Por Jason Maldonado.

Debutar en grande siempre es una bendición y no todo el mundo tiene esa suerte. No obstante, para aquel que lo logra, ello implica un mayor compromiso con todo lo que se pudiera venir a futuro en tanto a su producción artística o cultural, independientemente del área que se trate.  Esto es lo que logró Michelle Roche Rodríguez, no solo por publicar su primera novela, Malasangre, sino también porque lo hizo por la puerta grande, con la prestigiosa editorial Anagrama.

Así comienza: “El cielo sangraba torrentes de agua aquella tarde infausta cuando un amigo de mi madre llamado Héctor Sanabria vino a verla para ofrecerle la posibilidad de una concesión petrolera. Corría el año 1921”. En esta primera oración, como se podrá corroborar una vez concluida la lectura, está casi todo lo que se vendrá en el texto: el deseo de la sangre (la fisiológica a través de la hematofagia y la que metafórica o literalmente consumió la dictadura de Juan Vicente Gómez); el petróleo, tara o panacea que le dio lo bueno y malo al pueblo venezolano: “…petróleo, el estiércol del diablo”;  y el contexto histórico donde se desarrolla la historia.

Diana, protagonista de la novela, quien años después terminará utilizando su otro nombre y apellido y desde allí nos cuenta de su propia liberación, es una joven caraqueña de catorce años que sufre en carne propia el rigor de vivir en una época en donde padre y madre deciden el futuro de sus hijos imponiendo normas, costumbres y atroces castigos por la más mínima queja. Ella, salvo su llamativo cabello rojo y ser una lectora empedernida de literatura gótica, pasaba más que desapercibida  en su entorno. Era tan normal como cualquiera hasta que descubrió, o mejor aún, afloraron sus instintos vampíricos: en una primera ocasión, pero sin mayores consecuencias, cuando Teresa, la criada de la casa, mató una gallina para hacer un pastel y, la segunda, cuando no pudo contener su instinto y mordió a Héctor, un viejo amigo de la familia: “Cuando me di cuenta de lo mucho que me gustaba ese sabor, no tuve más fuerzas para contener mis lágrimas. No podía decir que nunca me hubiera creído capaz de una acción como morder a un hombre y la idea me pesaba como una tonelada de recriminaciones”. Luego del sangriento espectáculo, su madre, Cecilia Gutiérrez, la castigó con un bozal de metal para que no mordiera más, en una de las partes más duras, conmovedoras y bien narradas de Malasangre.

Pero la voracidad de Diana no era solo por el vital líquido que recorre a los humanos, sino también de conocimiento, por una irrefrenable voracidad de lectura, por ello le vino bien una suerte de padrinazgo establecido con Modesto, quien la fue acercando a otras lecturas y de vez en cuando dándole consejos.

La novela, además, tiene la particularidad de echar mano de hechos o situaciones históricas de aquella Venezuela pisoteada por la dictadura del general Juan Vicente Gómez, después del golpe de Estado a su compadre, el general Castro, asumiendo la “presidencia” gracias en parte a “ese colectivo informe, de objetivos oscuros y siempre mal comprendido llamado pueblo”. En el texto está presente el clásico nepotismo de todo dictador; las mafias aduladoras y complacientes para ganar onerosas prebendas y favores, sobre todo las que tienen que ver con las licencias petroleras; los torturados en aquel infierno llamado La Rotunda, la cárcel de todo el que se opuso al régimen; el pretendido claustro que se le quiso dar a Diana; o hechos más honorables y elitescos como la visita a Caracas de “Su alteza Real el infante don Fernando María de Baviera y Borbón, hijo del príncipe Luis Fernando de Baviera y de la infanta María de la Paz de España”.

Para el desarrollo de la trama de la novela, también es fundamental el papel de Evaristo Gutiérrez, padre de Diana, uno de los tantos montoneros que se unió a la Revolución Liberal Restauradora de 1899, quien mordió el polvo de la bancarrota, pero que luego logró levantarse gracias a componendas, influencias, trampas y un lobby de adulaciones cuando logró pisar el mismo escalón de quienes tenían el verdadero poder. Gracias a esa revolución que terminó empobreciendo a una Venezuela que apenas soñaba con deslastrarse de lo rural y la pobreza –típico de cualquier revolución latinoamericana–, terminó por convertirlo en coronel y “propietario” (las comillas son mías) de una de las tantas haciendas arrebatadas a sus verdaderos dueños. Y amén de esto, una esposa (Cecilia) que se ganó gracias a sus buenas argucias jugando bacará.

En Malasangre será el lector quien deberá seguir línea tras líneas los hechos para revelar de dónde viene ese vampirismo del que padece Diana: ¿víctima o culpable de esa hematofagia? ¿O es una condición hereditaria y por tanto Evaristo también tiene esta condición? Es un texto que además coloca en las narices de sus lectores los distintos apetitos humanos aparte del dinero y el poder; los desnuda para que veamos con claridad, no solamente aquellos, sino también la denuncia evidente contra el maltrato de la mujer; en contra del otro, del distinto, digámoslo sin cortapisa, del homosexual, aquí representado por Modesto, el tutor de Diana (un cura lo comparó con Lucifer) y también por representantes de la milicia: “Si el vicepresidente era un invertido, el ejército, ese prístino símbolo de la dominación masculina, era un institución hueca, incapaz de proteger el interés de los hombres y las convenciones sociales construidas sobre la natural división de los sexos.” Veremos a  Diana sentada en la ventana de su casa exhibiéndose como mercancía, a la caza de algún pretendiente que la saque del infierno de su casa, para llevarla seguramente al infierno de un matrimonio por conveniencia.  Estupendo libro.

Fun facts: 

  1. Estudié en el Grupo Escolar Francisco Pimentel, alias Job-Pim, uno de los tantos torturados de la dictadura gomecista. Mis primeros veinte años de vida transcurrieron a una cuadra de la esquina de Cárcel, justo donde estaba La Rotunda. Cuántas veces jugué pelotica de goma en la plaza La Concordia, techo hoy día de lo que antaño fue muerte y tortura.
  2. Veo a Malasangre tan transferible al cine… Ojalá sea así  y si sucede, la historia logre captar y conmover a otro tipo de público amante del género, como sucedió con Un vampiro en Maracaibo, libro que también sugiero leer, de Norberto José Olivar.
  3. En tiempos de Coronavirus, la descripción de la cuarentena que afectó a Caracas en 1918 por la gripe española es como ver nuestro presente.
  4. Frases memorables, hay muchas, pero dejo solo dos: “Cuando la arbitrariedad de Estado hiere a la palabra, lo siguiente es la transgresión de los cuerpos”. Y esta: “la libertad pertenece a las personas instruidas.”

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Licenciado en Letras y escritor.

Columnista en The Wynwood Times:
El ojo del vientre

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