Soy una mujer de la generación X. Sí, la que tuvo como telón de fondo la Guerra de Vietnam, el descubrimiento de la radiación de fondo de microondas (preludio de la teoría del Big Bang) y la era psicodélica. La generación de los movimientos contraculturales, sin ídolos, fanática de nada, hambrienta de conocimiento.

Nací el año cuando en Venezuela se adaptó la nueva hora legal con el huso horario UTC-4. Estados Unidos lanzó las primeras descargas de napalm e invadió República Dominicana. Asesinaron a Malcom X y Rosa Park no se levantó del autobús. Nació la Revolución Cultural en China con Mao Tse Tung. Se inauguró el túnel del Mont Blanc que une Francia e Italia. Se hizo la primera transmisión de televisión por satélite. El Marine 4 tomó las primeras fotos de Marte. Bob Dylan creó el folk-rock mientras Los Beatles recibían la Orden del Imperio Británico por sus contribuciones a la música. Fallecieron Winston Churchill, Le Corbusier y Nat King Cole. Se publicó El mundo alucinante de Reinaldo Arenas y nació J.K. Rowling. Se firmó la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial y UNICEF ganó el Premio Nobel de la Paz.

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Un tiempo de desencuentros y encuentros.

Fui de las niñas que primero con zapatos Pepito y medias blancas con borlas colgantesjugaba a policías y ladrones, luego con Keds, a “La Tonga” y “Cero contra por cero”. Hija de una viuda, solo supe de echar pa’lante y sí se puede. En mi casa siempre me dijeron que no hablara con desconocidos, no tomara ni recibiera nada de nadie y nunca jamás pidiera cola.

Las mujeres que me criaron eran afectuosas, fuertes de carácter y sin pepitas en la lengua. Mis tías, amigueras sin igual, tenían sus salas repletas de historias contadas en primera persona. En sus casas conocí historias de amor y desamor. Fui una niña y adolescente curiosa que se cuidaba de prestar atención, afinar el oído y mantener la actitud desinteresada adecuada para ser testigo inerte de los cuentos que se ventilaban con tazas de café y galletas. Allí comprendí después lo que era la fuerza del matriarcado. Hoy sé que muchos relatos de violencia no debí escucharlos.

Aquellas visitantes usuales hablaban de los maridos sinvergüenzas, “las queridas” y las “vueltas que da la vida”. Sus discursos eran o bien de rabia o de tristeza profundas. Mi tía Esther era la de los consejos usuales: “Muchacho no amarra hombre”, “hay que darse su puesto” y “una cachetada pa’ que aprenda a respetar a las mujeres”. De adulta una vez le pregunté a mi madre el porqué la señora Estrella estaba siempre como Libertad Lamarque, llorosa y compungida. “Porque se enamoró como una pendeja”, me dijo lapidaria.

Por fortuna en mi casa me hablaron del amor verdadero, la lealtad. Nunca me dijeron aquello de buscar “un hombre que te represente”, pero sí escuché discursos sobre el miedo, las infidelidades y el orgullo femenino.

Hoy comienzo este manifiesto por entregas apelando a mi gusto por la escucha atenta de historias de mujeres pertenecientes a la generación X: intensas, directas, sin cortapisas para el amor y frenéticas ante la vida que es un ratico. Puntos de vista, buenas intenciones y algo de humor para sonreír porque al leer no se notan las patas de gallo.

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