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Título: Vuelo del pajarillo
Autor: Jan Queretz

El 15 de marzo de 2017, el Teatro Nacional de Múnich recibió a la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar. Según los archivos promocionales, tocarían una interpretación novedosa de la primera sinfonía de Brahms. La ciudad se emocionó y la sala fue ocupada hasta el máximo aforo, lo que promovió la intensidad del evento que ahora doy a conocer a la opinión pública venezolana. El periódico Süddeutsche Zeitung, que publicó una nota sobre la función, se limitó a anotar que: “la noche fue un éxito y permitió a nuestra ciudadanía conocer un giro interpretativo en la primera sinfonía de Brahms”. Esta inquietante minimización revela que el suceso necesita más tiempo para explicarse desde lo venezolanamente inaudito, si es que alguna vez podrá abrigar alguna explicación.

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La función comenzó a las ocho de la noche, me contó Frau Agna Schäfer, una mujer que estuvo sentada en el foso principal y a quien pude entrevistar en su casa de la calle Rosenheimer. Cuando observó a los músicos, vestidos de rigurosa formalidad aunque de carácter libre, sonrió porque más allá de la solemnidad del teatro sudaban un aura de esperanza solar. Las luces del público se apagaron; la orquesta afinó. El  silencio quedó suspendido en el aire, a la espera de la batuta inicial. Con un ritmo preciso, el golpeteo de la percusión y la melodía de las cuerdas se unió para cantar notas macizas. La obra cobró una hermética elegancia hasta el último movimiento. Frau Schäfer recalcó que derramó tres lágrimas felices porque la orquesta tocaba sabiendo que con la música construida por un alemán cambiaban la historia de su país.

            Cuando terminó la obra, las luces del teatro se encendieron y la orquesta se levantó para recibir el aplauso. Múnich les ovacionó cinco minutos. Al terminar, los asistentes comenzaron a tomar sus abrigos, se prepararon para salir. De pronto las luces bajaron de intensidad como si la función retomara su acto. El público, desconcertado, miró a un lado y a otro, buscando a alguien que respondiera el enigma. Tres músicos caminaron hasta el frente del escenario: uno sostenía un violín, otro llevó un arpa y otro un cuatro, instrumento que Frau Schäfer no supo identificar y que definió en su alemán entreverado como “la coronada sonoridad del caribe”.

            Fuga con Pajarillo comenzó su contrapunteo de maravilla. El ritmo descontracturado rompió el molde europeo, relajó la soledad de las paredes y levantó diez grados la temperatura. Los violines rasgaban el arco venezolano contra las cuerdas de goce, eclosionaban el llano en el centro de Europa, haciéndola vibrar en un descontrol continental. Un hombre se levantó, enredado en la música, tomó a una mujer y comenzó a bailar. Frau Schäfer explicó que una sensación de baile insólito la llevó a imitar el mismo movimiento. El ritmo del joropo lírico descomprimió su hondonada vital. Durante el solo de arpa sintió que el techo era el mero sol del llano. Vinieron a su mente el morichal entusiasmado, la larga sabana unánime, el vuelo de una falda colorada. Sentía que una cayena crecía en su cabello, que su pareja escogida estaba vestida de blanco, sonriéndole como un enamorado. Zapatearon el piso de pulcritud porque una exaltación caliente los inundó de amor por la vida, sensación que solo se puede reverenciar durante el baile. Mientras aquella música la rodeaba, Frau Schäfer vio un potranco zaino cruzar la sabana, olió el maíz, el ajicero, las lluvias de mayo, las panelitas de San Joaquín, vio diablos enmascarados que danzaban el joropo de sabrosura junto a cientos de parejas alemanas, y sintió un amor profundo y único como nunca había experimentado en la soledad de sus años. Así debe ser la vida, dijo. Sudaba cuando terminó nuestra conversación. Afuera, me cubrí porque el frío resplandecía en los intersticios de un Múnich sonriente, rejuvenecido total en su sorpresa por el vuelo de nuestro pajarillo.  

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