El vuelo imaginario de Javier Guédez, el movimiento invisible desde donde emerge la sonoridad capaz de crear pájaros incendiados de palabras, se alarga afectando la constitución del todo con imágenes de fuerza impredecible que encuentra en su paso por el mundo, como recolector de fantasías e instantes sagrados colmados de absurdo, tragedia y vida, demasiada vida. He allí la belleza de su verbo: hacer de las cosas más pequeñas del universo, una gramática de la fantasía contra las persecuciones de la realidad. En primera persona nos cuenta sobre la invención de Javier Guédez, un hombre que escribe historias, o más bien, mundos paralelos donde convergen los distintos Javier que crean, escriben, dialoga, cuentan, imaginan futuros posibles para habitar las polaridades del deseo.

“La primera persona es la espada láser que utilizo para inquietar a mis propios desalientos; y antes de polemizar sobre la escritura del yo o la literatura autobiográfica, lo que en realidad me preocupa es la cruda sinceridad de estos textos, no la verdad, porque los hechos nunca van a ser lo que fueron y el pasado no ha muerto, porque ni siquiera ha pasado, como diría Faulkner. Por momentos, la primera persona me hace sentir más cerca de algo que desconozco pero que me importa mucho, como si se me permitiera abrir las puertas que para la tercera persona están prohibidas, como si tuvieras el don de abrir una caja fuerte de un muerto, sin dañarla. Prefiero chocar de frente contra ese muro, que utilizar la tercera persona para hablar de mí. Claro, que me importan también las otras personas, son perfectas para esconderse, y de esa manera hacerlo todo más claro y notorio”.

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El hilo incorpóreo de un teléfono polidimensional, nos une. A través de ese canal cuasi-metafísico e imperfecto dialogamos. El eco de su voz retumba con el filo de algunas preguntas dictadas por la razón, la señora esa, sin desdibujar el perfume de azares que la fantasía ofrece, para verbalizar la experiencia como un juego trascendente que nos permite ser quienes somos: él, Kuentonauta habitado por el vértigo de la ternura. Yo, calígrafo de una orden de escribidores extinta y que hoy confluye con una voz inquieta para The Wynwood Times.

Javier, ¿qué impulsa y cómo se inicia tu vínculo con la literatura? 

La primera invitación que recibí para visitar otros mundos, me la hizo el famoso libro de las ofertas universitarias (OPSU), que obligaban a leer a los estudiantes de bachillerato para que el futuro los perdonara. Pensándolo bien, fue el primer libro de ficción que leí entero a mis nueve años. Luego, a los veintidós, vino mi participación en el círculo de lectura José Antonio Ramos Sucre, con la escritora Wafi Salih. La acompañé a leer mis relatos en oficinas de viejos profesores, en las tarimas de los centros comerciales mientras la gente comía. Me invitaba a publicar cartas suicidas en los periódicos locales, que luego mamá recortaba con miedo y orgullo; en realidad me avergonzaba mucho andar por ahí como un santo pidiendo un milagro ajeno, pero yo obedecía como si me estuvieran entregando una misión de guerra. Los textos eran malos, pero eran míos, y quizás esa era la catástrofe que ella quería iluminar. Durante ese tiempo tuve la fortuna de ganar dos premios regionales de narrativa, recitar mis poemas en los bares a cambio de algo de licor, y jugar a escribir artículos para una revista urbana. Así empezó todo.

Conversamos, y la calidez de un portal donde danzan efímeras figuras de un parque de diversiones, nos acompañan.

¿Estéticamente cómo defines tu propuesta literaria?

No pienso mucho en eso, prefiero que la actividad microbiana que uno va alimentando con todo lo que consume y de lo que se apropia, vaya formando las capas del suelo de cada proyecto de escritura, para que brote la experiencia desde su propia naturaleza, sin mayores condiciones. Siembro con los ojos cerrados, sin tener muy claro si se trata de una semilla de calabacín, un árbol forestal, o una mata de mandarinas. Los frutos de esos árboles, si es que crecen y rinden frutos, son la evidencia de esa búsqueda o ese fracaso, y ningún fruto es igual a otro, así como ninguna hoja tiembla o refleja la luz de la misma manera.

Sin embargo, hay quien dice con un optimismo casi crónico, que mis textos son ejercicios de patafisica, o epifanías que parecen en todo caso como cocteles del diablo, pero no es tan así, los amigos siempre se equivocan porque lo quieren a uno. Me siento atraído por el registro que exploro actualmente, que es donde hacen clic la comedia y la ironía, con los eventos absurdos del infraordinario; y por las formas de nombrar lo autobiográfico con dotes de escritura limitada.

Paso a paso, vamos siendo habitados por el juglar duende de la locura, y nos batimos a duelo con la razón, para hacerla participe de nuestros juegos verbales.

La Kuentonáutica

 

Cuéntanos sobre tu propuesta “La Kuentonáutica”.

El proyecto nace en el 2012, con el propósito de promover y difundir el libro y la lectura a partir de las expresiones artísticas. La Kuentonáutica fue el nombre que le di a mi primer taller de narrativa, con el que viajé por buena parte del país, para formar pequeños grupos de mediadores del libro, con un programa nacional de lectura qune ayudé a fundar y que luego dirigí por dos años. Gracias a ese esfuerzo logramos el Premio Nacional del Libro en el 2014.

Desde hace algunos años, hemos venido trabajado con narrativas para el cambio social en poblaciones en condiciones de vulnerabilidad y con víctimas del conflicto armado en Colombia, así como en el storytelling de algunas fundaciones y ofertas de valor. Hace tres años comenzamos el reto de migrar todo el material formativo a los espacios virtuales. Eso nos ha permitido conectar cada vez con más personas en el mundo. Hemos recibido participantes desde Pekín, hasta Croacia, o una comunidad remota del Brasil. Algunos de nuestros talleres (presenciales y online) van de escritura automática, potencial, microficción, laboratorio de anécdotas, encantadores de libros y comics.

Nuestro Atelier es un laboratorio de experiencias, donde se reúnen más de 1500 títulos de literatura infantil y juvenil junto a un material didáctico de grandes artistas del juego. La inspiración es la sinergia pedagógica y la teoría de los 100 lenguajes.

Y los rostros de un millón de voces donde se encarnan historias alrededor del fuego

Como pedagogo, ¿qué experiencias facilitas a los participantes de tus clases? 

Los espacios formativos que llevo a cabo tienden a ser siempre experiencias muy nutritivas. En los últimos años se ha convertido en una suerte de canción del fin del mundo que utilizo para cruzar el desierto. En nuestras sesiones presenciales y online todos sostenemos y liberamos lo que sucede; el proceso es de impulso, develado y encendido más que de aprendizaje. El espacio se convierte en una suerte de ritual de la experiencia o ceremonia, la cual se inicia siempre con un portal donde acuden los sonidos de armónicas, sonajas de pezuñas de buey, y tambores de truenos. Ponemos nuestro énfasis en el desbloqueo del campo magnético que viene a ser la imaginación. No ofrecemos talleres literarios ni pretendemos enseñar escribir a nadie; nos mueve el extrañamiento y el desarraigo sistemático, así como la escritura limitada o potencial, donde el obstáculo se convierte en la única manera de llegar a un territorio de luz que no conocíamos. Eso es lo que buscamos, que cada experiencia sea irrepetible, como decía Ítalo Calvino.

Experiencia, una palabra donde el misterio abre todas sus ventanas.

 

¿En qué proyectos y propuestas trabajas actualmente? 

Cuando se anunció el estado de alarma mundial, me pasé un suiche. Casi de forma automática justifiqué con orgullo mi encierro. Lo que va de 2020 lo he dedicado a organizar y escribir libros como una fiebre que hay que mantener. El primero fue “La edad del búfalo”, un libro inédito, donde se reúnen algunos cuentos en forma de constelación, que aparecieron en sus primeras versiones en la Revista Orsai de Argentina, luego se han compartido en portales de México y España. Igualmente sigo peleándome con un proyecto de no ficción, al que llamo: “La noche de la planta”, algo de poesía con “King Size” y “Recolecciones”, un experimento de escritura potencial. También ando editando un texto teatral que escribí para mi esposa y dos novelas a medio camino, que quizás no vayan para ningún lado. A eso me refería con lo de matar la fiebre.

Aterrizamos una conversación eterna, para que la curiosidad los impulse a rastrearla por los efervescentes territorios del imaginario.

Unas palabras finales para todos aquellos inquietos por el mundo del imaginario. 

Me gusta hablar del “Efecto Mooreeffoc”, creado por Charles Dickens, como si se tratara de un momento de publicidad. Este consiste en ver algo con lo que estás familiarizado a través de un espejo imaginario, con el fin de cambiar tu perspectiva. Se trata de cambiar muy ligeramente eso que conoces bien para que parezca desconocido y extraño. La imaginación es la forma de la existencia misma, ríndete. Estamos rodeados.

Más sobre Javier Guédez:

 

Narrador, licenciado en Estudios Ambientales y facilitador de procesos formativos en escritura potencial. Director y fundador de La Kuentonáutica, un gimnasio para la imaginación. Premio nacional del libro (2014).

Ha sido galardonado por sus relatos de ficción: Puyero (2010), Komegato (2002) y la montaña amarilla (2000). Su cuento “La eternidad de Paula” fue adaptado al cine y resultó selección oficial del festival de Cannes 2018. Ha incursionado en narrativas para el cambio social en contextos de conflicto armado y zonas en condiciones de vulnerabilidad. Su material poético y narrativo se encuentra publicado en diferentes portales nacionales e internacionales: Revista Orsai (Argentina), Cinco.8 (Venezuela), Ablucionistas (México), Revista Oceanum (España), Paradoja ediciones (Colombia), Revista actual de la Universidad de los Andes, Letralia, POESÍA y Digopalabra (Venezuela).

Tiene publicado en literatura infantil: Sinchi y Kai (2017) Retorno de Alas (2010) Pazíficos y La mutante (2012).

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Escritor | Personal Brander | Storyteller | Copywriter

Colaborador articulista de The Wynwood Times

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