Napoleón Antúnez

Era la noche del 20 de abril de 2021. Luego de una tarde de tareas despiadadas, de media docena de clases en línea, y de otras tantas horas de traducción frente al computador, recibí la llamada que todos tememos atender y que, tarde o temprano, todos recibimos de manera indefectible.

—Mi papá está agonizando—balbuceó Pancho, mi hermano mayor, entre sollozos.

Tetrálogo de Bacci

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El escritor venezolano Nixon Piñango, también columnista The Wynwood Times, nos comparte un texto de su autoría para Relatos para llevar

El Líbano y su sabor especial | Marysol Akil

El Líbano y su sabor especial | Marysol Akil

Marysol Akil lidera el proyecto Sabores de mi Líbano. En sus talleres de comida libanesa comparte su cultura y conocimientos de cocina sin mezquindad. Alida Vergara nos cuenta.

La vida de Napoleón Sr., mi padre, llegaba a su fin. El cáncer reclamaba el resto del territorio que le quedaba por conquistar y le estrangulaba los pulmones. Su cuñada, quien tuvo la suerte de cuidarlo durante los años que duró su convalecencia, se dio a la tarea de llenar la habitación de velitas encendidas para que su espíritu se abriera camino entre los derroteros de la muerte. A la 1:25 am del miércoles, después de varias horas de trance, un hilo de espuma parduzca hacía un último recorrido desde la comisura de su boca hasta el cuello de la camiseta, otrora blanca, de papá.

La atmósfera sufrió un cambio importante a partir de las reverberaciones de ese último suspiro: las mujeres de la casa comenzaron a caminar agitadas entre la habitación y los anaqueles en los que papá guardaba una impresionante cantidad de papeles polvorientos. Apresuradas, buscaban actas de nacimiento, de matrimonio y quizás hasta algún proyecto de última voluntad y testamento. La máquina occidental de la muerte se ha puesto en marcha, pensé al verlas ocupadas en tan mundano menester.

A Napoleón Antúnez le debo mi amor por la lectura y en ese preciso momento, en medio de mi dolor por haberlo perdido para siempre, no pude evitar conectarme con el libro en el que leí esa descripción tan acertada por primera vez: El funeral de mi padre, del escritor y periodista irlandés, Kevin Toolis. El término se refería a la celeridad de la que nos hacemos los occidentales al momento de deshacernos de un cadáver, especialmente cuando el deceso se produce en casa.

Al igual que Napo, como le llamaban quienes lo adorábamos, el cuerpo del Sr. Toolis se marchitó a manos del cáncer, en su caso, de páncreas. Habitante del Condado de Mayo en el oeste de Irlanda, su agonía se prolongó durante varias semanas. El escritor describe minuciosamente la procesión de vecinos, amigos, conocidos y no tan conocidos que visitaron la casa de su padre durante sus últimos días. Según las historias referidas en su libro, los irlandeses, sin ser necesariamente profesionales de la salud, tienen contacto con una centena de cadáveres a lo largo de sus vidas. Incluso los niños son llevados de la mano a tocar, ver y hasta oler al finado. Siempre que alguien se encuentra a las puertas de la muerte, se unen como una comunidad para formar parte del proceso de fallecimiento. Las casas se hacen angostas ante el flujo de visitantes y las cocinas no se dan abasto para la continua repartición de té caliente y sándwiches. La celebración de un inminente deceso se asemeja a la de una boda.

Durante sus últimas horas, el Sr. Toolis estuvo rodeado de más de doce personas en la pequeña habitación a la que se redujo su vida en sus últimos meses de padecimiento. En su cultura existe una figura que lleva por nombre Mná chaointe, quienes lleva la batuta al momento de guiar los responsos católicos de los cinco sagrados misterios. Casi siempre personas del género femenino, las Mná chaointe fungían como el termómetro emocional del ritual. El autor describe una escena impactante en la que cada verso del Ave María se iba rezando in crescendo, hasta convertirse en el sonido más agudo que se habría de escuchar en todo el condado. Toolis entendió esta acción como la forma que tenía su comunidad de arrullar al moribundo hasta que su destino lo encontrara, así como si se tratara de una canción de cuna; sin duda una forma muy poco occidental de afrontar su propio final.

Sentado junto al lecho de su padre, Kevin Toolis hace toda una reflexión acerca de las veces en las que debió enfrentarse con la muerte. Recordaba claramente las últimas palabras que le dijo a su hermano antes de que éste sucumbiera a la leucemia a una edad muy temprana. Pero lo más importante, y lo que él mismo considera lo ayudó a forjar su carácter ante las adversidades que estaban por venir, fue la actitud de su padre ante tan lamentable y aberrante pérdida. Afirma que su reacción fue triste empero estoica, la misma que tuvo ante su desolador diagnóstico de salud.

El escritor hace además un recuento exhaustivo de su estadía en el ala destinada a los tísicos en un hospital local a sus escasos ocho años de edad. Era el único niño en la sala común de los tuberculosos, en la que pasó días de angustia al verse separado de sus padres por un largo período de tiempo. Hizo amigos a quienes debió despedir cuando aún no tenía la capacidad para comprender la rotundidad de la muerte y la soledad repentina por esa partida se le antojaba abrumadora.

Horas después de su fallecimiento, y luego de que cientos de personas desfilaran para ver el cuerpo sin vida de tan respetable figura dentro del condado,el Sr. Toolis fue vestido con el traje dispuesto por él mismo para su funeral que se llevaría a cabo en la sala de su casa, apenas a escasos metros de la habitación donde había expirado recientemente. El hecho de que toda una comunidad se uniera para la despedida de alguien que no había sido particularmente famoso es una clara representación del deseo de ese colectivo en particular de aprender acerca de su propia mortalidad, una forma de normalizar la última e irremediable etapa en la vida de todos los seres vivos. Con cada apretón de manos y con cada “mi sentido pésame”, se reafirmaba el hecho de que el Sr. Toolis había muerto,

ha muerto,

ha muerto,

ha muerto,

… una aliteración de la que nos hemos acostumbrado a huir.

Los años de enfermedad que precedieron el deceso de papá fueron inútiles para prepararnos para su partida. Siempre pensamos que la vida nos regalaría unos años más a su lado, especialmente después de recibir uno que otro resultado favorable en su larga lista de exámenes mensuales. Su cuerpo fue retirado en cuestión de horas y las cenizas nos fueron entregadas al día siguiente. Definitivamente, la máquina occidental de la muerte estaba más viva que nunca.

Kevin Toolis - Foto por Mal McCann

Kevin Toolis – Foto por Mal McCann

Sobre el autor

 

Kevin Toolis es un periodista y productor irlandés. Nació y creció en Edimburgo. Ha escrito para periódicos como The Guardian, The New York Times y The Daily Mirror. En 2014, se hizo acreedor de un BAFTA por su drama para la televisión titulado “Complicit”.

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Postgrado en Literatura Latinoamericana. Traductora y lectora voraz.

Columnista en The Wynwood Times:
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