Manuel Gerardo Sánchez es un narrador crecido al filo de la curiosidad, ese asombro insaciable desde donde descifra los imbricados territorios de la palabra, de quien se considera observador devoto. La cotidianidad como psiquismo, como meditación simbólica, como trama espiritual donde se constela un universo de personajes nada complacientes, es signo indeleble que propulsa la fascinación del autor por el alma humana; comunión amorosa con el deseo que aumenta la potencia del decir corpóreo donde se mueve la vida, la materialidad del mundo, la gravitacional fiesta de las emociones y sus texturas energéticas que constituyen el espesor donde la realidad se encarna vívida, tierna, como pulpa inocente de un muslo henchido: conquistada alegría vital renovada por la atención, entramada por la memoria, pulida por la filigrana de una mirada cuyo océano interior es el goce.

¡Por Zeus maestro de la metamorfosis! ¿Puede arroparnos semejante vitalidad a través de WhatsApp? Sí, como irredimible gesto que afiebra el silencio de nuestra conversación para The Wynwood Times.

“Mentiría si te dijera que fui desde muy pequeñito un prodigio de las letras o un lector infatigable que se enamoró de El Principito y después de Cuentos de la selva o de Narraciones extraordinarias. Mis clichés son de otra índole. Mentiría también si confesara que a los 10 años ya había redactado mis primeras historias y a los 15 soñaba con ser un escritor de postín, no. En cambio, sí te puedo asegurar que fui un niño curioso, a veces indiscreto, me inmiscuía en temas de adultos y prestaba atención a todo lo que me rodeaba. He sido siempre un gran observador y tengo muy buena memoria. A estas dos cualidades les he sacado filo, las he pulido y han sido herramientas fundamentales para mi trabajo narrativo. Un escritor debe ser ante todo un observador, detrás de lo cotidiano se esconden constelaciones de significados y símbolos, yacimientos de datos para ser explotados y usados en la literatura”.

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Manuel, los lugares comunes suelen ser inconmovibles. Pero tratemos de adentrarnos a uno necesario, en honor a la justicia poética. Cuéntanos, ¿cómo te acercas a la escritura? Cuéntanos de tu encuentro con la palabra.

Mi proceso creativo se vincula con los libros. Si de algo puedo ufanarme es que soy un lector atento. Una historia me lleva a otra, un personaje me presenta a otro, una fabulación puede encender mi imaginación. No hay día que no esté rumiando encuentros, planes, desenlaces. Siempre llevo conmigo una libretita, la de esta temporada es anaranjada, en ella anoto, garrapateo ideas, copio palabras. Sin duda, un buen libro es la llave que me abre posibilidades de escritura. El revuelo de los insectos nació de lecturas y relecturas que hice de Reinaldo Arenas, Manuel Puig, José Donoso. También recurrí a Rousseau, a Voltaire, a Popper y a otros. En fin, que en las páginas de los libros encuentro una cantera, mi fuente de recursos, es la intertextualidad que defendía Barthes, porque un texto no nace de la nada, sino de otros textos, una página lleva consigo el peso de todas las páginas que la precedieron.

Del mismo modo que el sentir, donde descansa la historia de la humanidad, al igual que la palabra y los libros. Desde ese sentido, ¿qué emociones delinean tu vocación y qué posturas de vida construyes desde ahí?

Yo escribo a partir de la honestidad, del esfuerzo y de la disciplina. No soy de los que se sientan frente a la computadora a esperar el regalo de una musa. Yo creo que la escritura es una labor muy seria. Yo escribo y leo todos los días. Unos son más productivos que otros. Hay días que no logro sino un par de párrafos y en otros lleno páginas… quizá por la posesión de la idea, como explicó alguna vez Schopenhauer. La escritura me interpela, me obliga a la duda y a la interrogación. Me ayuda a levantar esas posturas de vida que mencionas en tu pregunta: qué me preocupa, cómo entiendo y cómo me acerco a los temas que me interesan: las desigualdades, el mal radical, las divergencias, la diversidad sexual, la estética y la ética, entre otros.

La homosexualidad como lugar de enunciación, ¿qué te ha permitido decir, hacer, escribir? Sin ánimo de hacer del tema un gríngola ideológica.

Escribo desde lo que soy. Mi sexualidad es solo una partecita en mi narrativa. Mis libros presentan, pintan e introducen mundos diversos. Es cierto que también escribo de situaciones, problemas, abusos e injusticias que me han tocado de cerca, pero no me los apropio, no me victimizo. Lo que intento hacer es mostrar otras realidades que de pronto pueden ser ajenas para un lector. Abolir miedos. No me interesan las lecciones, no las doy y no quiero que me las den. Me atraen historias que me hagan soñar de igual forma con mujeres y hombres. Acercarme a lo propiamente humano.

 

¿Qué es ser hombre? ¿Desde qué masculinidad te mueves en este mundo de “nuevas masculinidades”?

Este es un tema interesante, que suscita debates y discusiones acaloradas. No sé muy bien qué significa ser hombre, primero porque me endilgaron un género que no reclamé al momento de nacer, pero mis genitales señalaron uno. No sé muy bien qué significa ser hombre porque me enseñaron que para serlo debía comportarme de una forma preestablecida, eso que Judith Butler llamó performatividad, y resultó ser un fraude. Me dijeron que no debía llorar, y soy muy llorón; me dijeron que no podía ser bello porque la belleza era una prerrogativa de las mujeres, y yo me encuentro bello; me dijeron que tenía que casarme con una señorita y ser padre, y vivo con otro hombre y no tengo hijos. ¿Entonces qué soy? De acuerdo a esa construcción social e histórica, hombre no soy.

Hay días que me siento como un macho. Troto kilómetros, levanto pesas, construyo un edificio. Hay otros, sin embargo, en los que la virilidad me abandona y quiero ponerme una pantaleta de encaje para contemplar el vuelo de dos mariposas. Me muevo desde la libertad, no obedezco sino a mis necesidades y pulsos. Mis libros dan cuenta de esta ambigüedad.

Pasajes de la infancia

Son muchos y muy variados. Pienso, por ejemplo, en la primera vez que mi papá me llevó a cazar en los llanos de Apure y cómo ese ambiente de hombres con rifles y cuchillos ensangrentados contrastaba con el hogar delicado, los rezos y los finos vestidos de mi madre. Tengo muy presente a mis abuelos: la copa de plata en la que bebía agua el papá de mi mamá, el juego de cartas animado con vino que compartía con la madre de mi padre, una empanada gallega en Navidad. Recuerdo los cariños y las atenciones de las personas que me cuidaban en mi casa; las complicidades y cuchicheos con mi hermana menor; los árboles de chaparro en mi jardín, la alfombra de flores moradas a los pies de sus troncos, donde el jardinero italiano echaba una siestica arrebujado en el perfume de marzo. Vuelvo siempre a la ciudad de Barquisimeto y al orgullo que me henchía al saber que las ramas de mi árbol genealógico se extendían a próceres de la independencia; extraño la melcocha y el pan de guayaba tibio que me hacían babear; no olvido a mis maestras y sus lecciones; la primera vez que entré en el cuadro de honor por mis buenas calificaciones; los castigos de media hora parado mirando contra la pared por alguna travesura. Y, sobre todo, rememoro los abrazos y «tequieros» de mi mamá y mi papá. En mi casa aprendí a amar a los hombres. Me encantaba ver a mis primos, tíos y amigos tocarse sin miedo. Esta fue la masculinidad que heredé, una que no le temía al afecto ni a la saliva en el cachete después de un beso. Sé que tuve mucha suerte, crecí en un lugar seguro y feliz, mi familia me preparaba para enfrentar las hostilidades que me esperaban fuera de mis privilegios.

 

¿Cómo te acompaña Venezuela y desde qué mirada la contemplas hoy, teniendo como telón de fondo el éxodo, el desarraigo existencial y la memoria?

Venezuela es mi primer y último pensamiento. Mis padres y mi hermano mayor viven en Caracas. No miro a mi país con rabia o ingratitud. Claro que hay añoranza, porque todo lo que soy se lo debo a Venezuela. Tuve buenos profesores en la UCV y grandes editores, aprendí de periodismo y levanté una carrera de cero, algunos de mis grandes amigos y afectos están allá. Apenas llevo cinco años en España, no me considero un escritor del exilio, ni siquiera creo en una literatura del exilio. La diáspora, el desarraigo, la huida, la desolación son problemas que me duelen hondo, pero no los he convertido en tormentos literarios. Pienso en el retorno sin cursilerías y en lo mucho que tenemos que trabajar como ciudadanos para librarnos del horror, de la sombra y del luto que nos impuso el chavismo.

¿Proyectos literarios y profesionales?

Colaboro con varios medios, soy content writer de una importante web que vende moda y lujo. Estoy escribiendo un par de semblanzas que me encargaron para un libro, también trabajo en una conferencia y dedico gran parte de mi tiempo a una nueva novela. Ya estoy por terminarla.

 

¿Qué escritores, lecturas y hombres te hacen delirar?

Me pones en una situación muy difícil. Son tantos libros, tantos autores, tantos hombres que he amado. Me he enamorado de personajes históricos, héroes mitológicos, reyes y esclavos. Soy muy abierto: altos, pequeños, gordos, delgados, rubios y negros. Todos entran. Pese a que me pediste una lista muy masculina, yo incorporo a mujeres, porque en este momento leo a más escritoras. No puedo dejar de mencionar a: Cervantes, Proust, Flaubert, Borges, Clarice Lispector, Pasolini, Virginia Woolf, Mishima, Cortázar, Foucault, Nabokov, Capote, Adriano González León, Guillermo Meneses, Elisa Lerner, Teresa de la Parra, Lezama Lima, Reinaldo Arenas, Pedro Lemebel, César Vallejo, Ian McEwan, Wilde… ¡Uff! No me permitas seguir…

Más sobre Manuel Gerardo Sánchez

 

Licenciado en Historia, por la Universidad Central de Venezuela, graduado con honores de magna cum laude. Mención honorífica y publicación a su investigación Evas de delantal y perifollo. Máster en Literatura Comparada y Estudios Culturales, por la Universidad Autónoma de Barcelona (2019). Autor de los libros de ficción El revuelo de los insectos (Editorial Eagles, Barcelona, 2020), Sangre que lava (Ediciones Puntocero, Barcelona, 2016) y El último día de mi reinado (Editorial Ígneo, Caracas, 2014, Sudaquia Editores, Nueva York, 2013). Premios y menciones: Primer Encuentro de Escritores del Mundo Editorial (Universidad Pompeu i Fabra): mención por la novela El revuelo de los insectos, escogida como uno de los mejores veinte proyectos de la convocatoria (España, 2019). Premio excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa por la serie de reportajes Morir de hambre una, dos y tres veces (Estados Unidos, 2017). Beca de residencia artística Centre d Art Camac por la novela El revuelo de los insectos (Francia, 2017). Premio de cuento y de residencia artística Centre d Art La Rectoria por el relato Sangre que lava (España, 2015). Mención honorífica en el IX Premio de Cuento Julio Garmendia, de la Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores por el relato En villa Leoncia (Venezuela, 2015).

 

Contacto:

 

  • Instagram: @manuelgerardo
  • Twitter: @ceroembuste

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Colaborador articulista de The Wynwood Times

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