Rosa Montero un día camina por las calles de Nueva York con su esposo Pablo Lizcano. Caminan desconociendo el futuro que les depara: Esa es la vida a punto de picarse por la mitad, como escribe la autora en su novela “La ridícula idea de no volver a verte”.

Rosa cuenta que llega a sus manos el manuscrito del diario de la científica Marie Curie, puesto que ella, Rosa, sería la candidata perfecta para escribir un prólogo que anteceda la lectura del diario de la francesa. Su editora ha de haber agregado algo como: “La historia de Curie y tu historia resuenan, Rosa”, y le habrá entregado un manuscrito pequeño, de unas 28 páginas, en una bolsa de papel.

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Pierre Curie, el científico francés, salió un día de casa y fue arrollado por una carreta. Falleció al instante. Marie Curie, la primera mujer galardonada con el Nobel, también madre, esposa y, de a ratos, escritora, escribió un recuento de aquellos días cuando intimó con la muerte de su esposo. Aquel recuento se convirtió en un diario de 28 páginas.

Pablo Lizcano, el periodista español, falleció en el 2009 por cáncer. Rosa Montero no se permitió escribir del asunto hasta que recibió el diario de Curie. Este diario fue, sin duda, el germen que impulsó la elaboración de “La ridícula idea de no volver a verte”, donde Rosa lleva al lector por un viaje en la vida de Marie Curie para contrastarla con la suya.

Es una versión que no se enseña en el colegio de mujeres emblemáticas, pues los logros que las enaltecieron pasan a un segundo plano de la historia y las conocemos desde su intimidad: Rosa nos habla de la sexualidad, el amor, la muerte, el empoderamiento, las fallas sociales y las expectativas para intentar construir una forma de vivir plena, quizá la suya.

Pero ¿cómo logra la escritora madrileña proponerle al lector esta forma de vida a través de un tema tan distante como la muerte?

Intimando.

 

“El arte en general, y la literatura en particular, son armas poderosas contra el Mal y el Dolor. Las novelas no los vencen (son invencibles), pero nos consuelan del espanto”.

Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte

Marie Curie con su esposo Pierre Curie.

Escribir significa incomodarse. Requiere, desde la perspectiva del escritor, ahondar en todo aquello que lo mueve a escribir y quedarse en silencio para escuchar los ruidos. Pero profundizar en estos espacios no es una labor sencilla. Corremos el riesgo de identificar emociones, temas y duelos que desconocíamos antes y, al exponerlos, les decimos que ya existen. Montero reconoce que, mientras más cerca nos encontramos de estos espacios, menos estamos dispuestos a explorarlos.

Esto no es exclusivo a la literatura. ¿Cuántas vidas humanas recorren el mundo con pesas atadas al pasado, al contexto, a su historia? Las llevan, como las latas en los carros de los recién casados: El piloto no las ve, pero las escucha.

Aquí, el escritor se diferencia del resto. Se debe permitir abrirles espacio a estas ataduras y dejar que duelan, que pesen. Las debe sentir a tal punto que se permita escribir de ello. El escritor debe intimar con su historia porque, en parte, escribir es estar a solas en la intimidad.

El universo basto de la mente es capaz de imaginar finales alternativos para toda la experiencia vivencial. El escribir consiste en elegir uno de esos finales y utilizarlo como germen para escribir una historia.

Una vez habita el espacio de lo íntimo, se empieza a tejer una historia que habita en la mente del escritor. Para tejerla, no se necesita realizar un recuento exacto de los hechos: Bien se puede contar la historia de cómo un día amanecimos convertidos en un bicho para explorar la relación parental. El universo basto de la mente es capaz de imaginar finales alternativos para toda la experiencia vivencial. El escribir consiste en elegir uno de esos finales y utilizarlo como germen para escribir una historia.

Una vez habita el espacio de lo íntimo, se empieza a tejer una historia que habita en la mente del escritor. Para tejerla, no se necesita realizar un recuento exacto de los hechos: Bien se puede contar la historia de cómo un día amanecimos convertidos en un bicho para explorar la relación parental. El universo basto de la mente es capaz de imaginar finales alternativos para toda la experiencia vivencial. El escribir consiste en elegir uno de esos finales y utilizarlo como germen para escribir una historia.

Montero le deja al escritor que habita los nuevos realismos del mundo un reto: Aquel de encontrar el germen de sus historias en otras ya contadas, pero que intimiden con su vida propia.

 

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