La obsesión por la apariencia

 

Hace unos días, alguien me preguntó si valía la pena seguir luchando por los derechos de la mujer. Si tenía sentido, en una época donde lo femenino había logrado importantes reivindicaciones, la diferencia de sexo es mucho menor que nunca antes y en la cual, además, pareciera que la lucha por la inclusión triunfa por un buen trecho. Me lo pregunta sin malicia, con toda buena intención. Aun así, la pregunta me produce un profundo malestar, una pesada sensación de cansancio. Como si volver a explicar la misma idea una y otra vez, en ocasiones la convirtiera en intolerable.

—Hablo sobre el hecho que no encuentro el menor sentido en la lucha feminista en una época como la nuestra—comenta con cierta conmiseración, como si mis frecuentes y públicos debates sobre el tema carecieran de sentido y sólo tuvieran por objetivo desgastarme de a poco—. Hablemos claro, ¿quién quiere luchar por esas cosas en una época donde nada está muy claro?

Cuando dice eso, pienso en una pequeña anécdota que me ocurrió hace unos años en una entrevista de trabajo. Para la ocasión, elegí llevar una blusa muy sencilla de color blanco y pantalones negros, además del cabello recogido y poco maquillaje. Cuando me senté frente al escritorio del gerente de recursos humanos, el hombre me echó una mirada apreciativa de arriba a abajo y sonrió con aire burlón.

—Usted no viene a un convento, viene a una oficina.

No supe qué responder a eso. Recuerdo haberme quedado de piedra en la silla, con las manos húmedas de sudor nervioso y la sensación no sólo de encontrarme fuera de lugar, sino, además, en evidencia, aunque no sabía muy bien por qué motivo. Logré controlar mi incomodidad y de alguna forma, recompuse mi expresión para lucir una sonrisa amable.

—Pienso que mi curriculum es mucho más festivo que yo —respondí. El hombre siguió y entonces hizo algo que nunca olvidé: inclinó la cabeza un poco y me miró las piernas cruzadas. Sin disimulo, sin ocultar un ápice la intención. Entonces soltó una carcajada.

—Por lo visto, no quiere que se note —acentuó la sonrisa—. Lo que se quiere vender, se debe mostrar.

No recuerdo muy bien cuando salí de la oficina. La siguiente imagen que tengo de mí misma, es de pie en el ascensor del edificio, temblando de furia y vergüenza y sin saber cómo había llegado allí. Me recuerdo saliendo a la carrera a la calle, con la piel ardiendo de impotencia, con esa sensación de vulnerabilidad que sólo experimenta alguien que ha sido humillada de esa forma. Nunca volví a pensar en el incidente, aunque recibí uno que otro correo de la persona que me había recomendado para la vacante. Pero, no supe cómo explicarle la sensación de pena, abrumadora humillación y algo parecido a la amargura que me había producido la situación. Lo borré con todo cuidado de mi mente e intenté asegurarme de que no había sido gran cosa.

 Pero sí lo fue. De la misma manera en que seguramente lo fue para Jenny Beavan, la premiada vestuarista que recibió el Oscar en la ceremonia de los premios del 2016, gracias a su trabajo en Mad Max. La gran dama, no sólo se enfrentó a la opinión masculina de Hollywood rompiendo la regla invisible de llevar un exquisito vestido de noche, peinado de gala y cuidado maquillaje, sino que lo hizo además sin desperdiciar la triunfante caminata hacia el escenario para recoger el más importante reconocimiento a su carrera. Beavan, que en aquel entonces tenía 66 años, algunos kilos de más, llevó el cabello suelto en una melena rebelde de cabello despeinado y no se molestó en maquillarse. En homenaje a la película que le llevó al triunfo, vestía pantalones de cuero, una chaqueta de piel gastada decorada con un cráneo enjoyado y una larga bufanda de seda alrededor del cuello. Sin ninguna semejanza con el desfile de alta costura que se paseó por a la alfombra roja, Beaves no sólo expresó algunas ideas muy sutiles sobre la apariencia y las exigencias culturales, sino que, además, dejó muy claro que no le interesan, cualquiera que estas sean.

Por supuesto, con toda seguridad será una experiencia inolvidable para Beaves, aunque no por las mismas razones que para mí lo fue la incómoda situación que describí más arriba. Aunque ambas tienen relación con la apariencia y la manera como se califica a la mujer a través de ella. Y mientras yo me debatí con el terror del acoso —ese juicio sexual y violento que invade y asfixia—, Beaves convirtió su manera de llevar la ropa —y lo que implica— en un mensaje muy claro. En una clara declaración de principios y de argumentación visual sobre un tema muy viejo: la sexualización y el juicio constante sobre el aspecto físico de una mujer. Con paso firme y después una amplia sonrisa de satisfacción, Beaves levantó la estatuilla e ignoró la risa sin disimulo del director de Spotlight, Thomas McCarthy, la mirada de duro desprecio de González Iñárritu quien además se negó a aplaudirla e incluso, el leve gesto de desconcierto del actor Tom Hardy, que siguió con la mirada el paso de Beaves hacia el escenario como si no pudiera dar crédito a lo que veía. A pesar del rechazo, la censura y el juicio silencioso de una audiencia que exige a la mujer cierto aspecto y que fomenta un tipo de cultura que lo convierte en obligación

Jenny Beavan recibiendo el premio Oscar

En ese momento, aplaudí a Beaves, emocionada por no por su gesto sino también por sus implicaciones. Porque de alguna manera, esa notoria expresión de poder —de mostrar que la mujer es algo más que la ropa que lleva en un mundo obsesionado con la apariencia— es un triunfo modesto pero significativo en medio de una marejada constante de ideas restrictivas sobre la identidad femenina. Porque Beaves, atacada, criticada e incluso expuesta a la burla pública por haber cometido la imperdonable osadía de ignorar un limitado patrón estético sobre la mujer, no sólo deslumbró por su capacidad para ignorar lo evidente sino apropiarse del momento con enorme gracia y dignidad.

Y es que justamente, la gracia y la dignidad son las que se ven melladas y vituperadas cuando la mujer debe enfrentarse a una sociedad que le exige y le impone como debe verse a cambio de reconocimiento y cierto éxito social. Como yo, sentada en una silla mientras un hombre juzgaba que me había cubierto demasiado para “ser exitosa”, Beaves declaró, sin necesidad de palabra alguna que el canon y el estereotipo está destinado a romperse, a sufrir los embates de una nueva visión de la mujer. De un tipo de espíritu independiente y formidable capaz de crearse así mismo y asumir el valor de ese trayecto duro hacia algo más poderoso que una idea tradicional.

 

El pecado de ir “sola” por el mundo

 

Mi amiga Arianna viajó sola por muchos años, antes de hacerlo en familia. Recorrió América desde la adolescencia. En ocasiones junto a su madre y amigos. La mayoría de las veces en ese impulso primordial de los viajeros de vocación. Al principio lo hizo por hobbie y ahora como su profesión. El caso es que Arianna descubrió que el mundo carece de fronteras y que descubrirlo, puede ser una pasión. Una idea que celebra cada día de su vida y que espero continúe llevando como bandera de libertad e independencia muchos años más, por todos los rincones del mundo. Dejándole claro a los tímidos y quizás flojos como yo, que el mundo es un asombro, una sonrisa, un sueño a medio descubrir.

Por supuesto y debido a todo lo anterior, es en Arianna en quien pienso cuando leo alguna noticia sobre la preocupante variedad de agresiones y maltratos que puede sufrir una mujer por cometer el pecado de ir “sola” por el mundo. O, mejor dicho, por transgredir lo que parece ser esa versión sobre la independencia femenina, que supedita la idea al riesgo que puede correrse si decides viajar, alojarse en cualquier lugar, incluso sólo pasar tiempo sin compañía y rechazar la idea que toda mujer necesita a un hombre para “cuidar” de ella.

—¿Quién las manda a viajar sin llevarse a un acompañante? —comenta uno de mis parientes en un almuerzo familiar; lo hace sacudiendo la cabeza, con aire paternal— Una mujer no puede andar sola por esos caminos.

Se refiere a una noticia que cuenta cómo una adolescente fue secuestrada, violada, golpeada y dada por muerta por un grupo de hombres desconocidos. La chica volvía a casa luego de acudir a buscar unas notas escolares y lo hacía en bicicleta, en un pueblo español en que todos se conocen y que, sin duda, transitar sin compañía no resulta un riesgo especialmente grave. Pero esta adolescente de dieciséis años, que según palabras de sus padres había pasado buena parte del año encerrada en la casa familiar debido a la cuarentena, cometió el error de volver pedaleando. Sin un hombre que vigilara que una manada de cinco, le agrediera, al parecer sólo porque podía.

Intento no entrar en polémica. De verdad que lo intento. Me tomo un sorbo del helado de jugo de naranjas que me han servido e intento ignorar esa alarma mental que me abruma. Pienso en la chica, que, según sus padres, tenía grandes deseos de viajar una vez acabara la emergencia sanitaria. Que como Arianna, seguramente planeaban el futuro a mediano plazo entre risas, bromeando y con los ojos muy brillantes de emoción. Que como Arianna, soñaba con paisajes inexplorados, caminos frondosos, aventuras mínimas. La tristeza me cierra la garganta y también la ira, por esa noción tan borrosa del deber ser cultural. Por una víctima que de pronto, provocaron su propia muerte.

—¿La estás culpando solo por ir en bicicleta a la escuela? —me encuentro diciendo, antes incluso de pensarlo como una idea coherente. Estallo nada más. Tal vez lo hago en voz muy alta. La mesa de familiares se vuelve a mirarme, sorprendida e incómoda. El pariente indiscreto enarca la ceja—. No estaba haciendo otra cosa que vivir su vida en libertad. ¿Por eso merece morir?

 Nadie dice nada, pero todos tienen la misma expresión. Un poco de tedio, un aburrido desdén. Nadie quiere discutir esas cosas. Después de todo, la agredida es una desconocida, allá tan lejos que no importa. Me pregunto qué ocurriría si se tratara de mí a quien golpearon en la cabeza con un palo de hierro por no dejarme violar. O una de mis primas pequeñas, que ya para la primera veintena, recorrieron Europa con una mochila en la espalda. ¿Qué ocurriría si se tratara no de una muchacha anónima, sino alguien real, de carne y hueso y un rostro reconocible? ¿Serían tan sencillas las opiniones? ¿Tan superficiales? ¿Se justificaría la violencia de la misma forma?

—No es que lo merezca —balbucea mi pariente— sino que…

—¿Se lo buscó?

Silencio otra vez. Mi tía, madre de dos, mira por encima del hombro a su hija mayor, que ríe en un rincón del jardín arrojando una pelota contra el muro de yeso que lo cierra. ¿Qué se está preguntando? ¿Qué su hija puede provocar una agresión? ¿Si puede provocar que un desconocido decida violarla solo por ser joven y fresca? ¿Lo estás pensando tía? Me digo con cierta crueldad. ¿Estás pensando cuál es la falda que puede llevar al violador a matar? ¿Cuál es la camiseta que puede provocar un asesinato?

—No es tan simple —dijo el pariente, sin voz. Parece furioso, el rostro enrojecido, el sudor empapando la frente. Ya no me mira. Mi tía tampoco. Sigue mirando a su hija más allá.

—No, no lo es. Pero tú lo simplificas.

Nadie dice nada después de eso, pero el tema me obsesiona. Pienso en mi prima, que con dieciséis años viajó hace dos años a Italia y recorrió las tierras agrestes de la Toscana. Durmiendo bajo las estrellas, comiendo vinos y quesos de haciendas perdidas y gracias a la hospitalidad de agricultores desconocidos. ¿Alguien la habría juzgado de ocurrir alguna cosa, sólo por ser una mujer? ¿Sólo por hacer lo mismo que cientos de muchachos de su edad alrededor del mundo?

¿Qué tipo de prejuicio hace que antes de condenar a un asesino se juzgue el comportamiento de quien muere asesinado en sus manos? ¿Qué tipo de inmadurez moral y cultural hace que una mujer —viva o muerta— sea señalada, estigmatizada y acusada de la violencia que sufre o de la muerte misma por no obedecer los supuestos parámetros según los cuales debe comportarse? ¿Qué tipo de interpretación retrógrada es esa que intenta excusar la violencia desde el punto de vista de la tradición cultural?

Supongo que es la misma que hace a una víctima de violación se le pregunte cómo estaba vestida, o que se insinúe que pudo ocasionar la agresión que sufrió por su manera de comportarse. El mismo tipo de violencia que intenta normalizar que una mujer pueda ser acosada porque se trata de “acto de amor”. El mismo tipo de pensamiento que disculpa el comportamiento agresivo e invasivo de un hombre porque es “cosa de machos”. El mismo tipo de idea sobre lo femenino que asumen a la mujer como sumisa, frágil, digna de protección. Que menosprecian su talento, habilidad e inteligencia.

 

La normalización de la violencia sexual

 

Ayer, me tropecé en mi frontpage con una imagen que invitaba a cualquier hombre que se sintiera agraviado porque una mujer le considera sólo su amigo, a secuestrarla y a violarla. No, no exagero, tampoco dramatizo ni malinterpreto. No se trata de una insinuación ni tampoco de una idea abstracta: El collage de fotografías muestra desde un botella de tranquilizante médico —la conocida burundanga— hasta cinta adhesiva de plomo, pasando por un pasamontañas para cubrir el rostro del “agraviado”. No había confusión posible, mucho menos doble sentido: La imagen dejaba claro que si una mujer ejerce su derecho a rechazar una insinuación sexual, al parecer hay otra “manera de convencerla”.

Sin embargo, lo más lamentable no era la imagen en sí —espeluznante y durísima— sino que estaba acompañada por seis o siete comentarios que celebran el “chiste”. Comentarios de mujeres que consideran graciosísimo que el hombre que comparte el mensaje se sienta en el derecho de violar a una mujer por sentirse desairado. Una y otra vez, las risas parecen restarle contundencia al mensaje, hacerlo cosa de todos los días. “No es tan grave”, parece decir la carcajada general. “Es sólo un chiste”, insiste esa infravaloración del gravísimo mensaje y lo que implica. “Hay que tener sentido del humor”, concluye ese aire de jolgorio entre quienes celebran una broma de supuesto sentido del humor.

Pero no se trata de un chiste, tampoco una broma. Es una demostración más que la violencia sexual se normaliza y se convierte en una idea que se acepta inevitable, incluso comprensible. Que se le resta importancia en favor de esa noción de lo sexual como parte de una idea de poder y de control, donde la mujer al parecer no tiene todas armas para luchar en posición de igualdad ¿Qué ocurre cuando el abuso sexual se considera parte de la cultura? Es lo que esta imagen y otras semejantes parece sugerir. El hecho que su existencia —que se difunda, comparta, que se celebre— lo deja muy claro. ¿Qué ocurre cuando la violación se confunde con juegos sexuales? ¿Cuándo se insinúa como castigo? ¿Qué pasa cuando provoca que se cuestione a la víctima? ¿Tanto como para sus motivos y consecuencias sean trivializados? Se trata de una percepción peligrosísima sobre lo que el ataque sexual y moral a una mujer puede ser. Lo que una violación puede significar, no sólo como ataque físico ni también como destrucción de dimensión espiritual y emocional de la víctima.

Una violación no es juego sexual. Tampoco es una forma de sexualidad. No se trata de un acuerdo entre dos personas adultas que deciden explorar sus límites sexuales. Se trata de una agresión, de la invasión de los límites físicos de alguien más. Un juego sexual jamás incluirá nada que menoscabe la libertad de decisión de un miembro de la pareja. Una agresión sexual no es un juego, tampoco un chiste. Se trata de UN CRIMEN y como tal debe ser asumido y analizado.

Por supuesto, no me sorprende tropezarme con ese tipo de mensajes tan poco sutiles sobre la violencia y la sexualidad en todo tipo de películas, publicidad y libros. Durante la última década y a pesar de la toma de conciencia mayoritaria sobre el tema, la cultura de la violación parece escudarse —o disimularse— sobre esa percepción ambigua de los juegos de seducción o lo que parece ser algo más inquietante: la violencia como un medio de conquista sexual. Una y otra vez, la idea sobre la violación, el abuso sexual y sobre todo, lo que puede considerarse invasivo, peligroso o incluso, directamente agresión sexual parece borroso. Hablamos de un panorama donde la interpretación sobre la sexualidad continúa siendo lo suficientemente misógina para preocupar y sobre todo, para hacernos cuestionar sobre en qué medida se comprende el peso real que tiene la cultura de la violación en la actualidad.

Quizás, el mejor resumen para la idea general sobre la cultura de la violación, lo haga Zaron Burnett III (autor de un magnífico artículo sobre el tema), cuando insiste en que “dejemos de concentrarnos en cómo las mujeres pueden evitar ser violadas o cómo la cultura de la violación hace sospechosos a hombres inocentes, ciñámonos a lo que, como hombres, podemos hacer para evitar que se cometan violaciones: desmantelar las estructuras que las permiten y modificar las actitudes que las toleran”. Un planteamiento que parece englobar no sólo la forma como comprendemos la violencia sexual sino la manera en que podemos enfrentarnos a su normalización cultural.

 

Camino por la calle, en este país de mujeres: de madres, de hijas, de esposas. De mujeres sin adjetivo como yo. Y pienso en esas batallas diarias. En esa noción de continuar, aunque la lucha parezca estéril, simple y desigual. Pero supongo que toda idea comienza así, me digo mientras una niña pequeña me sonríe desde el hombro de su madre unos pasos más allá de la calle donde camino. Por la insistencia en lo imposible. Por la visión interminable de lo que deseamos crear.

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