Venezuela —me dice Ana (no es su nombre real), psiquiatra e investigadora sobre la salud mental del venezolano de manera informal— es decir, no es solo ser fisicamente agradable, sino insistir en calzar en una imagen. Una percepción que va más allá de toda noción de quién somos hacia un deber ser muy concreto. De manera que lo “bonita” se traduce a una figura espectacular, un rostro inmaculado y provocativo y últimamente, un esculpido cuerpo trabajado a base de ejercicio.

—Es una presión social que parece entonces hasta abarcar la salud y cómo entendemos su cuidado —comento preocupada. Ana sacude la cabeza.

—Siempre lo ha sido, solo que ahora el obsesivo cuidado físico tiene un motivo aparentemente menos frívolo que la simple vanidad. Se habla de una nueva conciencia sobre el cuidado de la salud, de una súbita aceptación de nuestra responsabilidad en nuestro estado físico. Pero claro, la pregunta que surge inmediatamente es ¿Hasta dónde ese cuidado y esa visión del cuerpo no forma parte de la estética que se impone? Porque no se trata de que tu cuerpo sea más fuerte o respires mejor, sino verte como una determinada expresión estética.

“En un país donde hay más peluquerías que bibliotecas, los argumentos volvieron a languidecer cuando una nueva venezolana se ciñó a las sienes una corona de belleza internacional.”

Hace unos cuantos meses, hubo un debate más o menos resonante debido a la proliferación de maniquíes con enormes pechos. Puede parecer una idea absurda que algo tan banal pueda sacudir la opinión general, pero en Venezuela la belleza se observa desde múltiples puntos de vista. Y al parecer, la imagen de las siluetas de plástico mostrando unas exageradas y antinaturales curvas logró desconcertar lo suficiente como para promover la discusión de varios planteamientos concretos. Se habló sobre la deformación de la figura femenina, de un nuevo estándar de belleza imposible de conseguir, de las exigencias cada vez más elevadas de esa estética de lo absurdo. En plena discusión, Osmel Sousa desconcertó a propios y extraños al insistir en un documental transmitido por el canal de Noticias inglés BBC que “la belleza interior era un invento de las feas”.

En medio de la diatriba, las noticias sobre mujeres fallecidas debido a la aplicación de biopolímeros pareció aumentar en número y frecuencia. El debate sobre la estética de lo debido en Venezuela pareció reverdecer y de pronto hubo una nueva insistencia en asumir la idea de los cánones estéticos como algo más allá de lo meramente corporal. Pero por supuesto, en un país donde hay más peluquerías que bibliotecas, los argumentos volvieron a languidecer cuando una nueva venezolana se ciñó a las sienes una corona de belleza internacional. De nuevo, las críticas parecieron perder intensidad y se celebró de nuevo esa imagen de la “Venezuela hermosa”. No obstante, la discusión esencial continúo al fondo, como una idea marginal que forma parte de nuestra interpretación cultural: la estética como obsesión nacional y lo que resulta más preocupante, lo bello y lo feo como límites para lo que es socialmente aceptable o no.

Pienso en todo lo anterior mientras miro una enorme valla colocada en mitad de una calle concurrida de la ciudad. En ella, una mujer de espléndida figura y que sólo lleva un bikini diminuto para anunciar una tienda de electrodomésticos. La mujer mira a la cámara con los ojos entrecerrados, con una expresión entre ansiosa y anhelante, un aspecto indudablemente erótico. Otra vez, me pregunto hasta qué punto la publicidad asume la idea de la belleza como herramienta de manipulación o, mejor dicho, la forma más directa de elaborar un deseo irrealizable con apariencia apetecible. Y es que es ineivtable preguntarse —o temer en todo caso— hasta qué punto esta obsesión por la belleza continuará siendo cada vez más indispensable, inevitable y hasta dónde podemos asumir el peso que ejerce sobre nuestra manera de comprendernos y mirar quienes somos y el mundo que nos rodea.

No lo sé, me digo pensando en la primera arruga que me he visto en el rostro —una ligera línea que me atraviesa o eso me parece, la frente— y esa cana fugitiva que miré con cierta fascinación al peinarme meses atrás. Lo que sí está bastante claro, es que en ese tránsito hacia quienes seremos, ese proceso biológico inevitable hacia la vejez, es parte de una serie de intrincados temores y esperanzas que heredamos de la cultura y más allá de esa noción de identidad que consumimos de manera inevitable cada día, quizás sin saber en realidad por qué.

C’est la vie.

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