Miguel Ángel Latouche

Definir nuestra propia identidad siempre fue un reto. En otros tiempos se hablaba acerca de la dificultad de encontrarse a uno mismo y de alguna manera se trataba un paralelo entre la propia búsqueda personal y la construcción de la figura heroica que fue hermosamente trabajada por Joseph Campbell. El héroe enfrenta situaciones extraordinarias y se construye al amparo de las dificultades que enfrenta. Si uno considera que en efecto toda vida es valiosa en sí misma, tendría que concluir que cada uno de nosotros en su propia dimensión humana realzamos un viaje heroico, que se define en los términos de nuestras experiencias y dificultades. De allí que podamos decir que el viaje a Ítaca es un viaje personal, íntimo, que nos lleva hacia nosotros mismos y que solo termina con nuestra muerte. El héroe necesita ayudantes, un escudero, un amigo, unos compañeros de ruta, alguien que lo espere. Los arquetipos son útiles en la construcción del argumento. Son héroes Aquiles o Alejandro, pero no lo son menos, aunque se presenten de manera contrapuesta el Quijote, el Lazarillo de Torbes o Diógenes el perro.

Sofía Ímber 100 años | Un legado para las artes en Venezuela

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Miradas del pensamiento | William V. Musto Cultural Center

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Aunque la dimensión del acto heroico sea diferente, es un héroe aquel que logra grandes cosas enfrentando retos extraordinarios, pero también puede serlo el hombre común que enfrenta los retos de su propia cotidianidad. Como diría el Máximo de aquella extraordinaria película, nuestros hechos brillan en la eternidad, lo que equivale a decir, creo, que lo verdaderamente importante son los actos del alma. Son esos los que nos resguardan en términos de nuestra dimensión póstuma.  El héroe lo és porque logra ver un poco más allá de lo que es ordinario, pero no se trata de una capacidad visual asociada al acto físico de ver, si así lo fuera Borges u Homero hubieran sido más ciegos de lo que terminaron siendo. Se trata de ver con los ojos del alma; sin embargo, sobre todo de vernos a nosotros mismos en las diversas dimensiones en las que se desarrolla nuestra vida y preguntarnos qué es lo verdaderamente importante.

Cualquiera que observe viejas fotografías notará, enseguida, que la gente se mostraba con seriedad. Decía Mark Twain que una fotografía era algo muy serio para dañarla con una mueca. Son asuntos de otros tiempos, dirán algunos con razón y, sin embargo, uno tendría que preguntarse hasta qué punto esa observación es válida en un tiempo marcado por la frivolidad y la falta de identidad propia.

Las redes son sin duda un avance crucial que nos permite una comunicación inmediata y sin complicaciones. No creo que nada que sea razonable, quiera volver a aquel tiempo del intercambio epistolar tan difícil de seguir y mantener. Ciertamente, hemos ganado en inmediatez y claridad, pero hemos perdido la reflexión cuidadosa, el cuidado de las formas, el desbordamiento íntimo que se produce al escribir una carta que no un Email.

 Las redes permiten el anonimato, la construcción de falsas identidades, la huida descarnada. No hay nada más terrible que el ghosting. Para el que lo recibe porque no hay una explicación que permita poner las cosas en perspectiva, para el que lo hace porque refleja su cobardía y los héroes no lo son. Así como a Aquiles le correspondió asumir la guerra en contra de Troya como parte de su deber, había suscrito el pacto del Caballo que obligaba a todos los griegos, a cada uno de nosotros nos corresponde cargar con el peso de nuestras responsabilidades y decisiones. Aquiles lo hizo a sabiendas de que involucrarse lo llevaría a perder la vida, así lo había establecido el oráculo.

Quizás nuestra responsabilidad primaria sea la de determinar quiénes somos y cuál es el contexto dentro del cual actuamos. Lo primero implica mirarse en el espejo y escrutarnos, lo que puede llegar a ser terrible si lo hacemos en serio. Para narciso que era un ser extraordinario significó perder su naturaleza, para los vampiros, que son seres oscuros, implica una imposibilidad. Luego de eso nos toca definir dónde estamos y cuáles son los retos que enfrentamos. No mirar con cuidado puede llevarnos a enfrentar molinos de viento.

Hay un pasaje en el Lazarillo de Torbes en el cual el ciego había conseguido uvas que decidió compartir con el lazarillo que lo acompañaba, A los efectos de garantizar una repartición equitativa, el ciego propuso que fueran consumiendo las frutas una a una al mismo tiempo. Al poco rato el ciego acusó al niño de hacer trampa. “¿Cómo lo sabes?” Responde el aludido. “Hace rato que estoy comiendo de dos en dos y tú no has dicho nada” responde el ciego.

 Es terrible ver solamente eso que queremos ver y no lo que la realidad nos indica. La zorra decide que las uvas están verdes y el Quijote que Dulcinea en una mujer hermosa y delicada. En aquella interesante película de finales de los 90 que fue “The Truman Show” el protagonista, genialmente interpretado por un joven Jim Carrey, pasa toda su vida viviendo en un set de televisión sin saberlo. Es solo con el paso de muchos años que empieza a ver las inconsistencias de aquel escenario en el cual se desarrolla su vida ficticia. La película es una crítica temprana de lo que Vargas Llosa ha llamado la sociedad del espectáculo. Una en la cual tendemos a ver las luces y el decorado y no su verdadera dimensión. En ese sentido, nuestra vida se ha hecho más frívola, pero también más quebradiza en cuanto a nuestra capacidad para enfrentarnos a sus aspectos rugosos, a sus filos cortantes.

Así, en un momento histórico en el cual todo parece desintegrarse en el aire, la cultura es sustituida por la puesta en escena, los mecanismos de socialización se fragilizan, la familia como eje central de la vida en sociedad se desintegra, los referentes se hacen difusos. En estos tiempos la heroicidad no requiere del gran acto salvador, ni del sacrificio extremo. Seamos más modestos, basta con que podamos vernos a nosotros mismos y podamos tejer con alguna consistencia los hilos que nos atan a los demás, es decir, los espacios dentro de los cuales una convivencia respetuosa y coherente es posible.

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Doctor en Ciencias Políticas y escritor.

Columnista en The Wynwood Times:
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