Mi afecto hacia los cuentos, hacia los relatos, es desmedido. Veo en ellos, o intento descifrar en ellos, el difícil arte de escribir bien. Si en ese pequeño mundo que nos ofrecen están todos los elementos que conforman un universo imaginario que se ve a sí mismo como un todo, que no necesita de nada más para construirse, entonces ese cuento me atrapa y me hace aumentar mi respeto y admiración por el género, incluso, en reiterar lo difícil que puede llegar a ser un buen relator, un buen cuentista. Justo allí está inmersa Keila Vall de la Ville con su libro Enero es el mes más largo, siete relatos que, de la cotidianidad, saca todo el provecho posible de lo narrable (la mayor de las veces oculto para todos, pero diáfano para el autor). Dicho de otro modo, de lo que pudiera parecer trivial en sus historias (¿acaso lo es?), nos ofrece precisamente la mirada de una voz narrativa que sabe sacar provecho al detalle, por mínimo que parezca.

Las voces con las que crecimos

Las voces con las que crecimos

Quienes hacen las voces de muchos de esos personajes que hoy conocemos vinieron a Venezuela para compartir con el público que creció escuchándolos.

De lejos y de memoria

De lejos y de memoria

Te mostramos una breve reseña se Crónicas de la bondad, de Pia Sánchez. Una novela intimista y hermosa.

“Yo vine a enderezar problemas” es el primer relato del libro, que como señala la protagonista, Jaro: “yo vine fue a enderezar problemas. El mío, sobre todo, que son varios pero empieza con uno.” Una historia que, después de tanto deambular en los problemas de otros, es ella la que debe afrontar la realidad del suyo, de buscar a su amante e incluso pedirle perdón. 

“Toda esta vaina es un flash”, relato con música, cine y un paseo hacia un lugar emblemático de Caracas, por horroroso que pudiera parecer hoy día: Parque Central. Dice: “Trip Advisor: “”El parque del terror: cuando era niña amaba visitar el museo de los niños, ahora le temo.””.  Pudiera parecer cruel, pero es la realidad. Un texto que pone en entredicho el futuro, su existencia. Clea, Cael y Alberto son la Santísima Trinidad musical de este cuento que, junto a La Máquina (un particular instrumento musical), deja un mensaje sobre la vida y la muerte.

Luego viene el relato que le da título al libro, “Enero es el mes más largo”, en donde son tres los asuntos que Clemen, la protagonista, quiere tratar, y uno de ellos es sobre la música ideal para despechados, porque “una canción de ruptura no te dice que lo superarás, te dice que sufrirás para siempre.” Ella, que es tan precavida y metódica, patinó sobre la calzada helada y se fracturó una costilla. “Respiras suavemente, de incógnito, con levedad, para evitar el dolor.” Porque los accidentes pasan y jamás se sabe cuándo, así como los accidentes amorosos.

“El triángulo de las Bermudas o te voy a contar quien soy” nos lleva de paseo por las calles de Nueva York y Caracas, quién sabe sin con algunos ribetes autobiográficos, pero siempre bajo el tamiz de la ficción del relato. En estos tiempos de la conocida diáspora venezolana, dice Beatriz: “Cuando eres inmigrante no hay trabajo malo.” Una verdad que pesa como un yunque y que viene a ser reiterada por José y Eleazar con sus particulares trabajos. Queda claro que las cosas del destino no las controla nadie y que:  “Tú no decides un día cualquiera dedicarte a limpiar oficinas o coser almohaditas parelelepípedo en un estudio de yoga.” El pasado parece pesarle en el recuerdo a la protagonista y el mismo se le torna obstáculo para mirar hacia futuro y decirle a los demás quién es.

“Lighthouse”, un relato estremecedor que cuenta la muerte de una de las hermanitas peligro, Jac y Lau, repleto de alegorías a través de un faro en particular y la luz que de éste emana: “un punto de fuga rebelde que se devuelve como un mensaje punzante.” El escenario se da a las orillas del río Hudson, que junto al faro y a George Washington Bridge, terminan siendo los testigos mudos de lo sucedido. La occisa y el Festival anual de los faros tienen la misma edad: por un lado la muerte y del otro la celebración de otro año de vida. “Todo un detalle”, señala la triste hermana que aun permanece en el plano de los vivos, quien trata de reconstruir las últimas horas en vida de su familiar con una agendita y el celular que le pertenecía.

“Fin” es un cuento que va de la dificultad de escribir sobre los sueños. Y comienza con el rompimiento de una norma que se auto impuso la protagonista: “no contar sueños sobre cuentos o cuentos sobre sueños”. De por sí, tenerlos siempre ha sido extraño, misterioso, pero contarlos a veces es cuesta arriba, difícil. Andrea, escritora ella, amiga de la protagonista, da inicio a la historia con un sueño al estilo Kill Bill mezclado con Pulp Fiction, quien ilustra con detalles asombrosos su tautológica pesadilla. Un relato de capas oníricas, ¿pero quién sueña, la que narra el cuento o Andrea? ¿La protagonista se sueña Andrea? He allí el detalle a discernir.  

Y por último, “El comienzo de un mundo en San Javier”, en donde hay una misión por cumplir y una invitación a los páramos venezolanos, porque “invitar a una persona a algún lugar es en cierto modo tomar una decisión, es ya llevarla hasta allá donde sea que allá es”. Un relato lleno de imaginación no solo por el ejercicio narrativo de la autora, sino por la vida misma que lleva su protagonista; un cuento tipo road-movie que inicia en el Nuevo Circo de Caracas y que, como dice el texto, “no es una historia de extraterrestres sino el relato sobre la estancia de una mujer que se atreve a crear.” 

Con este brevísimo resumen de cada relato no pretendo encapsular las diversas interpretaciones que cada lector pueda hacerse por sí mismo. De hecho, la idea es que usted despierte su interés por este libro y entre en los diversos escenarios que la autora nos presenta desde la sencillez, degustar de un “aparato” profundamente estético. Se conseguirán con una prosa trabajada con el germen de lo literario. Keila Vall de La Ville sabe cómo lograrlo, los invito. 

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