Por Mario Morenza.

Aquel martes de paro nacional de universidades, decidí pasar mi mañana en la Biblioteca Nacional ya que necesitaba investigar algunos datos sobre el escritor venezolano Pedro César Dominici.

Pensé que en la cima del top ten de situaciones fuera de lugar que atestiguaría ese día se ubicaba la cesta de frutas —en realidad solo contenía un racimo de cambures y dos piñas estropeadas— en medio de otras dos cestas que exhibían de la forma más bachaquera y bachacana posible los productos clap en el hall de la biblioteca. Nunca me enteré ni hice el menor esfuerzo por saber de qué iba la exposición. Yo, simplemente, me dirigí a la sala de microfilm e ignoré la instalación, esa naturaleza muerta proselitista.

El regreso a casa transcurrió, a diferencia de la ida, en paz. En paz hasta la estación Plaza Venezuela.

Cuando descendí las escaleras mecánicas fosilizadas desde hace un buen tiempo, me ubiqué en uno de los extremos del andén. Hacia estos puntos, el andén se estrecha. Por lo que las probabilidades de entrar a un vagón se incrementan si tienes la fortuna de llegar hasta estos espacios, al contrario de los del medio, donde se acumula un mayor número de pasajeros. En el pasado, y escribo pasado como quien recuerda algo ocurrido en la más remota época, reiteradamente se escuchaba a través de los parlantes las sugerencias con respecto a que los «adultos mayores», «mujeres embarazadas» o usuarios «con movilidad reducida» debían desplazarse hacia cualquiera de las dos puntas del tren, pues estos eran llamados los «Vagones de la Dignidad», provistos de asientos destinados a usuarios con estas condiciones. Quizá ya no existe tal privilegio. Quizá ya nadie presta atención a esas instrucciones atiborradas de eufemismos. Históricamente he elegido estos vagones porque sus pasajeros regulares suelen ser menos agresivos. ¡Es gente mayor!, y, por lo tanto, más educada, cuidadosa, amable y madura que el resto. Aunque hay casos de casos.

Si no eres un viajero frecuente de este transporte, quizá te deba una aclaratoria. Por cada tren que llega a ese andén de la Línea 3 ya han pasado, haciendo cálculos, al menos unos cuatro o cinco trenes de la Línea 2, donde los trenes fluyen con mayor frecuencia. Los pasajeros abandonan sus vagones en Plaza Venezuela, algunos suben a la calle y atraviesan el bulevar de Sabana Grande, otros se desvían hacia la transferencia de Zona Rental y una buena parte se encamina hacia La Línea 3, que conecta con varios puntos del sur de la ciudad y, al final de su trayecto, se enlaza con el ferrocarril de Los Valles del Tuy.

El primer tren no se demoró en llegar. Cuando desembarcó a los pasajeros en el andén contrario, sabía que las posibilidades de abordarlo eran iguales a cero. El vagón justo frente a mí estaba a oscuras, inhabilitado. Pese a esto, muchos pasajeros mantenían la esperanza, pues ignoraban cómo es la dinámica del tren y sus recorridos.

El tren se encarriló hacia el túnel de su tramo y un par de minutos después reapareció de nuestro lado. Al contrario de lo que muchos piensan, el tren no da la vuelta cuando se pierde por el túnel para regresar y recoger a los usuarios de este lado. Simplemente avanza lo suficiente, se sumerge en la polvorienta y húmeda oquedad, el operador cambia la polaridad de su magnetismo y el motor eléctrico gira a la inversa. Por lo que el vagón que en ese momento era la cola pasa a ser la cabeza de este tren alternadamente bicéfalo.

Entre los ciudadanos más cercanos se encontraban tres atemporales estudiantes de ¿Derecho? Discutían y repasaban los casos usuales en los que cualquier individuo podía ser apresado por estafar al Estado ya que una nueva ley, desconozco cuál, había sido o estaba en proceso de aprobarse, que sabiendo cómo son las cosas con el régimen, este detalle venía a ser más o menos lo mismo. Hablaban como si quisieran hacerle saber a todos lo empapados que estaban en asuntos tributarios. Nadie sabía más de ese tema que ellos. Era como la final de un campeonato mundial de acrobacias leguleyas. Un señor de unos sesenta años, con la voz rasposa y una desproporcionada barriga cervecera, hacía lo que le daba la gana con la Historia. Lanzaba y lanzaba datos con la firmeza de un profeta y le describía a su interlocutora, que solo se limitaba a asentir cualquier cosa que decía: «Todos nosotros somos pobres, por mucho que estudies, por mucho que trabajes, siempre seguirás siendo pobre», «todos los que estamos aquí tenemos las manos manchadas de sangre, nuestros ancestros europeos asesinaron a cuatrocientos cincuenta millones de indígenas para quedarnos [sic] con sus Tierras», «vendrán tres trenes antes de que nos podamos montar en uno, ayer fue la misma película, este Gobierno nos quiere matar con la espera. Así lo hacían los Nazi con los judíos. Qué casualidad que justamente los vagones de la dignidad sean los que no funcionan. Quieren que nos desesperemos, que cuando al fin nos montemos, nos falte el aire y nos desmayemos en el mejor de los casos, o nos suba la tensión que nos haga estallar el cerebro».

El tren se detuvo frente a nosotros.

Confirmé las palabras del profeta, las cuales disiparon la atención de los estudiantes tributarios, próximos fiscales de la república, próximos matraqueadores. El interior del vagón era un horizonte de sucesos de pastosa oscuridad. Un agujero negro de densas telarañas, como si a esos espacios no hubiera entrado nadie en millones de años. En las ventanas acertábamos a ver nuestros reflejos disipados, el de los estudiantes tributarios, que ya habían agotado toda su cháchara; el del profeta subterráneo y su discípula silente, el reflejo de la viejecita que estaba frente a mí y transgredía la raya amarilla, «el límite de su seguridad», como se escucha a veces a través de los parlantes, y no podía faltar mi reflejo, allí dentro, en esa nebulosa sin tiempo ni espacio.

Apenas el tren arrancó, el profeta reanudó sus disparates: «Lo que nadie aquí sabe es que el mundo va a arder en llamas como Australia. Los polos de la Tierra se están invirtiendo, por esa razón ya se derritió la Antártida, y quedaron al descubierto otras pirámides, más grandes que las de Yissel…».

Veinte minutos más tarde, sentimos los vientos que anunciaban la llegada del siguiente tren. Para aquel momento, el profeta subterráneo se había cansado de promover sus augurios y se mantuvo tan callado como su compañera, quizá ambos asimilaban la congestionada verdad de sus palabras. Sobre todo lo último que había dicho: «La Luna que vemos, esa que está allí arriba y vemos todos los días, no es una Luna, en realidad es un artefacto artificial construido por una civilización antigua para regular las mareas. Ellos viven allí. Por eso los americanos no han regresado a la Luna. Se lo prohibieron». Callaba un rato y apenas abría la boca no detenía su mazacote historiográfico-teológico-conspiranoico: «Todas las religiones que se profesan en América son importadas. ¿Por qué crees que los aztecas huyeron hacia otra dimensión? Simplemente desaparecieron de un día para otro. ¿Cómo se explica eso si eran millones? Y hasta ahora no se ha conseguido ni un solo hueso de un azteca. ¡Ni uno!», o lanzar al aire sus predicciones: «Cuando estalle la iv Guerra Mundial el planeta entero quedará como Chernobyl, y tendremos que refugiarnos en las estaciones del Metro. Por eso no hay que arrojar basura a los rieles. El día de mañana este será nuestro único hogar».

Yo, mientras tanto, me había entretenido con Suicidios ejemplares. Empecé a leer «Las noches del Iris Negro», uno de mis relatos predilectos de Enrique Vila-Matas. Sin embargo, había interrumpido mi lectura para escuchar a la viejecita que transgredía la raya amarilla.

Al principio, temí por ella. Estaba a pocos centímetros de caer en los rieles. La gente suele volverse loca y empuja más de la cuenta. Le dije, «¡mucho cuidado, señora!» y mi advertencia fue suficiente para que me contara su travesía, no del día, sino buena parte de la travesía que ha sido su vida.

La viejecita es de Yare y es paciente renal. Debe realizarse diálisis al menos tres veces por semana. Ese día, además de ir al médico, donde le informaron que esa mañana no la podían atender, estuvo en el banco, donde a su vez le habían dicho, para colmo de males, que era imposible retirar más de cien mil bolívares en efectivo por taquilla. No obstante, la señora, ya acostumbrada a la fatigosa rutina, había desarrollado un talento especial para estar tres pasos adelante de la burocracia y, por mi advertencia, tres pasos atrás del precipicio del andén. El cajero automático, me dijo, le suministró treinta mil bolívares adicionales. Pero a todas estas, ¿para qué?, se preguntó, si el pasaje desde la estación del Ferro a Yare me cuesta diez mil. Al menos son veinte mil que gasto cada vez que salgo. Mi hijo, que está en Ecuador, me manda plata, pero a mí eso de las tarjetas de débito no me da buena espina. Los coñodesumadres esos te dicen que no pasó la tarjeta y cuando vienes a ver tienes sesenta mil bolívares menos en la cuenta.  

El primer vagón de aquel segundo tren que se estacionaba no estaba disponible. A su manera, algunos celebraron. Ya que no se imaginaron que también iba a estar totalmente a oscuras el último vagón, que sería el que encabezaría el regreso del tren. «Ya tengo una hora aquí», dijo otra señora que se acercó luego de la estampida de pasajeros, ¿o mejor ya llamarnos andenistas?

«Se los dije», ayer fue igual. Falta un tren», dijo el profeta subterráneo.

El siguiente tren, el tercero, corroboró su predicción. Se trata de un tren que originalmente fue trasladado de la Línea de Los Teques para circular en la diezmada Línea 3, que cuenta con solo cuatro cacharros de estos.

La viejecita de Yare dijo, «es que me indigna, que todo este gentío, más de cuatrocientas personas, no podamos ir allá arriba, donde están los jefes del Metro, y formar un peo. Seguro se burlan de nosotros, porque ellos nos observan desde sus cámaras. Fíjate, allá hay una enfocándonos, seguro se están burlando de nosotros. Tenemos que formar peo. Ayer estuve en una protesta con cientos de enfermos renales. Y aquí estoy. A la gente le gusta vivir en la mierda. Nadamos en la mierda. Debe ser porque este es un gobierno de mierda. ¿Has visitado la estación del Metro de Capitolio?», «sí», dije, «de allá vengo»; «bueno, esa está al lado de Miraflores, ¿acaso no le llega el olor a mierda a Maduro? Todo comienza desde la casa. Yo seré pobre como dice ese loco profeta, pero ando aseada y no he matado a ningún indio, de hecho, estuve casada con uno. Ahora las madres ponen a mear y cagar a sus hijos en el Metro. Vamos a formar peo, pero quiénes vamos a ir, ¿tú y yo?, nadie hace ni dice nada».

En eso interviene una chica que llevaba un niño en brazos. «Hay que llegar a Miraflores», agrega. Me giro para verla y pregunto con fingida incredulidad, «¿pero cómo?». «Bueno, llegando», responde. «¿Quieren o no quieren salir de Maduro…? Yo a Chávez lo respetaba, pero esto es otra cosa…», añade.

Todo quedó en una protesta metafísica. Finalmente, la viejecita de Yare partió con la chica del niño en brazos en el tercer tren. «Ya me siento débil» le escuché exhalar antes de perderse entre los pasajeros.

Hora y media después de descender las escaleras mecánicas fosilizadas logré entrar a un vagón. Era el cuarto tren. La gente se extrañó cuando comprobó que el aire acondicionado funcionaba perfectamente.

Pero ese no fue, para nada, el fin de la espera, la espera de los andenistas. El tren permaneció estacionado un cuarto de hora más hasta que llegaron, a toda carrera, una pareja de operadores a resolver no sé cuál asunto.

El último pasajero en entrar fue un vendedor de barriletes, golosina producida con cuestionables métodos higiénicos. Las puertas mordieron una tira del bolso tricolor que distribuye el gobierno y que contenía toda su mercancía. El vendedor estuvo atrapado hasta la siguiente estación, pero la inmovilidad momentánea no le impidió infomar a sus compañeros de viaje su oferta para aquel día.

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