Por Jason Maldonado.

Mi primer encuentro con Juan Carlos Chirinos (Venezuela, 1967) ha sido con su más reciente publicación: Los cielos de curumo (Ediciones La huerta grande, 2019). Y de entrada debo decir que, cuando te presentan una narrativa con esta calidad, hay que ir por más. 

Entrando en materia, la obra está dividida en dos partes: la primera (Los médanos voraces), es la que corresponde a la presentación de los personajes y las historias que, por paralelas que parezcan, coinciden en la segunda y definitiva parte final (La banda de los Wonderful World) donde se dan los desenlaces pertinentes, todo enmarcado en lo que pudiera llamarse la etapa pre “revolucionaria” (no puedo evitar las comillas con todo el sarcasmo que ello implica) donde comenzó la destrucción sistemática del país. En tal sentido, la novela no viene a denunciar y a demostrar con pelos y señales el oscuro entorno político venezolano de los últimos años, aunque claramente se ve en el mundo ficcional lo que estaba por venir: las argucias del grupo que recién alcanzado el poder requiere de los servicios de la brasilera Osiris, asesora en asuntos de publicidad e ideología, para que el nuevo presidente y su séquito se eternicen al mando; no, todo esto sirve más bien de pretexto para dar inicio a la historia de unos personajes muy particulares: Totto, un incipiente trompetista; Celestia, una suerte de Juana de Arco negra (o ese “trapiche donde se coce el chimó”); Bárbara, publicista y su mejor amiga; Paula (pianista y con una supuesta capacidad de “adulterar la voluntad de la gente”) y Manrique (arquitecto, entre otras cosas), que viajan de Cúa a Caracas para reunirse con ellos en una fiesta que casi termina en tragedia; Mauro, “un simple contrabajista caraqueño” y Iannis, su hermana, que desata los celos de Celestia al verla besar a su (ex) novio, Totto.

Todo comienza con Osiris de copiloto en una Hummer (impensable que fuera otro vehículo), junto al “coronel” rumbo a Paraguaná, y sus dos regordetes guardaespaldas en el asiento trasero, para encontrarse con el canciller de virilidad dudosa y con cierto parecido al doctor José Gregorio Hernández, ese que piensa “Ah, el presidente, el comandante, ¡qué hombre más hermoso!”,  y con ello afinar las estrategias comunicacionales del nuevo gobierno, hasta que con el transcurrir de las páginas se da el encuentro con el mandamás de Miraflores y los resultados fueron…

Luego, en un pub cualquiera de la ciudad, se da un concierto que fue promocionado con “un miserable anuncio” por la prensa para homenajear a Julio Cortázar, en donde Totto, con su grupo de jazz,  destacó con la trompeta para el asombro de todo el público y muy especialmente, a Iannis que, fascinada, le estampó un profundo beso sin saber que al fondo del lugar su ex novia, Celestia, veía la escena con ojos rabiosos. En Los cielos de curumo, además, destacan dos personajes fundamentales en la historia: la lluvia y Caracas, “esa metrópoli que acepta sin complejos el establecimiento impune de cualquier cultura, de cualquier religión, y las absorbe con pueril alegría y afectuosa ignorancia”, y su compañero El Ávila, “ese reptil milenario” que tanto nos identifica a los caraqueños.

Ahora bien, todos los hechos, todas las situaciones presentadas en el texto, pudieran interpretarse como una gran metáfora de lo que sería la terrible debacle del país, de hecho uno de los elementos que más destaca en la narrativa de Chirinos, es ese juego de máscaras a la hora de incorporar las voces narrativas capítulo a capítulo. “¿Quién narra?” es la pregunta que nos hacemos y al hallar la respuesta, queda revelada la clara maestría de quien escribe. Por ello, entre otras cosas, es que sentimos el acecho constante de los zamuros, de los alimoches, de los curumos, en cada página. Mención aparte merece también las narraciones eróticas, que son más que memorables y candentes, al  punto de que Celestia, esa negra prieta atractiva, por solo dar un ejemplo, sabía que “la fuerza de las hormonas es más perniciosa que la compañía faramallera de una amiga solidaria y criticona”.

Pero hay una gran incógnita que recorre buena parte de la novela: el constante olor a avellanas, fresca o podrida, da igual, de la cual no pienso decir más salvo que me recuerda a eso que Javier Cercas llamó “el punto ciego”, esa “grieta, una minúscula fuga de significado que es a la vez fuente principal de significado” (Cercas, dixit), extraído de su libro homónimo, el cual también sugiero leer; punto ciego al cual no terminamos de darle luz o aclaratoria, cada vez que aparece el delicioso fruto seco en la historia. Tal vez su presencia vaya por el camino de la simbología que atañe a la sabiduría, pero al estar “podrida” esa avellana, da mucho qué pensar en cuanto al porvenir que le esperaba al país relatado en el libro, y el país que efectivamente sobrevive en la realidad. Los cielos de curumo en definitiva es una lectura más que recomendable. 

Fun fact: en Caracas hay una urbanización que se llama “Cumbres de curumo”, y fue ahora y a miles de kilómetros de distancia de Venezuela que me enteré lo que es un curumo. Claro, suena mejor que “Cumbres de zamuro”, obviamente. Nunca es tarde para aprender.