Por Bisleybi Amaya.

Mi mamá es una mujer muy coqueta y dice que todas las noches tiene que dormir usando una pijama bonita, porque lo que todos los venezolanos anhelan, sucederá en una madrugada mientras el país duerma y sueñe en silencio. Todos los teléfonos timbrarán al unísono, las luces irán despertando en secuencia en las ventanas y balcones, mientras todos comienzan a salir a las calles entre risa y llanto en partes iguales.

Si su predicción es cierta (y yo le creo), entonces muchos como yo estaremos en otro huso horario, al otro lado del mundo, víctimas de un exilio forzoso; así que lo mejor será tener todos los días nuestra bandera en la cartera porque en ese momento los ciudadanos de todos los países que nos han abierto sus puertas, verán mareas de amarillo, azul y rojo ondeándose en sus calles al ritmo del “Alma llanera”.

Algunos tal vez corran a sus casas a empacar y reservar de inmediato el ticket de regreso, mientras otros intentarán sin éxito explicarles a sus hijos pequeños por qué los abrazan tan fuerte ante la ingenua pregunta: “Papi, mami, ¿por qué lloran?”.

En el futuro esos hijos del exilio junto a todos los hijos de Venezuela, aprenderán en las escuelas porqué papi y mami lloraban aquella madrugada del 2019.

Lloraban porque ya no los llamarían más extranjeros, porque sus hijos acamparían en las playas del Mar Caribe sin miedo, porque regalarían toda la ropa de invierno y solo dejarían un par de chaquetas y bufandas para subir al Pico Espejo en Mérida, porque verían a la abuela en persona los domingos sin Skype, porque en los grupos de WhatsApp todos los teléfonos volverían a comenzar por +58, porque los niños de su país volverían a creer en El Niño Jesús en Navidad, porque los souvenirs para los familiares y amigos al salir de viaje volverían a ser imanes para la nevera y no comida, desodorante o cajitas de pastillas.

Papi y mami cerraron los ojos entre lágrimas y vieron un país donde se incorporaba de nuevo la palabra “elegir” en el diccionario, donde se respetaba nuevamente al uniformado de verde que juró defendernos del enemigo sin volver a dispararnos, donde recibían sin miedo a todos esos amigos que hicieron por el mundo y les mostraban las bellezas de las que tanto les hablaron, donde la esperanza ya no era utopía, donde entraban a farmacias con medicinas, a supermercados con comida y donde la basura ya no era el alimento de un hermano, donde finalmente la inflación eliminaba los siete dígitos de hambre y miseria.

Papi y mami abrieron de nuevo sus ojos y soñaron despiertos, pero esta vez con la certeza de poder hacer realidad sus sueños y no sólo soñar como escapatoria mental de supervivencia emocional.

Entonces SÍ, sí estoy de acuerdo con mi mamá. Si estuviera en mi querida Venezuela o en cualquier parte del continente americano por estos días, yo dormiría con mi pijama bonita porque la foto que tomaremos ese día en las calles del mundo, adornará la sala de cada hogar venezolano por unas cuantas generaciones, y como dice el dicho popular: “¡Hay que estar bonito pa’ la foto!”.

IG de Bibi: @bibi.amaya

 

(La pijama bonita es un relato escrito por la actriz y poeta venezolana Bisleybi Amaya; Bibi, para sus amigos. Este cuento se hizo viral a inicios de 2019 y hay razones para ello. The Wynwood Times es el primer medio en publicarlo formalmente)