Si te sientes joven y quieres decirle al mundo que estás vivo (aunque no estés tan bien) debes interactuar en las redes y plataformas sociales. Mientras los ancianos que cobran su pensión deben cada año atestiguar, en modo presente, in situ, que siguen con vida, la tecnología nos ha hecho creer que somos omnipresentes y casi eternos.

Por ejemplo, tengo guardado en mi teléfono los chats con mi mejor amigo, Manu, fallecido hace tres meses. En la nube hay miles de fotos, documentos, archivos de vidas que vienen pasando gracias a la tecnología. Solo el cuerpo es perecible, toda la memoria de lo que somos está o en un storie, un iMessage o en un reel. Cada avance tecnológico nos acerca más a lo inmemorial. 

El exilio, los recuerdos y Cadenas

El exilio, los recuerdos y Cadenas

Acerca del exilio uno pudiera decir muchas cosas, pero creo que lo peor de todo son las devastaciones que van quedando en el alma”, expone Miguel Ángel Latouche.

Ahora podemos asistir incluso a misas en streaming y ver a telepredicadores bajo reflectores, micrófonos de alta potencia y dispositivos de última generación. Clarísimo todo desde los votos de castidad, pobreza y obediencia; oración constante, ayuno y caridad.

Esto intemporal gracias a la internet nos ha llevado a que cada jueves recordemos aquello que fuimos, en esa tendencia mantenida del #throwbackthusday o algo así como decir que Todavía son Buenos Tiempos para mostrarse y lograr un “me gusta” a cambio, aunque ese cuerpo tenga más libras y más arrugas en la actualidad.

Hoy todo el registro de las experiencias humanas se hace en la inmediatez, en la ubicuidad. Pareciera que estuviéramos siempre en modo urbi et orbi, es decir, diciendo a los cuatro vientos, a todas partes, a quien quiera leer, ver o escuchar que estamos aquí, vivos, dispuestos a compartir lo que comemos, lo que usamos, los sitios que descubrimos. Nosotros colonizadores de nuevas experiencias para conquistar el mundo comprimido en una pantallita móvil. Suprema tontería, si lo analizamos bien, pues en este planeta cada vez más interconectado, hay poca originalidad, la palabra genuinidad está en evaluación constante y somos, solo, replicadores del mismo ángulo para las sonrisas y el mismo giro en nuestras cabezas, todo bien para la foto “espontánea”.

Hay un frenesí donde caemos todos, con escasísimas excepciones, por ser y estar: hay un absoluto por la presencia, por el aquí estoy, aquí fui, así comí, así me veo. Sentimos que debemos estar en continuo movimiento tras la última tendencia, el reciente consejo del gurú, la recomendación del experto que gana seis cifras en un día.

Estamos hiperconectados y vivimos en un presente permanente. El meta objetivo es tener interacción con otro, esperemos sea tan humano como nos sentimos nosotros, repleto de emociones; de preferencia que sea empático y comprensivo, divertido, pero también reflexivo, aunque ni muy intenso y mucho menos hater.

Así van pasando horas en la hipermediatización de la vida: somos multisensoriales, nos sentimos afortunados y bendecidos, sobre todo de no ser infopobres, infoincultos, infoignorantes, no, nada qué ver, de la aldea global no nos vamos. Oramos, de hecho, por la larga vida de Internet, Google y la telefonía móvil. 

Que la era digital nos cubra siempre con su ola sabia en sus alas informativas. Bueno… las fake news y la infoxicación son solo manchitas en los bordes. 

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