Por Nixon Piñango.

Cuando estaba en la primaria solía pasar las vacaciones de verano en un campamento de arte que organizaba el Museo Jacobo Borges, situado al oeste de la ciudad de Caracas. Me gustaba la experiencia, porque siempre me interesaron las artes plásticas (y creo que tenía talento para ellas). Sin embargo, no me gustaban las obras que se exponían en el museo; muchas eran realmente grotescas y a otras simplemente no les veía sentido. No me daba cuenta, pero estaba experimentando por primera vez el arte conceptual.

De alguna forma u otra, el arte siempre estuvo presente en mi vida, pero no fue sino hasta el liceo que volví experimentar con él de manera constante. Tenía un profesor de artística que se aplicaba bastante dando sus clases. Parecía ser un apasionado del arte de finales del siglo XIX, porque se afincaba más en él. Recuerdo que hacíamos prácticas impresionistas con la técnica del puntillismo y a veces cosas de cubismo, además de los ejercicios de perspectiva y composición.

Fue por ese tiempo, en los alrededores del año 2003, que comencé a cuestionarme cosas que veía en los textos históricos con los que nos enseñaban. Veía las imágenes y conforme iban siendo más modernas más me molestaban, como si mi instinto no estuviese preparado para ver tales cosas. «Pero bueno», pensaba yo, «si está en el libro, es porque debe estar bien». Me aplicaba a mí mismo esta especie de argumento ad vericundiam sin percatarme.

Lo cierto es que viví con incomodidad esa parte de las clases de arte, y cada vez que iba a museos o exposiciones (que en Caracas llegué a ver un montón), me sentía mal por pensar que esas cosas que veía eran horribles, sobre todo cuando gente seria —como el profesor— decía maravillas sobre éstas. Recuerdo en particular una escena en una exposición de arte conceptual que se hizo en el Celarg, no recuerdo exactamente el año, pero sí recuerdo que uno de los cuadros que vi era una especie de parodia de las serigrafías de Warhol hechas con tickets del Metro de Caracas.

Vaya que me sorprende lo fea que era esta obra y que, sin embargo, fuera considerada arte porque organizaban la exposición. En fin, yo hacía el ejercicio de remitirme a Duchamp, a casi cien años atrás desde ese momento, y me decía a mí mismo —me mentía— diciéndome que aquello era súper moderno, súper revolucionario. Ese fue el último encuentro que tuve con el arte conceptual antes de leer La civilización del espectáculo, un libro de ensayos escrito por Mario Vargas Llosa y publicado en 2012.

Ese libro fue un antes y un después en mi vida. Me confirmó eso que estaba sintiendo por dentro pero que no me atrevía a decir por miedo al rechazo: mucho arte contemporáneo es una estafa.

El arte de no tener talento

La civilización del espectáculo analiza y critica un montón de cosas de la cultura actual, entre ellas el arte contemporáneo, desprovisto —según el autor— de sentido estético, pues lo que busca es fundamentalmente la novedad y —en este caso—, si la novedad significa tomar un trozo de basura y colocarle un nombre pomposo, pues eso será lo que aparezca en los museos, las galerías y las ferias. Si vemos, por ejemplo, los videos que documentan las mayores exposiciones de arte del mundo, como las exposiciones del MoMA, la Bienal de Venecia o la feria Arco de Madrid, será este tipo de cosas las que más nos conseguiremos.

La vanguardia en el arte empezó a finales del siglo XIX y principios del XX, con el impresionismo, un movimiento que pretendía contar historias más reales a partir de la simplificación de las ideas dentro de las obras, a través de la plasmación de sentimientos puros o sentimientos en sí mismos, aunque eso significase destruir cánones estéticos. Esto se notaba, por ejemplo, en el uso del color: los impresionistas trataban de no mezclar tanto los colores para que estos hablaran por sí mismos. Así era como una obra dejaba de ser realista —dejaba de ser una representación— para convertirse en una impresión, una interpretación. Sin duda alguna, era el culmen de las artes plásticas, una ruptura definitiva con las formas clásicas.

Pero más que una revolución, el impresionismo fue una consecuencia natural. Por un lado significaba la degradación y el abandono del detalle, pero por otro lado se encontró directamente con la exploración de los sentimientos profundos y supuso una manera totalmente exegética de concebir la belleza, lo contrario a lo que se hacía antes.

Expresionismo: rompiendo con todo, incluso con la cordura

Seré tajante: los movimientos de vanguardia que denostaron de la búsqueda de la belleza como propósito no pueden ser considerados «arte», porque lo que hicieron justamente fue una crítica a ésta. Pero no nos equivoquemos. Ha habido artistas talentosos a lo largo del siglo XX, del siglo XXI y los habrá siempre. Por eso las críticas hacia el arte contemporáneo se deben matizar bastante. Aquí de lo que se trata es de cambiar el enfoque a la hora de juzgar. Si algo nos ha enseñado el expresionismo —el movimiento que surgió después del impresionismo— es que no podemos calificar en función de movimientos, de cantidad de páginas que se les dedican a éstos en la historia del arte o de la fama del artista. Hay que enfocarse en la obra.

El objetivo del arte expresionista era llevar la introspección a su punto máximo, algo que en el fondo era una licencia para el libertinaje. Ya no se trataba de hilar una obra a partir de un referente sino de actuar y ver qué salía. Esto originó movimientos como el cubismo, la abstracción o cosas realmente alocadas como el dadaísmo. El expresionismo fue marcado por la obra de Picasso, Kandinsky y Duchamp.

Más allá de lo que pueda pensar de los dos primeros, de los cuales hay obra que me gusta, el problema lo tengo con el último. Marcel Duchamp inició un movimiento caracterizado por la aleatoriedad que pregonaba que el arte debía poder ser creado por cualquier persona, tuviese ésta talento o no. Y es justamente sobre Duchamp —en su fuente, en su perchero, en su ready-made— donde está la génesis de la estafa que tienen montada los hampartistas y algunos galeristas.

Hoy por hoy se siguen viendo en las galerías obras que pretenden repetir esa idea de la crítica a todo lo establecido, como que si eso fuera novedosa cuando realmente es más vieja que la tos. Yo puedo entender que a Duchamp se le haya ocurrido esa cosa exótica de que arte podía ser cualquier cosa que tuviese la firma de alguien que dijera que lo era y que lo pudiera justificar, ¿pero seguir haciéndolo cien años después?

Hamparte: pagando mucho por nada

Aparte de Vargas Llosa y otros críticos de arte, como Avelina Lésper, una de las personas que más me ha abierto los ojos con respecto a este tema ha sido el artista sevillano Antonio García Villarán. Él fue el creador del término «hamparte», cuyo significado es perfecto para categorizar a todos estos estafadores, como Yoko Ono o Damien Hirst, que sin tener talento igual han logrado hacerse millonarias vendiendo sus obras.

Y es que los casos de precios absurdos que se pagan por estas obras simplonas y horribles hay como para tirar para el techo: está el famoso caso de la piedra de Yoko Ono, valorada en diecisiete mil quinientos dólares (sí, una piedra), que alguien se robó del Gardiner Museum; está el famoso vaso de agua medio lleno de Wilfredo Prieto, valorado en veinte mil euros; y el siempre recordado tiburón en formol de Damien Hirst, que se vendió por la bicoca de nueve millones de euros a un empresario americano. ¿Es en serio? ¿Nueve millones de euros? Yo pagaría esa cantidad —si la tuviera— por mi cuadro favorito: La joven de la perla de Vermeer, pero no por un tiburón en formol.

Resulta increíble cómo se ha configurado la gestión de privilegios públicos que van dirigidos al arte para que esas obras alcancen esos precios tan absurdos. De hecho, muchos hablan de una burbuja económica que estaría a punto de estallar en cualquier momento, porque la gente, o los millonarios —mejor dicho—, se están dando cuenta de que lo que están comprando no tiene valor alguno, sólo está alimentado artificialmente por los flashes de las cámaras y los artículos de periódico. El verdadero arte es aquel que regocija nuestros sentidos, el que nos emociona cuando lo vemos, y no el que nos dicen los galeristas que tenemos que valorar.

¿Bueno porque es famoso, porque es de mi nacionalidad o porque es más viejo que yo?

Recientemente recibí muchas críticas en redes sociales porque publiqué que no me agradaban las obras del fallecido Carlos Cruz-Diez. Considero que su trabajo es repetitivo y fundamentalmente decorativo, como lo puede ser cualquier obra de artesanía hecha en serie; no me emociona porque no me cuenta nada ni creo que su objetivo sea hacerlo. La propia intención de Cruz-Diez con sus obras era jugar con elementos básicos como el color puro y la superposición de líneas para generar una serie de efectos visuales, no sentimientos, no historias. Recordemos que él formaba parte del movimiento del arte cinético, que era una consecuencia de ese movimiento expresionista del que ya he hablado anteriormente y que yo suelo comparar con el movimiento serialista en la música académica.

A pesar de este argumento, la reacción negativa de la gente no se hizo esperar. Aunque yo en el fondo estaba preparado, porque siento que con respecto a Carlos Cruz-Diez juega más un tema de reconocimiento y de orgullo nacional que otras cosas. Y lo deduzco así pues la gran mayoría de los venezolanos (que me criticaron) no tienen ni idea de cuáles han sido las obras de este artista más allá de lo que se ha hecho mainstream, o sea, más allá del piso del Aeropuerto Internacional de Maiquetía.

Sólo dos de las decenas de personas que me rebatieron lo hicieron con argumentos (basados igualmente en el gusto y en los manifiestos del cinetismo, que son la propia opinión que tiene el autor sobre su obra). Todos lo demás fueron comentarios tipo: «Él era un gran artista», «él era reconocido», «él está en las páginas de los libros», etc., que son comentarios que de hecho no desmienten o justifican lo que digo; simplemente son comentarios de más, sin ningún aporte significativo que no sea las ganas de opinar que tiene alguien. Pero bueno, para eso están las redes sociales…

Cabe aclarar que yo no me considero un hater de Cruz-Diez, en primer lugar porque no lo conocía personalmente, y en segundo lugar porque no gano nada con eso. Podría decir que hasta me gusta una sola obra suya: el espacio de cromosaturación que hizo para la exposición Dynamo (2013), en París. Era una obra que utilizaba el concepto de la performance participativa en la que el espectador proyectaba su sombra mientras caminaba por las diferentes secciones en las que estaba dividida la obra. Pero igual no me parece que sea una genialidad; era una simple pared blanca sobre la cual rebotaba un reflector colorido más una intención bonita detrás.

Un poco de cinismo no está mal de vez en cuando

En Venezuela hay grandes referencias del arte, que más que autores, son obras. La obra que a mí más me gusta de un pintor venezolano es Los tres comisarios de Héctor Poleo; no es la cosa más magistral que se haya hecho en cuanto a composición se refiere, pero tiene el poder de transmitir mucho misterio a pesar de sus colores tranquilos. Otra obra que me gusta bastante es Mi delirio sobre el Chimborazo, de Tito Salas, que mezcla el nacionalismo con lo místico; un uso bastante atractivo de la oscuridad.

Pero no podemos juzgar una obra venezolana por el simple hecho de que haya nacido en Venezuela, eso podría justificar cualquier tontería como aquellos murales de Hugo Chávez en la parroquia 23 de Enero, o como las esculturas de alambre de Reverón, que son francamente deprimentes. Es chovinismo puro e implica además que la gente tenga una valoración errónea —y hasta peligrosa— de las cosas.

Siento que para valorar el arte hace falta ser un poco más realista con respecto a lo que se ve, además de conocer y comparar, no sólo ponerse frente a un cuadro blanco o a una escultura hecha con rayas de colores y dejarse convencer por los cuadritos de texto que se les ponen debajo o por lo que dicen una serie de libros cuya información no ha sido actualizada en décadas.