Foto cortesía de https://www.venezuelasinfonica.com

Entrevista por Rafael Baralt Lovera.

A veces la vida nos premia con regalos insospechados. Como a mí, aquél día cuando decidí aceptar la invitación de mis amigos para una caminata por el Parque del Este. Esa tarde prometía, ya que al final de la visita guiada tendríamos un encuentro musical en las instalaciones del Planetario Humboldt. Un compositor venezolano cerraría la experiencia sensorial del día con un concierto titulado “Ofrenda al cosmos”. Así que entramos, revitalizados por la energía que nos deja el contacto con la naturaleza. Adentro, la gran bóveda luminosa —hecha cielo nocturno— sirvió de escenario para que este joven músico, acompañado de un piano y otros instrumentos, regalara a los presentes una de las vivencias musicales más sublimes que haya presenciado jamás.

Con una audacia musical inconcebible, hizo que la audiencia iniciara un viaje por el cosmos guiado por tonalidades de su autoría. El alud de melodías me tomó por sorpresa, arrastrándome como una simple partícula por los confines de un universo que se abría junto a los acordes. Entendí que esa música representaba un mensaje, como un código en forma de vibraciones lanzado al infinito. Supe entonces que no me encontraba en presencia de un músico común, no toda música tiene esa capacidad de hacerte transportar. Al finalizar, me acerqué para estrechar la mano y felicitar al conductor de tan soberbia experiencia.

Compositor, conductor y pianista venezolano. José Agustín Sánchez es uno de esos prodigios de la música que va dejando huellas profundas por el mundo con cada una de sus presentaciones. Sus trabajos sinfónicos, inspirados por distintos viajes, causan impacto en las audiencias más exigentes por la fuerza de su mensaje. La complejidad de sus composiciones dan cuenta de un talento especial, fuera de serie. En lo particular, me atrevería a decir que es el nuevo Vangelis venezolano. José Agustín no solo es un músico extraordinario, también lo es su calidad humana, así como se muestra en la siguiente entrevista.

En tus propias palabras, ¿quién es José Agustín Sánchez?

Un viajero. Un viajero, un caminante. José Agustín Sánchez como personaje en esta dimensión podría describirse como un compositor, pero en la perspectiva de viajero la música es el lenguaje con el cual ese viajero describe o transmite ese viaje en el que despertó. Yo creo que todos somos viajeros simplemente por el hecho de existir en este planeta, por el hecho de estar viajando en una roca gigantesca de agua movilizándose a miles de kilómetros por el espacio. Y, como viajero, creo que hay una búsqueda que inspira ese caminar del viaje. Así que la música, creo es un lenguaje universal que permite la apertura a esa consciencia de viaje y conectarnos un poco más con la espiritualidad, con la esencia de quien realiza ese viaje.

¿Cómo fue tu iniciación en el mundo de la música?

Tengo sobre las teclas del piano desde que tengo uso de razón, prácticamente. A los cinco, seis años de edad. En casa, a mi padre le daba curiosidad que tenía facilidad tocando a oído. Comencé entonces a estudiar desde esa edad con teclado, hasta que el profesor le dijo a mi padre que yo tocaba todo a oído y si realmente quería desarrollar el lenguaje musical en profundidad tenía que ser por piano clásico, así que desde los ocho o nueve años comencé con la música clásica al piano. En San Cristóbal había una escuela de música que se llamaba Judith Jaimes, nombre de una pianista muy famosa que también estudió en Nueva York. Yo empecé ahí. Desde muy corta edad comencé a entrar en competencias nacionales, algunas de ellas importantes como la Silvia Eisenstein, en Caracas, donde fui ganador cuando tenía doce años. O sea que la música estuvo siempre muy presente en mi niñez, aparte de que nunca la vi como una actividad extra.

Yo no quería ser músico. A esa edad no pensaba “quisiera ser pianista”, no. Simplemente era un lenguaje necesario en mi día a día, desde los cinco años. Así que para la edad de los últimos años de bachillerato estuve muy rodeado del ambiente musical. Tuve mucho contacto con las orquestas del Sistema para desarrollar teoría y solfeo. A los doce años ya había sido aceptado en la Cátedra de Piano de la Universidad de Los Andes con un profesor muy reconocido llamado Amilcar Rivas, quien había escuchado de mí en los conciertos y competencias en Caracas y me dio la oportunidad de viajar todos los fines de semana de San Cristóbal a Mérida a tomar clases de piano. Nunca vi la música como algo extra o algo que tenía que hacer. Esos fueron mis primeros pasos.

 

Entiendo que estudiaste música también en el exterior, ¿cómo fue tu formación académica?

A los dieciséis años, al terminar el bachillerato, me voy a Inglaterra a estudiar música. Ahí soy becado para un programa de inglés y de piano en la Universidad de Cambridge, empapándome de esa cultura inglesa, muy teórica. La verdad yo estaba muy interesado en poder expresarme con la música pero no por medio de compositores, Bach, Beethoven, Chopin; tal vez hacer una mezcla de todo, jugar un poco con los mensajes que cada uno quiso transmitir por medio de sus obras. Entonces podía empezar con un Nocturno de Chopin y terminar con un Estudio de Liszt, no sé. Y esa necesidad a querer abrir más el lenguaje, me llevó a Gales. Estaba en un concierto en Londres y el presidente de un castillo en Gales que se llamaba Atlantic College, que conforma una serie de colegios por el mundo, me dice que me fuera a estudiar allá piano con composición y accedí. Así que por los siguientes dos años me voy a Gales. Ahí me gradúo como pianista y opto por irme a un conservatorio en Nueva York.

Doy ese gran paso con un gran concierto que hice de graduación para el Rey de Holanda donde se había conformado un programa muy grande y complejo de Liszt y de Chopin, y en pleno concierto decido llevar a toda la audiencia a un viaje por toda Sudamérica. Ese fue para mí un momento crucial donde dije: “no soy un pianista, no pretendo ser un pianista, sino todo el conocimiento que he adquirido es para llegar a este punto donde la música ya es un lenguaje. Ahora qué quiero decir con este lenguaje.” Por eso voy al Bard College de Nueva York a estudiar composición y dirección orquestal y así poder entender, ya no solamente desde la perspectiva del piano, sino de toda la orquesta, de una vibración sinfónica. Finalmente saco mi maestría como compositor y director orquestal.

Después de esa primera etapa se me da la oportunidad de continuar el PHD en Juilliard, que es un conservatorio muy famoso, y en Manhattan School of Music para poder finalizar los estudios de composición, pero al mismo tiempo me gano una beca que se llama Thomas J. Watson Fellowship en EEUU, año 2013, primer venezolano. Esta se trata de una beca muy particular porque te financia un año de viaje por el mundo bajo tres condiciones: la primera: durante todo ese año, no puedes trabajar, no puedes gastar de tu dinero, tampoco puedes estudiar en ninguna universidad o instituto, simplemente permanecer libre, viajando; ellos te financian todo.

La segunda es que debes viajar a lugares donde nunca hayas estado en tu vida. Durante esos años de estudio y de viaje había tenido la oportunidad de viajar a África, a Europa, Norteamérica, así que yo me fui a Asia. Y la tercera regla es que durante ese viaje debes viajar solo, bajo la perspectiva de búsqueda. Así comienza este segundo ciclo, por un lado estos conservatorios convencionales y por este otro el desarrollo de ese viaje que la música en cierta forma me hizo emprender, pero que la finalidad no era la música como tal, al menos no lo sentía de esa manera. Dejé a un lado los conservatorios. Espiritualmente el viaje me hace entrar en esa búsqueda, algo en lo que estoy.

 

Debió haber sido una experiencia fascinante. ¿Qué lugares conociste durante ese año de travesía por el mundo?

Voy al Asia, un año. Empecé en China, terminé en la India, me fui por todo el camino de Marco Polo hasta el final de la muralla China, hacia el desierto de Kyrgyzstán, de Mongolia, donde empieza el altiplano tibetano y seguí bajando hacia el sur de China para agarrar Vietnam, Laos, Camboya,  Thailandia; todos estos sitios que hablaban de algo, de esa búsqueda. La razón del porqué el Watson me premia de esa manera es porque yo alego que deseaba irme para buscar la inspiración y llevarlo a una obra sinfónica que iba a traer a Venezuela. La verdad no sabía qué iba a escribir en ese momento. Y la obra que escribo en esa gira por el Asia me termina llevando a Nepal y emprendo un camino hacia el Everest, el campamento base, a casi seis mil metros de altura, en un recorrido de casi dos meses caminando por todos esos templos milenarios. Y de ahí sale una obra que se llama “Cinco discursos de paz”, obra que escribí durante mi recorrido. Una vez que terminó mi año de viaje, regreso a Nueva York, había una conferencia de toda la gente que se fue del Watson.

¿Tuviste algún tipo de conflicto interno al volver de ese viaje? 

En la libertad absoluta, ya entras a otro estado de conciencia. Es muy difícil ponerlo todo en una palabra. Yo creo que las ofrendas musicales son un reflejo del resultado de varios procesos que viví en ese año. Cuando termina ese año, ya tengo mi obra y regreso a Nueva York. Se suponía que regresaba a continuar mis estudios académicos, mi PhD. Llego de Nueva Delhi directo a reunirme con el presidente y cuando veo alrededor: una foto de Mozart, una foto de Beethoven, de Tchaikovski, unas partituras de Bach… Yo venía de las calles de Nueva Delhi, yo venía de sus sonidos, de sus colores, había cruzado la muralla China, de haber acampado tres noches en la muralla escuchando los sonidos mongoles de aquellas dimensiones, de haber materializado la arquitectura del amor del Taj Majal, de haber cruzado los desiertos de Pakistán, de haber entrado en las cuevas más grandes del mundo de Vietnam donde cabe el Empire State en alguna de esas cuevas y queda espacio. Las mil islas del archipiélago de Laos, donde están las estupas más sagradas de los budas. Luego de todo eso me encontraba de pronto en esa sala.

 

Imagino el shock por el contraste ¿Qué hiciste en ese momento?

Bueno, imagínate. Yo tenía dos maestros con quien quería trabajar. Uno era John Corigliano, del Juilliard, compositor muy reconocido en EEUU y Richard DanielPour en el Manhattan School of Music. Y mira qué curioso. John Corigliano cuando me vio llegar lo primero que me dijo fue: “continúa hacia donde el corazón te dice”. Por su parte, DanielPour  me dijo: “si no estudias ahora no vas a regresar más”, haciendo referencia al PhD. En fin que ese día ya no funcionaba, así que acepté una invitación a un concierto de Willie Colón, ahí en Nueva York. Estando en los camerinos, Willie dijo algo que me quedó grabado: “La salsa es un concepto, no un ritmo”. Con ese mensaje en mi mente voy a visitar la Estatua de Libertad, esa misma noche, porque era evidente que yo estaba en un conflicto, vivía un conflicto. Apenas acababa de llegar y estaba negando una oportunidad bastante importante, pero al mismo tiempo me estaba arriesgando a ser coherente con un cambio que iba a venir inevitablemente.

Antes de irme al Asia presenté una obra con la American Symphony que llamé “Manía”. En ese momento también pasé por una crisis porque, claro, era un año de viaje y representaba un cambio grande a la estructura actual que yo vivía entonces, en lo sentimental, profesional, tanto en lo académico, en lo filosófico; era irse de mochilero al Asia, en cierta manera. Antes había viajado mucho pero siempre dentro del plano académico o por algún intercambio. Por ejemplo, al África me fui tres meses para inspirarme en una obra que se llama “Amazónica”, sobre el calentamiento global.

Entonces, no regresé del Asia siendo el mismo que me fui. Así pues, decido irme unos meses a Filadelfia. Allí empiezo a escribir lo que se llamó mi siguiente obra: “Salsa en tiempos de guerra”. Una obra sinfónica; un concepto.

¿Cómo fue el recibimiento de “Salsa en tiempos de guerra”?

Cuando estoy en Filadelfia que empiezo a escribir “Salsa en tiempos de guerra” me llega la señal de que debo volver a Venezuela. Corría el año 2015. Me vengo al país después de casi once años sin vivir acá. Había venido, sí, pero de forma esporádica. El cambio fue algo complejo, pero la razón principal era poder terminar mi obra. Estrené en 2015 con la Orquesta Sinfónica de Barquisimeto, en plena época de guarimbas. Estuve por varios estados con un concierto que incluía: “Cinco discursos de paz”, “Salsa en tiempos de guerra” y “La leyenda del silbón”. Fue un concierto que llevé a distintas partes coincidiendo con todas estas manifestaciones.

Y cuando la gente iba a los conciertos, podía ver sus emociones, cómo ese concierto los hacia sentir, los hacia reflexionar. Entonces empecé a tomarlo como una señal de viaje; estaba en el lugar correcto: Venezuela. El propósito de esas obras se había logrado. “Salsa en tiempos de guerra” es una obra que está divida en movimientos que son pronombres: yo, tú, él, nosotros, ellos; la perspectiva de quien tiene la culpa, de donde se origina el conflicto, por lo que es un motivo que se disfraza detrás de cada pronombre pero al final está todo conectado.

Muchas personas pensaban que era un mensaje político, tanto en pro como en contra. La gente no sabía qué pensar. Algunos fueron con pancartas, algunas de críticas. Y al final del concierto, cuando terminaba “La leyenda del Silbón”, que es un mensaje sinfónico a nuestro folklore, la gente guardaba sus pancartas puesto que era inútil asociarlo con algún lineamiento político. Ahí es donde yo empiezo a hablar de “Sonidos del Sur”, que me llevaba a continuar ese viaje. Ahora ya estaba listo para otro año de búsqueda. Viajar lo puede hacer posible el dinero, pero no es indispensable, sino el propósito. Una vez que pierdes el propósito, así tengas el dinero, estás haciendo turismo.

Háblanos sobre la planificación de la gira “Sonidos del sur”. Entiendo que parte del recorrido contempló visitar puntos específicos de Suramérica con características energéticas. ¿Qué te hizo llegar a esos sitios?

Si me preguntaras si he encontrado lo que he buscado, esos sitios son la prueba de que se encontró algo en esa búsqueda. Imagínate qué hermoso una búsqueda que te despierte en el salar más grande y más alto del mundo, como lo es el salar de Uyuni, donde el cielo se refleja en el suelo cubierto de una capa de agua tan fina que es un espejo completo. Así que estás a cuatro mil metros de altura flotando en medio de las nubes, en una isla que se llama Incahuasi, en el altiplano boliviano, con unos cactus milenarios que son como un árbol de grande y un piano a la mitad del atardecer. 

Hay dos altiplanos en el mundo, está el altiplano tibetano, que había tenido oportunidad de conocer en mi viaje por el Asia y está el boliviano, en lo que llaman el alto Perú. Y en ambos altiplanos se han desarrollado culturas milenarias muy sofisticadas conectadas con una consciencia interna muy antigua y universal. En el caso del Tibet están los monjes que tienen prácticas de meditación y de sanación muy intensas y profundas, incorporando sonidos que permiten un entendimiento distinto del cuerpo y de la mente, materia y energía. En el alto boliviano hay culturas como las preincaicas, que dejaron templos como los de piedra que nadie se explica cómo con esa exactitud y con esa tecnología pudieron tallar esas rocas milenarias y gigantescas, culturas que estaban conectadas con la cosmovisión andina, menos asociadas con el sentido de la mente y más con otros sentidos.

Entonces, estando en Venezuela cuando se presenta la gira Sonidos del sur, que fue mi primer recorrido por Suramérica, tenía que dibujar el mapa y este tenia que tener, de una u otra forma, un propósito. Y este estaba definido por dos etapas, una fue como emprendedor venezolano cultural para aportar hacia todo lo que estamos viviendo, o sea cómo mi búsqueda y mi trabajo puede aportar ante la situación que estamos atravesando, la transformación que estamos viviendo. Y esa fue como compositor residente de la Orquesta Municipal Sinfónica de Caracas.

Aquí en Venezuela no existía la composición residente, la cual permite que cada orquesta goce de un compositor que escriba algo para que esa orquesta esté actualizada, para que esa orquesta también esté conectada con la sociedad y para que la misma atraiga públicos nuevos. La quinta o la novena sinfonía de Beethoven, así sea tocada por veinte orquestas al mismo tiempo, quizás no tiene tanta conectividad como de repente una obra que hable del apagón, por ejemplo. 

Entonces, el sistema de orquestas venezolano ha sido magnífico como una plataforma, pero son plataformas donde un lenguaje universal se aprende a hablar sin prejuicio. Para mí eso es brillante, es una mentalidad de avanzada, por eso aplaudo al maestro Abreu, yo fui su alumno. Él me llama en 2012 para pedirme que mis obras fueran estrenadas en Venezuela, por eso se estrena “Amazónica”, y por eso yo escribo “Cinco discursos de paz” estando en el Asia, por eso también escribo “La leyenda del Silbón” y “La leyenda del diablo de Carora”, obras que de una u otra forma desarrollan nuestra cultura.

La dinámica aquí en Venezuela es conocida. Ellos tienen sus orquestas, sus músicos, sus directores, hasta la gente que mueve las sillas, el atril, pero no un un compositor, imagínate tú eso. En la pirámide de las orquestas hay dos cargos que rotan: el director y el compositor, y esos dos cargos son importantes porque tienen energía para influenciar el mensaje que se transmite; el director estimular un mensaje ya preexistente, pero el compositor de crearlo. Y si este último no existe no estamos actualizándonos. Así pues, con la gira Sonidos del sur, conjuntamente con el maestro Rodolfo Saglimbeni, abrimos la primera composición residente del país.

¿Qué tenías en mente al solicitar esta residencia con la Municipal Sinfónica de Caracas?

Yo no los busqué a ellos para poder irme de viaje y obtener un financiamiento. A ellos prácticamente les dije: yo voy a hacer esto. Aquí tienen una forma para contribuir, esa es la primera plataforma para que esto se pueda replicar. Para mí el dinero es algo secundario cuando ya el propósito está claro. Y una de las formas que lo hice entender fue cuando estrené la obra “La leyenda del diablo de Carora”, mi madre es de Carora.

Documental: La leyenda del diablo de Carora

Después de “La leyenda del Silbón” y del éxito que tuvo a nivel nacional quise escribir la segunda obra del ciclo de leyendas venezolanas, organizando a toda Carora para que se comisionara esta obra y se hiciera un concierto macro para la ciudad; la primera obra de la leyenda de la ciudad. Esto se hizo en el 2016. Y logró hacerse la obra con la Orquesta Juvenil de Carora con un barítono como Gaspar Colón, muy reconocido aquí en Venezuela, para que estrenara el papel del diablo. Se organizó el teatro Alirio Díaz, fue un emprendimiento hermoso. De ese ejemplo, se crea la primera composición residente con la Orquesta Municipal, pero al mismo tiempo creando una distinta. Las grandes orquestas del mundo tienen sus compositores, la Filarmónica de Nueva York, la Filarmónica de Berlín, La Royal Symphony de Londres. Sus compositores se sientan en sus apartamentos a escribir, a trabajar con la orquesta, pero esto es una propuesta distinta del enfoque hacia la composición, hacia la parte de la creación. Esto es un viaje que inspira esa obra. Entonces es una propuesta sobre cómo percibir la música, los sonidos y el presentarlos en la era que vivimos. De ahí sale el concepto de ofrenda musical.

Concierto inaugural con la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas como compositor residente

Este concepto de ofrenda musical, propone e invita a los presentes a unirse y a la vez conectarse, casi como emprender un viaje contigo. En este sentido, ¿a quién tienes en mente como receptor de estas ofrendas?, ¿para quién lo haces?

Cada ofrenda es distinta. Por ejemplo, la que hicimos en el Planetario Humboldt fue una ofrenda musical al cosmos. Cada ofrenda, por más distinta que sean entre sí, es un acto de entrega y transmisión. La palabra “ofrenda” quizá juega con nuestra memoria asociativa y nos la hace bajo un aspecto de plegaria o súplica o inclusive un acto religioso, pero en este caso estamos hablando de el acto de dar, de entrega. ¿Y qué entregamos?, pues energía, emociones, sentimientos  despertados por un lenguaje universal y en un punto energético que estimula la música y la naturaleza. Ninguna ofrenda musical ha sido en un teatro, pues sería más como un concierto y el concepto variaría. Una ofrenda sucede en lugares como el tepuy Roraima o en un catamarán en la mitad del río Caroní con el Orinoco y un piano, con la frecuencia más baja y alta de rangos vibracionales por medio de ciertas composiciones que yo les llamo el “Meme cósmico”, que han sido inspiradas por todo este recorrido de viaje. Esas frecuencias hacen que los presentes, tanto los visibles como los invisibles, ofrenden emociones, sentimientos. Esa energía estimulada se ofrenda hacia los conceptos de cada una de las ofrendas. La pasada fue el cosmos, por nombrar una. Pero en la línea del Ecuador, en la mitad del mundo, fue una ofrenda a la madre tierra. En el Chimborazo, a casi cinco mil metros de altura, fue hacia el amor como fuerza transformadora.

Y para ti, ¿por qué es importante hacer estas ofrendas?

No estoy seguro de definirlo como importante. Quizás no lo puedo decir en palabras, pero han sido tan necesarias que he tenido que prácticamente darle dos vueltas al mundo, cruzar distintos lugares; he tenido que ver distintas realidades, conversar con distintos maestros, intercambiar energías con distintos seres, para llegar a llevar un piano y hacer una transmisión en conjunto con personas que de alguna u otra forma también llegan a esa realidad, de sus propias maneras, con sus propias interrogantes, con sus propias curiosidades, con sus propias búsquedas. Pero hay algo que nos hace llegar a ese punto. 

¿En qué momento podrías decir que terminó tu recorrido de ofrendas musicales, el cual has llamado “Sonidos del sur”?

Termina con el estreno mundial de la obra para la Orquesta Municipal de Caracas. La composición residente que se abre la cierra el finalizar el recorrido por los países de mi mapa, que han sido Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela. Un círculo energético que encierra también cierta historia entre nosotros. Yo, como artista, en una era donde esa historia nos tiene a veces tan aturdidos, cinco países bolivarianos, cinco culturas que en estos momentos se están entrelazando por las diatribas políticas, el éxodo que hay.

Como artista y compositor he querido recorrerlo para llevar ese mensaje. Suramérica para mí son tres grandes círculos de energía, está este que estoy recorriendo, vendrá Chile, Argentina, Paraguay y Uruguay, y está Argentina por sí solo.  Este primer círculo lo estoy haciendo como compositor residente de la Orquesta Municipal de Caracas, una vez termine esta gira retorno a Venezuela, le doy el manuscrito a la orquesta y a finales de año se estará haciendo un concierto para estrenar esta obra, tal como pasaba hace doscientos, trescientos años, pero de manera consciente de que esta es una obra que no sale de la mente que imagina, sino más bien de una imaginación que enfrenta las realidades.

Foto cortesía de https://www.venezuelasinfonica.com

¿Consideras que el planeta necesita de lo que haces o eres tú quien responde a una necesidad?

Yo creo que el planeta necesita el saber cómo hacerlo, cómo se hace esto que yo hago. El empoderamiento de que la imposibilidad la puedes volver posibilidad, no importa qué tan absurda a veces puede llegar a sonar. Un piano al Chimborazo, por lo menos, para algunos imposible, pero cuando logras cruzar esa frontera de imposibilidad todo cambia, el aporte que haces a la sociedad es inmenso. Hay personas que se paralizan simplemente con un sentimiento de imposibilidad. Imagínate cuando les muestras y les logras hacer vivir la experiencia de hacerlo posible. Eso lo necesita la humanidad.

– Algunos memes cósmicos de JAS –

Al momento de la realización de esta entrevista, José Agustín se encontraba en los preparativos para su siguiente destino, Colombia, dentro de su gira “Sonidos del sur”. Con su flauta melódica en mano el amarillo seguiremos los pasos de este viajero universal en su búsqueda constante. 

¡Éxitos, maestro!

 

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