Por Andreina Brea M.

Seudónimo: Agatha Christie

 “Entonces Dios el Señor expulsó al ser humano del jardín del Edén,

para que trabajara la tierra de la cual había sido hecho”

Génesis 3:22-23

Sabemos todo acerca de ustedes y sus familias… sólo estamos esperando que nos den motivos para usar esa información en su contra”. Con precisión casi quirúrgica mi cerebro se quedaba congelado al escuchar estas palabras, me negaba a darle crédito a mis oídos, no podía creer que llegarían a alcanzarnos, no éramos importantes, ni conocidos, vivíamos en provincia no en la capital, estábamos fuera del radar…o eso creía yo. Nos llegó el turno, nos convertimos en el blanco del próximo tiro.

Recuerdo que quería mantener el control, era la única mujer, la más joven del grupo editor y debía estar a la altura de mi cargo, cero miedo, pero esa larga sombra me hacía sentir un frío gélido bajo la piel misma; mientras en mi interior el mundo amable y confortable en el que había vivido, se desdibujaba, un deslave mezcla de terror e incredulidad me arrasaba hasta derrumbar piedra sobre piedra todo cuanto soñaba hasta ese momento…ya nunca volvería a ser igual, por primera vez ser verdaderamente yo se volvía un peligro mortal, para mí y para aquellos que me importaban más que mi vida.

La información se filtró, había oídos por todas partes, comenzaron a perseguirnos con saña, los militares sobre nuestro cuello, llegó el momento de elegir…y ganó mi familia. Sentada en mi auto, delante del Colegio Nacional de Periodistas donde trabajaba, la sombra de la quimera maligna me asechaba, haciendo que me convirtiera en un ser de temblores que se iban expandiendo, que me reducían al instinto más básico… supervivencia.

Mi familia era mi tesoro, no podía perderla, así mi transformación se completó, renuncié a ser yo,  a lo que me definía desde niña, cuando decidí que quería “ser la voz de los que no tenían voz”, en ese momento moría la periodista, para salvar a mi bebé de cuatro años y a mi esposo. Como volcán en plena erupción, la frustración empezaba a quemarme, lo habían logrado, pensé “debemos irnos”, y como una frase viral que se repite descontroladamente en un monitor, errática, invasiva, evitando cualquier posibilidad de generar otro pensamiento se instaló dolorosamente en mí.

El regreso a casa me resulta borroso, sólo recuerdo una ciudad sepulcral, ni el viento se movía, sólo calles oscuras y faros de luces anaranjadas me servían de escolta, ni la música del reproductor de CD`s lograba calmar el latir desenfrenado de mi corazón, que me retumbaba en los oídos.

No hubo tiempo para planear, salíamos con lo que cabía de nuestras vidas en las maletas y subimos a un avión, no era fácil para ninguno, mi esposo dejaba a su familia. y yo renunciaba a eso que juré jamás abandonaría, mi tercer amor, mi país, eso que decía quien soy. Ese día en el avión, la Venezuela en la que crecí dejó de existir, nos íbamos de un país que se había vuelto extraño y hostil, en busca de uno nuevo que nos permitiera continuar vivos…comenzamos a ser parte de esos seis millones de venezolanos, huérfanos de Patria, que vagan por el mundo, con el corazón a cuestas…expulsados del paraíso.