Por Elizabeth Baralt.

Venezuela es un recuerdo que voy dibujando, recreando, a medida que pasan los días.

Venezuela es una imagen que se instaló en mí cuando partí de allá hace 16 años.

Venezuela desde Venezuela es diferente a la Venezuela desde el exterior.

Esa Venezuela desde Venezuela es la infancia cargada de paseos a la playa; son los helados al salir de la escuela; disfraces en carnavales y niño Jesús en Navidades. Venezuela desde Venezuela es una sucesión de imágenes, la mayoría bellas, llenas de entusiasmo… en ellas recorro sin miedo y libremente sus ciudades, su cordillera andina, sus playas… Venezuela desde Venezuela es la periodista tecleando en las salas de redacción, entrevistando sin censura, apasionada por la verdad y la buena prosa. Y son los días de rodajes, de secuencias de películas y equipos de cine. Venezuela desde Venezuela son olores, sabores, sensaciones. Es la imagen del hogar con mis padres y también la del inicio de mi propio hogar.

¿Cómo pensar en el país donde nací y viví la mayor parte de mi vida sin plasmar mis emociones?

Venezuela me encontró. Me recibió desde el vientre de mi madre. Venezuela desde Venezuela estaba ahí esperándome, tal como mis padres la habían diseñado para mí en su pequeño mundo.

Ellos la diseñaron para mí en un hogar apacible y una escuela primaria donde mi infancia transcurrió feliz. La diseñaron en una institución de bachillerato donde aprendí a verme como mujer; el primer beso, el primer roce sensual. Donde me contagié de los bailes de moda y la rebeldía de aquella juventud de los 70’s. Las primeras minifaldas, los primeros jeans, los primeros amigos con cabello largo, la tentación de la marihuana, el desparpajo y la protesta callejera. Me las arreglaba para librarme de la rigidez de mi madre… Quería trazar mi propio destino. Y aquella Venezuela desde Venezuela me lo permitía.

Mis padres también me proyectaron esa Venezuela en una gloriosa universidad llena de eventos, cuyos pasillos y salones caminaba casi a ciegas de tanto transitar por ellos.

Pero, muy pronto, yo misma fui diseñando mi propia Venezuela desde Venezuela…Comencé a delinear la Venezuela que quería para mí. La esbocé con mis lecturas, con mis escritos; las barras en los bares, las diatribas, el periodismo, los festivales de cine, la producción de películas, la vida en pareja, la música, las tertulias, el buen vino y los amigos talentosos. También la diseñé con mis dos hijos. Venezuela desde Venezuela me dejaba mirar hacia adelante sin titubeos.

Esa Venezuela me pertenecía completamente. Porque ella me lo permitía, me autorizaba, les daba rienda suelta a mis sueños. Mi creatividad y la capacidad de concretar lo que pensaba se desataron, hacían de las suyas. Venezuela desde Venezuela era un terreno fértil que se abría ante mí. La gocé intensamente.

Hasta que llegaron los tiempos de distorsiones en la estructura del país. En aquel proceso electoral de 1998, no solamente hubo un cambio para Venezuela sino uno muy grande en mi vida. Mi hijo, mi primer hijo, partió. Se fue. Unos dicen que murió, yo digo que transcendió hacia otros planos desconocidos para nosotros.

No me es posible desligar de mi propio dolor a ese año 98, cuando el famoso comandante ganó las elecciones presidenciales. Viví los primeros tiempos de la mutación nacional envuelta en mi propio duelo y observando los síntomas de una patria que comenzaba a vislumbrase como moribunda… para usar la misma palabra que el comandante usó refiriéndose a la constitución venezolana al juramentarse como presidente. Moribunda… palabra premonitoria.

Viví mi duelo y, también, comencé a ver duelo a mi alrededor. Comencé a ver la separación no solo física sino espiritual entre muchos. Seres que se querían se separaban por diferencias políticas. Lo viví en carne propia. Uno de mis mejores amigos desde mi adolescencia, entró a las filas del nuevo movimiento que se apoderaba de Venezuela, y comenzó a manifestar animadversión hacia mí. Dejó de frecuentarme y de compartir conmigo su belleza interior, sus lecturas, su interés por la comida sana, sus amores, sus secretos; dejó de compartir su alma. Y nos separamos como si ya viviéramos en dos países diferentes.

Mi esposo y yo decidimos buscar nuevos rumbos en el afán por reconstruir no solo la economía del hogar sino también a nosotros mismos y el futuro de nuestro hijo menor. Entre los dos también existían diferencias de criterios con relación a esa Venezuela desde Venezuela. Una plaga nacional que no pudo ganarle a nuestro amor.

En el avión donde subimos un día de abril del 2003, comencé a ver una Venezuela diferente. Era la Venezuela desde el exterior. Y es que también me miraba a mí misma como una mujer distinta a la que había sido; una mujer que había pasado por un trauma doloroso. Cinco años atrás, había visto a mi hijo mayor por última vez. Inesperadamente, había partido hacia otros planos. Recibí su cuerpo convertido en cenizas que luego se dispersaron en el verdor de un apacible mar en aquella Venezuela desde Venezuela que yo dejaba atrás. Sin embargo, salí del país con la convicción de llevarlo conmigo; junto a mi hijo menor, mi esposo y nuestra mascota.

Comencé a mirar de otra manera a esa Venezuela desde el exterior, porque comencé a mirarme a mí misma en forma diferente. Comencé a verme como una mujer libre que podía reinventarse.

Llegué a Miami, una ciudad que solo había visitado de paso. Era una ciudad desconocida, que al principio me atrajo y que, poco a poco, me mostró su rudeza.

Venezuela desde el exterior me transformó…

Venezuela desde el exterior ha estado ligada a la ausencia… a la muerte. De las tres ocasiones que he regresado al país, dos han sido para unirme a mi familia con el lamento por un ser amado fallecido. Mi madre, mi padre y dos de mis hermanos están en mi memoria, en esa Venezuela desde Venezuela, porque no figuran en la que veo desde aquí.

Y aunque no he pisado tierras venezolanas desde hace 11 años, las imágenes del país no se difuminan en mi mente. Ahora las recreo. Las tapizo con el color y las vibraciones que recibo desde allá. Las tapizo con los matices que me dan las noticias y los testimonios de mi gente… Esas imágenes se alborotan en mí, me aturden, me hablan de una Venezuela triste, gris, oprimida por el odio y el miedo. Cuando me detengo en ellas, comienzo a sentir su dolor. Y decido, entonces, rechazarlas. Decido volcarme hacia dentro de mí. No quiero ver, no quiero leer, no quiero escuchar; solo quiero pensar –como lo aprendí en mi búsqueda interna– que todos somos belleza, armonía y luz en nuestra verdadera esencia. Busco mantener mi paz interior.

Podrían argumentar que cerrar los ojos y meditar, no elimina el hambre y la miseria en Venezuela; que no puede ocultar la cantidad de familiares que lloran sus muertos por los crímenes, las torturas, las enfermedades y el desborde de violencia en Venezuela. Es cierto. Realmente yo no puedo ocultarlo. Porque, además, he sido receptora de muchos de esos lamentos. Desde allá, me escriben para pedirme consejos, para pedirme apoyo; quieren saber cómo hice para dejar a un lado la tristeza y continuar la vida con entusiasmo después de la pérdida de mi hijo… Han leído mi libro “Amar Mas Allá de la Vida” … Y he recibido mensajes de muchas madres que lloran a sus hijos en la Venezuela de hoy. Ellas no encuentran consuelo. Tampoco los padres, hermanos o abuelos.

Cuando surge esa imagen de Venezuela ligada a la muerte, reflexiono: he aprendido a vivir con alegría después de la partida de mi hijo. He aprendido a superar el dolor de una pérdida y he aprendido a apoyar a otros a superar el dolor de la partida de sus seres queridos. He podido contagiar de vida a otros que sólo veían un final. Y he aprendido a entender la vida más allá de la muerte. Entonces, me pregunto: ¿acaso Venezuela ha muerto?

Y comienzo a ver a Venezuela como ese lugar donde hay una gran transformación para que millones de personas, los de adentro y los de afuera, aprendan sus lecciones de una vez por todas.

Ahí vamos todos, aprendiendo… vamos sustituyendo unas imágenes por otras, vamos recordando, pintando memorias, delineando nuestros caminos, dejando que la vida siga su curso. Así he ido yo en la Venezuela desde el exterior. Hasta que llego aquí, a este lugar donde me pidieron leer un texto sobre mi país. Y digo: ¿Cómo escribir sobre Venezuela sin hablar de mis emociones hacia ella? ¿Cómo escribir sobre Venezuela sin internarme en mis recuerdos? ¿Cómo escribir sobre Venezuela sin decir que aquí en Los Angeles, en esta mágica ciudad, encontré una partecita de la Venezuela que dejé atrás? En sus montañas, en sus casas construidas en colinas, en sus curvas, subidas y bajadas, me he reencontrado con una Caracas que añoro. Y es cuando pienso: nada muere, todo resurge. Si no resurge afuera, resurge en nuestro interior. Ahora, estoy segura del resurgir de Venezuela. Y sé que pronto comenzaré a verla como una sola… desde adentro y desde afuera.

 

Elizabeth Baralt