Por Yasmin Velasco

Seudónimo: La periodista

La migración me enseñó que no solamente puedo ser periodista, puedo ser todo lo que yo quiera. Tres años han pasado desde que decidí junto a mi familia salir del país con mis maletas más cargadas de sueños que de ropa. No es fácil meter una vida entera en ellas y mucho menos saber o planificar lo que ocurrirá en los próximos minutos, días o meses.

Me sumergí en un carrusel de emociones sin saberlo y aprendí a la fuerza a vivir “aquí y ahora”, todo por alcanzar “el sueño suramericano”. Cuando uno toma la decisión de migrar uno cree que es como un viaje, vives en una burbuja de cristal, de fantasía y estás convencida de que si comienzas de inmediato a meter tu hoja de vida en varias empresas, todo se te va a solucionar, pero no es así, los golpes van llegando poco a poco hasta lograr minar tu fortaleza, esperanzas y credibilidad.

Hay que estar alerta. El 2016 fue el año escogido para migrar, el destino: Panamá. Todo estaba listo: boletos, maletas y sueños, para desafiar la crisis económica que me comenzaba a golpear fuerte y que yo acostumbraba a contar a través de las historias de las familias más humildes en Caracas.

En Panamá, después de tantos “no nos llames, nosotros te llamamos” y de creer que lo único que sabía hacer en mi vida era ser periodista, caí en una fuerte depresión, sentí que me iba a morir. Decidí regresar a Venezuela rompiendo los sueños de mis hijos y los míos.

En Caracas, tratamos durante siete meses  reconstruir los pedazos que la migración dejó, pero no pudimos, por eso decidimos probar nuevamente suerte en el extranjero. Esta vez, Colombia. Aquí llegó solo una parte de mi familia. Uno de mis cuatro hijos se negó rotundamente a comenzar nuevamente de cero, quedó al cuidado de una tía y lo que una vez fue mi familia en Caracas hoy es “mi mamá y mi hermano en España, mi otra hermana, su esposo y mis tres sobrinas en Argentina”.

Hace poco me enviaron una foto por WhatsApp que nos une en esta incomprensible distancia. Respondí: ”Son todas unas princesas, ojalaá algún día pueda conocerlas”. En Bogotá, la vida es cara y difícil, el frío contrasta con la calidez de su gente, aun así para sobrevivir junto a mi familia, tuve que vender tintos (cafés). Aprendí que un termo de 1,9 litros con 13 vasos de 5,5 onzas  vendidos a 700 pesos arroja 9.100 pesos, que debes repartir entre comer y pagar el arriendo, así que caminar hasta romper los zapatos fue tarea diaria. Esta experiencia de vida interesó a una actriz venezolana también migrante, quien me motivó a hacer una puesta en escena  y  “dramatizar mi vida, experiencias, pasiones, dolores, lágrimas y sueños” en un monólogo de 15 minutos que no está alejado ni un milímetro de mi realidad.

Descubrí un don que cambió mi vida y la de mi familia para siempre y comprendí que el problema no está en si soy periodista o tintera, el problema está en el ser humano. Entendí que uno llega hasta donde uno quiere llegar y se puede ser todo lo que uno quiera. Si hoy día me preguntan a qué le tengo miedo, respondo: le tengo miedo es a quedarme paralizada, a no decir todo lo que viven y sienten todos aquellos que como yo nos hemos visto obligados a cruzar las fronteras para buscar un mejor futuro para nuestros hijos. Pero también debo decir que cruzar las fronteras sí te cambia la vida pero también unos problemas por otros.