“Un fino bolígrafo no hace a un buen escritor como tampoco una cámara de treinta mil euros a un fotógrafo; Cervantes escribió con una pluma de ave y Ansel Adams nos ha mostrado maravillosos paisajes en blanco y negro con una cámara que hoy en día es una pieza de museo.”

Por Manuel Planchart Arismendi.

Nuestras memorias de los móviles, del ordenador, de la nube, del pen drive, y de cualquier otro dispositivo de almacenamiento contienen una abrumadora cantidad de imágenes y vídeos que hemos registrado por cuenta propia o por algún amigo y/o familiar que nos habrá compartido. En muchas ocasiones, nos es difícil saber con certeza dónde hemos guardado aquella fotografía que nos tomamos con fulano, o aquel selfie en el que aparecemos majos, y que, por lo tanto, merece ser subida a nuestro perfil, o resulta que la encontramos en Facebook/Instagram, o quizás la eliminamos en esos reiterados intentos de abrir espacio en nuestros artilugios, o simplemente no tenemos la menor idea en dónde ubicarlas.

Desde hace más de cincuenta años hasta la fecha, ¿cuántas fotografías habremos visto en vallas, revistas, folletos, afiches, en la propia cinematografía, exposiciones, y otros medios gráficos? Y desde hace un tiempo para acá tenemos a la mano, gracias a esta gigantesca biblioteca llamada internet, los trabajos de los grandes maestros como Ansel Adams, Henri Cartier Bresson, Richard Avedon, Cecil Beaton, Margaret Bourke-White, Robert Capa, Sebastián Salgado, Man Ray, Helmut Newton, Annie Leivobitz, por solo nombrar algunos de manera aleatoria, y sin ninguna pretensión de restarle méritos a los demás.

Inconscientemente nos hemos ido formando acerca de la belleza, composición, e impacto de la fotografía. Me atrevo a decir que todo ese imaginario está presente en nuestro subconsciente colectivo, a excepción de las tribus y otras poblaciones aisladas de nuestra cultura del consumo masivo. Con sacar el móvil y activar la función “cámara” podemos registrar una imagen/vídeo, e instantáneamente compartirla con nuestros seguidores de las redes sociales. Nunca habíamos experimentado algo similar. ¿Quién no conoce a un amigo chef donde él mismo con su móvil fotografía y publica casi que a diario sus platos?, lo impresionante es que esa comida es nítida, vívida, luce apetitosa; también tenemos a la amiga que diseña/vende ropa, o el odontólogo que intenta llamarnos la atención de que nuestra dentadura corre el gran riesgo de quedar como las teclas de un piano si no acudimos a su diligente servicio; o la entrenadora de fitness que quiere venderte lo guapo/guapa que puedes estar si la contratas a ella; o el médico que te ilustra lo demandado que está por su gran calidad profesional; el vendedor de bienes raíces, o el familiar que salió a dar una vuelta andando y se topó con una hermosa puesta de sol inyectando de tinta arrebol a los cirros estratos circundantes; o el conocido que necesita, casi que a gritos, en convencernos todos los días de que es el ser más majo/feliz/exitoso del planeta. Todas esas imágenes logran su objetivo para las cuales fueron creadas. Sin darnos cuenta nos hemos convertido en fotógrafos.

El oficio del fotógrafo profesional eufemísticamente se ha democratizado, lamentablemente su valor ha sido devaluado por muchos. Es común escuchar a viva voz solicitudes de un trabajo “barato, sencillo” por parte de algunos clientes y, en ocasiones, el profesional cae en la tentación, por necesidad de aceptarlo en tales términos en merma de la calidad, perjudicando al mercado y por ende a su gremio y, en la totalidad de los casos, el cliente concluye manifestando su insatisfacción por los servicios recibidos porque en el fondo este esperaba, contradictoriamente, una producción hollywoodense. Cada vez es más frecuente ver que el cliente ocupa el cargo de “director de fotografía”, y el profesional contratado, a pesar de tener una preparación artística/técnica, ha pasado a ser un operario. Este comportamiento se ha debido a que la captura, registro y visibilidad de la imagen es inmediata. El sentido común lleva al fotógrafo a complacer al cliente y, como complemento, para demostrarle que puede hacerse más bella la imagen en términos profesionales, organiza y ejecuta una nueva captura como si lo hubiesen retado: en ese, tira/encoge casi siempre gana el fotógrafo; sin embargo, es una evidencia de la degradación que le han dado algunos al oficio.

En los inicios de la fotografía y durante mucho tiempo se requería de un equipo costoso, de película/rollo/placa, en algunos casos de luces, de conocimiento sobre su funcionamiento/manejo, de lo que se podía esperar del resultado final en función de unas mediciones, el análisis del fotograma, su composición, el desarrollo de la capacidad de ver en blanco y negro; luego el proceso de revelado y las diferentes técnicas llevadas a cabo dentro del cuarto oscuro para aclarar, oscurecer; los tipos de papel, el uso de químicos, artefactos, y ciertas condiciones de almacenamiento, etc. Aunque se disponía de un aparato mecánico/tecnológico, el proceso fotográfico implicaba un trabajo artesanal, laborioso y, repito, costoso, con equipamiento, formación y experimentación: en pocas palabras el acceso al oficio estaba reservado para unos pocos y la disponibilidad de la imagen carecía de la inmediatez. En aquellos tiempos, no me entraría en la cabeza imaginarme a un cliente desafiando a Ansel Adams, o más recientemente a Richard Avedon. Si hablamos de la actualidad como el caso de Annie Leibovitz: primero, debemos ver quiénes son los que posan frente a su lente y, deduciremos que, se trata de un público exigente, y que han preferido elegirla para que los retraten: ellos tienen la plena conciencia del valor de su trabajo. Esto nos lleva a que un buen fotógrafo lo definen muchas cosas, su personalidad, su actitud, la calidad del trabajo así sea con una cámara de bolsillo. A fin de cuentas, la cámara es un artefacto de registro. Haciendo analogía, un fino bolígrafo no hace a un buen escritor como tampoco una cámara de treinta mil euros a un fotógrafo; Cervantes escribió con una pluma de ave y Ansel Adams nos ha mostrado maravillosos paisajes en blanco y negro con una cámara que hoy en día es una pieza de museo. Hay otro aspecto que define el valor de una fotografía: el momento histórico, la personalidad que se encuentra delante e incluso detrás del lente, así no sea fotógrafo el que encuadró y pisó el botón. Y, por último, lo que le añade valor de mercado a la personalidad del fotógrafo, es el medio social en el que se mueve o tiene acceso.

Las nuevas tecnologías de capturas de imagen y la forma en que los usuarios han decidido darle sentido han ido desplazando al fotógrafo profesional, o al maestro. En las galerías de fotografías de nebulosas que, más bien parecen obras de arte moderno, detrás de cada imagen figura “Telescopio Hubble” en ningún lado aparece rotulado el nombre de un gran maestro fotógrafo. En las fotografías del mundo salvaje, el uso de la tecnología se ha hecho imprescindible; en automático el sistema detecta movimiento y dispara, detrás hay un operario encargado de haber montado todo aquel tinglado y quien seguramente es un excelente fotógrafo, pero posiblemente la toma se produjo mientras este hacía otra actividad y se enteró de la impactante captura al día siguiente. Y si su nombre aparece, pasa inadvertido como en los innumerables y hermosos paisajes que nos recrean la vista y la imaginación en las pantallas de nuestros ordenadores luego de haberlas encendido. En la inmensa mayoría de los casos nunca llegamos a conocer la autoría, y si lo llegásemos a saber es muy probable que su nombre y apellido estarían debutando en nuestro cerebro, a pesar de su trayectoria. Contrariamente ocurre en la industria de la alta costura, la estética y la joyería, afortunadamente reconocen el valor del fotógrafo profesional, o sencillamente su presencia es imprescindible.

Cada uno de nosotros, los que tenemos un teléfono inteligente, nos hemos convertido en reporteros gráficos, corresponsales, en hombres/mujeres-cámara (aludiendo al cineasta soviético Dziga Vértov) sin cobrar un duro por ello, facilitando a la luz pública información de última hora y que puede provocar la risa/ira de una población o del mundo entero, y nos expone ante grupos intolerantes. Ya no hace falta encaramarse en la viga de un edificio o guindarse de un helicóptero. Actualmente existen inusitados múltiples puntos de vista: desde un misil, en el casco de un soldado, en un dron, cámaras operadas a larga distancia, etc, y los reconocimientos son dados al artefacto/sistema tecnológico. Sin embargo, aún existen valientes anónimos y otros de nombre que se juegan la vida en situaciones de conflicto bélico e intolerancia hasta que algún día serán sustituidos por sistemas robóticos operados desde una cabina desde el otro lado del planeta, dentro de una sala con calefacción y todas las comodidades, o desde el espacio.

En las bodas y otros eventos sociales es común ver a casi todos los invitados cubriendo el evento con sus móviles, son corresponsales, capturando momentos irrepetibles, cruciales, desde múltiples e insospechados ángulos. Muchos toman la osadía de posarse cerca del altar, y otros obstruyen el trabajo del fotógrafo, relegándolo.

Es innegable que el avance e innovaciones tecnológicas es sostenido. Las situaciones que requerían del uso de flashes, molestos, quedaron en la historia reciente. En el mercado existen cámaras que registran imágenes con escasa luz y, otras que, luego de haber tomado la imagen tienen la opción de seleccionar el punto de enfoque que se desee, luces LED, softwares especializados con un canon de arrendamiento mensual, equipos de informática con obsolescencia programada. El abanico se extiende, y cabe preguntarse, ¿hasta qué punto le es rentable al profesional de fotografía actualizar sus herramientas de trabajo? Pareciera que el que tenga el artilugio de última generación lleva la delantera para que le contraten, pero eso no significa una ganancia monetaria debido a que pronto deberá comprar nuevos equipos revolucionarios de la industria; de modo que la inversión en equipos dejó de serla para convertirse en gasto tirado a la basura. Antes de que ocurriera toda esta revolución digital los equipos eran prácticamente para toda la vida profesional del fotógrafo; obviamente con su respectivo mantenimiento, pero permitiendo vivir del oficio durante su existencia, y en algunos casos heredándose a la generación siguiente.

¿Qué pasará con los profesionales de la fotografía?, ¿surgirán nuevos maestros relevantes de este arte o serán sustituidos por el nombre de alguna nueva invención? Es temerario responder con amplitud a estas preguntas. Aunque me atrevo a afirmar que todo aquel que obstinadamente haya decidido permanecer en esta profesión deberá redefinir a sus clientes objetivos, la forma de trabajo, llevar la fotografía a otro nivel sacándole el máximo partido con las herramientas con que cuenta, y evitando caer en el círculo vicioso del derroche financiero en tecnología: es mejor invertir en relaciones sociales, y por ende en imagen personal. La demanda se ha minimizado a su máxima expresión, o existe una sobre oferta de fotógrafos; depende de la óptica en que se le mire, lo seguro es que poder vivir del oficio no está garantizado por muy bueno que se sea.

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Escritor, fotógrafo y publicista. Colaborador articulista en The Wynwood Times

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