Por Adlyz Caliman.

En cualquier conquista personal o laboral que nos lleve nuestro interés, debe haber una relación de amor propio, esfuerzo, determinación, y también de superación e inspiración.

Recuerdo cuando de niña, por allá por los finales de los 1980, mi papá nos llevaba, a mis hermanos y a mí, a los juegos de baloncesto en el estadio cubierto Belisario Aponte de Maracaibo a aupar al “quinteto musical”, como se le llamaba cariñosamente al equipo “Gaiteros del Zulia”, que vivía un brillante momento campeonil desde su fundación en 1983.

Aprendí a querer ese juego rápido y emocionante que podía cambiar el desenlace en cualquier momento. Poco a poco me conocí las reglas, y trataba de seguir las incidencias del juego con todo el profesionalismo que los diez, doce años, te permiten.

A veces me consumía la ansiedad cuando quedaban pocos segundos para terminar el partido, y aún había posibilidades de ganarlo con una cesta de tres, o con una de dos y dos tiros libres. Era liberador cuando terminaba, no importaba el resultado.

Durante todo el partido pasaban vendedores por las gradas con su cesta de chucherías, y parte del disfrute del partido era comer platanitos y cotufas, a veces una chupeta o un chocolate, y tomar refrescos y cervezas  –esto último cuando estuve lo suficientemente grande para hacerlo–.

Los bailes de las cheerleaders en los entretiempos no podían faltar,  y en ese momento yo me escabullía con mi cuaderno y mi lápiz, a pedir autógrafos a los sudorosos jugadores que estaban descansando en la banca antes de reanudar el partido. Si lograba escapar del ojo del entrenador, ellos gustosos me firmaban.

Pero una de las cosas que más me llamó la atención en esas temporadas que pasé observando los juegos, antes de que creciera y ya entonces le prestara más atención a la cerveza, fue que el jugador principal del equipo, el de mayor valía, el que anotaba más puntos y era capitán del equipo, era el más bajo de todos, apenas llegaba al metro setenta de estatura, que comparado con los otros jugadores, parecía un pigmeo.

Y me preguntaba: ¿cómo el jugador más pequeño, en un juego donde la altura es una ventaja, puede ser el mejor del equipo?

Por supuesto, ahora que estoy grande puedo entender que la grandeza se lleva en el interior, y que el trabajo duro, la práctica y la constancia, nos hacen crecer en todos nuestros ámbitos.

Pero veamos qué dice un profesional del baloncesto al respecto y para ello traigo a colación palabras de Kobe Bryant, fallecido en enero reciente:

Desde que aprendí a enrollar las medias de mi padre y hacía tiros imaginarios para ganar un partido, sabía que una cosa era real: me había enamorado del baloncesto. Un amor tan profundo al que le entregué todo, desde mi mente y mi cuerpo, hasta el alma y el espíritu. Hay noches en las que dudo de mí. Estoy inseguro. Tengo miedo al fracaso… Todos tenemos dudas, no hay que negarlo. Pero no capitulamos y seguimos adelante, es por ello que cualquiera que desee ser uno de los grandes, debe entender los sacrificios que vienen con eso y tratar de lidiar con eso, sino solo serás un jugador mediocre”.

Estas palabras de Bryant, son un reflejo de nuestro diario transitar por nuestras vidas, con sus defectos y sus posibilidades; con sus dudas y esperanzas; con sus inseguridades y sus logros.

Es la grandeza a la que debemos aspirar en todos nuestros actos diarios, por pequeños que sean: crear una mejor versión de nosotros mismos.

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