Miguel Ángel Latouche

Travesías de Identidad en la Era Digital | Otra mirada

Travesías de Identidad en la Era Digital | Otra mirada

Me resulta interesante porque en el caso de mi hijo adolescente la posibilidad se multiplica hacia el infinito. En un mundo globalizado e interconectado es común que los volúmenes de información tiendan a ser ilimitados… nos relata Miguel Ángel Latouche.

De juegos móviles e intelectualidad | Manifiesto GenX

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¿Te has dado cuenta de cuántos jueguitos existen como aplicaciones para el teléfono móvil? A mí me resulta sorprendente. Veo cada vez más a personas sumergidas en ese aparato que se ha convertido en una extensión del cuerpo humano, comenta Florángel Quintana.

A finales de la década de los 90s, el entonces campeón mundial de Ajedrez, Gary Kaspárov, se enfrentó por primera vez a Deep Blue, un procesador avanzado que tenía una inmensa capacidad para analizar posiciones y calcular posibilidades y que tenía en su base de datos un sinnúmero de partidas jugadas por los Grandes Maestros de la disciplina. Más allá de la expectativa generada por el encuentro, hasta entonces los programas de ajedrez eran poco avanzados y en general no eran capaces de derrotar a los jugadores de primer nivel. Con Deep Blue se marca un cambio de época. Por aquel entonces se decía que la computadora era incapaz de enfrentarse a la creatividad de un jugador humano, que este tendría siempre una ventaja asociada a su capacidad para imaginar situaciones y generar posibilidades alejadas de la estricta lógica matemática. Contrariamente a lo que muchos esperaban, luego de varias confrontaciones encarnizadas el Campeón del Mundo fue derrotado. Fueron muchos los argumentos que intentaron justificar el hecho, se habló del cansancio, de las limitaciones físicas del jugador humano, lo único cierto es que se demostró que, en términos, de capacidad de procesamiento, las máquinas nos superan. 

Este hecho se ve de manera mucho más clara en nuestro tiempo. La utilización de la inteligencia artificial ha facilitado, con mucho, el procesamiento de inmensos volúmenes de información, la toma de decisiones ante situaciones complejas y el análisis de la llamada Big Data. No me atrevo a decir que la IA tenga la capacidad para imaginar posibilidades similares a la nuestra, pero es cierto que los modelos de IA se asemejan cada vez más a la manera como pensamos. La IA no tiene una mente propia en sí, pero tiene una gran capacidad de procesamiento, así la IA no puede soñar, no ha desarrollado consciencia de sí misma y no es capaz de evaluar, desde una perspectiva humana, diversos problemas de justicia distributiva. De hecho, puestos en una situación dilemática de carácter moral, la IA tenderá a escoger una solución eficiente, aunque esta pueda resultar injusta. 

En general, los humanos actuamos como niños ante el juego de las posibilidades. Tendemos a suponer que todo aquello que nos hace avanzar debe ser ponderado como positivo. De hecho, la solución de muchos de los problemas que enfrentamos la ponemos en manos de la tecnología antes que en la previsión o el resguardo. Parecemos olvidar que en nombre del avance de la ciencia hemos puesto al mundo al borde de la destrucción.

Basta con pensar en el potencial destructivo de la Bomba Nuclear o en los dilemas asociados con el calentamiento global y su impacto sobre nuestro futuro. A mí siempre me causa asombro pensar en el sufrimiento humano que causaron los experimentos realizados por los Nazis en seres humanos. Ciertamente, fueron capaces de medir los límites de la resistencia de nuestros cuerpos ante ciertos agentes, observar la manera como se deteriora el cuerpo ante la falta de alimentos o medir la manera más eficiente de asesinar colectivamente. Basta recordar los experimentos del Dr. Mengele con gemelos idénticos y sus múltiples descubrimientos en el área de la genética. 

Es indudable que tenemos como especie una gran capacidad para innovar. Ese es parte del secreto de nuestro éxito. Quizás nunca como ahora, esa capacidad se pone de manifiesto en los diferentes mecanismos tecnológicos que hemos sido capaces de incorporar a nuestra vida cotidiana en el último siglo. Creo que hemos desarrollado e incorporado estos elementos con una velocidad que supera con mucho nuestra capacidad para reflexionar sobre sus implicaciones ético- políticas. Nuestra sociedad ha ido cambiando de manera sustantiva, sin que se haya desarrollado suficientemente una filosofía-política que nos permita repensarnos en tanto que sociedad tecnológica, sin que hayamos definido un código ético o un marco legal que permita establecer las regulaciones que sean necesarias para garantizar nuestro funcionamiento como sociedad y nuestra libertad. No me refiero acá a las distopías del tipo “terminator”, aquella saga de los 90s en la cual un robot regresaba en el tiempo para acabar con el salvador de la humanidad del futuro. Pero sí a un proceso de incorporación de tecnología que puede poner en cuestionamiento el funcionamiento de la sociedad democrática y nuestra libertad para decidir en tanto que sujetos autónomos.

Por una parte, la recolección y utilización de Big Data tiene el potencial para atentar en contra de nuestra privacidad. A mí siempre me asombra la manera como el algoritmo juega con mi propio sistema de preferencias para proponerme determinados bienes de consumo que mi historial previo determina como probable. La pregunta es si este reforzamiento genera una presión que me lleve a ponderar determinados productos sobre otros o a limitar mi búsqueda de posibilidades.

Muchos estudios señalan que el constante bombardeo de información puede incrementar el consumo, lo que es utilizado por las grandes corporaciones para aumentar el nivel de sus ventas. Por otra parte, es necesario preguntarnos cómo se utiliza la información. Nuestros datos pueden ser recabados de manera detallada para ser utilizado en diversos estudios tendenciales. Esto puede significar una intromisión sobre nuestra privacidad. 

Hay un número importante de denuncias sobre la utilización de datos de consumo para determinar preferencias, esto permite la segmentación de la sociedad y su eventual manipulación. Se ha llegado a decir que el envío de información segmentada con mensajes específicos a poblaciones predeterminadas se ha usado como estrategia electoral, con lo cual la definición de la “voluntad” de los ciudadanos podría terminar siendo borrosa, permitiendo la prevalencia de ciertos grupos e intereses sobre las grandes mayorías.

Los riesgos de la incorporación tecnológica no están en este momento relacionados con la llamada “dominación de las máquinas”, sino más bien asociados a la utilización de la tecnología como un mecanismo de control social y manipulación de nuestras preferencias. Nuestra capacidad de innovar debe tener aparejada una comprensión sociopolítica del rango de transformaciones posibles que esta podría tener sobre nuestros modelos de asociación, sobre nuestras formas de socialización, sobre la manera de comprendernos a nosotros mismos y al mundo que habitamos. El hecho de que podamos cambiar nuestro entorno no significa que debamos hacerlo sin haber reflexionado al respecto.

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Doctor en Ciencias Políticas y escritor.

Columnista en The Wynwood Times:
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