Fotografía y diseño de portada a cargo de Faride Mereb

Hacia 2010 se publicó Granizo, primer libro de la autora venezolana Dayana Fraile. Con esta obra ganó la i Bienal Literaria Julián Padrón en la categoría de relatos. De las cinco piezas narrativas que lo integran, destaco un par: «La vida con Fiori», tercer lugar en un relevante concurso local para escritores jóvenes, y «San Miguel Arcángel… Entiérrame la espada», incluida por el crítico Carlos Sandoval en su compilación De qué va el cuento. Antología del relato venezolano, la cual convocó a cuarenta autores publicados por primera vez entre 2000 y 2012. Además, con soltura estilística, glosó el estudio Los cuerpos de la modernización en la Venezuela del siglo xx: en Meneses, Rodríguez y Noguera, y recientemente bajo este sello se editó su poemario Ahorcados en tinta. Con La máquina de viajar por la luz, Fraile cierra una década de trabajo con reconocimientos y cuatro libros en tres géneros literarios. Acercar al futuro lector de estos relatos al universo narrativo que propone Dayana Fraile, es el fin de esta nota.

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El título de aquel libro inicial no es aleatorio. Granizo refiere un fenómeno climático que se corresponde con el destino de sus protagonistas. Un autor precedente a Fraile, el prolijo José Balza, imaginó historias de personajes atormentados y reflexivos que cambiaban el territorio pantanoso de Delta Amacuro por el concreto cosmopolita de Caracas; un contemporáneo excéntrico, Carlos Ávila, relató historias de jóvenes caraqueños que, hastiados de ciudad, buscaron emociones psicotrópicas en montañas andinas. Miguel Gomes, actual aunque más experimentado, ha contado historias de emigrantes europeos en Venezuela y de venezolanos en el extranjero. En Granizo, Fraile postula una manera distinta de aliviar el espacio. Sus personajes, entre cambiar de residencia estudiantil o buscar su lugar en el mundo, como los granizos, desde sus nubes existenciales, se precipitan hacia el vacío, revestidos de un escudo gélido promovido por sus penurias para resistir los choques contra la realidad.

Es un hecho que en La máquina de viajar por la luz, el lector se complacerá por el vigor aforístico entretejido en estas narraciones. Aunque los ejemplos son numerosos, cito dos frases para compartir tanto en redes sociales como en papers:

 

«Los amigos de nuestras ex parejas suelen convertirse de manera automática en nuestros ex amigos. La soledad se multiplica: la partícula ex es un decreto insoslayable del lenguaje que nos contiene: apenas somos cerebros flotando en frascos de vidrio en el laboratorio del lenguaje: cerebros que tiemblan como gelatina rosada».

«Los consejos que no pronunciamos se quedan enterrados en nosotros y pesan como ataúdes».

 

A su manera, los personajes de La máquina de viajar por la luz desafían las leyes físicas. Perciben momentos lejanos en el poroso pasado y los instantes inconcebibles de un porvenir que los angustia. Desnudan su intimidad hasta sus sombras, y si bien ya han encontrado el lugar adecuado de sus existencias (o persistencias, acotaría el poeta Rafael Cadenas), se oponen a los de Granizo, que huyen o se precipitan. Estos personajes, en sus máquinas de viajar por la luz, se desplazan a toda velocidad a través de sus recuerdos ensamblados de palabras. Refutan el espacio-tiempo, porque a la velocidad de la luz todos los tiempos conviven en un mismo instante. A la velocidad de la luz, la materia se disuelve, el tiempo se detiene y el espacio se transforma. Mientras, esperan la próxima glaciación y pelan calabacines en la cocina.

«Guisantes y gasolina», mención especial en el concurso de la Policlínica Metropolitana en 2011, le rinde tributo, aunque fugaz, a un autor venezolano, Guillermo Meneses, que Fraile, en su faceta académica, ya ha analizado en su libro de crítica literaria. La protagonista recuerda a Diana, su exnovia, y lo que ha sido la relación inconstante con su actual pareja, Meche. A través de estas evocaciones, una inmediata, otra pretérita, traza una biografía indirecta de su propia vida. La imagen del arcoíris no solo simboliza una postura ideológica y sentimental, en esta historia trasciende como la consecución de lo intangible cuando se logra transgredir los trescientos mil kilómetros por segundo. La masa se vuelve luz. Tan ilusoria como intangible, la protagonista descubre que la relación con su actual pareja ha sido una «comiquita» y con la exnovia «una pancarta, en una eterna protesta». La inquietante teoría del entrelazamiento cuántico explica la condición de dos partículas separadas de un mismo átomo y cómo estas siguen afectándose sin importar la distancia, variable entre un milímetro y cien millones de años luz o el infinito. La protagonista piensa, se entrelaza cuánticamente con su novia actual, y viaja por la luz conectando dos objetos en un instante: «Meche dejó sus zapatos deportivos aquí. Sé que es totalmente ridículo, pero los acaricio con la mirada como si a través de ellos pudiera tocarla».

Dayana Fraile, autora

«Evocación y elogio de Federico Alvarado Muñoz. A tres años de su muerte» dedicado a un escritor venezolano, Renato Rodríguez, en 2012 obtiene el primer lugar en el mismo concurso en el que antes Fraile alcanzara un tercero en 2010 y una mención especial en la edición de 2011. El título de La máquina de viajar por la luz se origina de una obra autoficcional del autor apócrifo que motiva la trama de este cuento, el cual tiene no pocos puntos en común con Renato Rodríguez, autor extraño que con las décadas ha ganado un sólido puñado de fervorosos lectores para convertirse en una suerte de escritor de culto entre los narradores milennials venezolanos. De igual modo, su protagonista se desplaza en el tiempo. Viaja al pasado, a 1900, y al futuro, al 2050, a través del lenguaje y a través de las ficciones que promete escribir. También, avanzada la trama, se convierte, no sin cierta repulsión, en una manipuladora del tiempo a través de las palabras: «Nada más desconcertante que un puñado de sustantivos entremezclados con verbos al azar. El tiempo pasa como algodón de azúcar entre los dedos, confiere al tacto una sensación pegajosa, insoportable». 

Si en los dos primeros relatos de La máquina… las tramas tributan autores venezolanos como Meneses o Rodríguez, en «La primera visita de la cobaya», una cobaya transgénero se muestra obsesionada por José Antonio Ramos Sucre, poeta maldito —o cuentista (?), el debate está abierto— de ese país. Permítaseme esta cita en la que apreciamos el desplazamiento de la protagonista a través del tiempo:

Durante ese único instante en el cual su pie derecho pisa duro para levantarse, envejece lo indecible. Es apenas un fogonazo, una visión que restalla como el flash de las cámaras fotográficas. Es una vejez más vehemente que la habitual. Digamos que es la vejez de una secoya. En posición de yogui: las ramas extendidas intentan alcanzar el cielo. El áspero tronco resguarda los anillos eternos de Saturno. Digamos que se trata de una vejez sin tiempo si es que no suena demasiado contradictorio. Pero es apenas cuestión de segundos. 

 

Finalmente, se nos refiere cómo la Cobaya descubre «que la poesía era una máquina de viajar por la luz. Una máquina que engendraba máquinas. Los cuerpos que la recibían, retenían por segundos su energía para luego remitirla en todas las direcciones posibles». 

«Sincretismo» es la pieza más breve del conjunto. Califica como minificción y cuenta las peripecias de Elena, coleccionista desaforada de juguetes sexuales. Le sigue «Ecos», y Elena reaparece, esta vez como una ansiosa conversadora que eventualmente se comunica por teléfono con su amiga Carina, especie de oráculo en el que calcula la aprobación o la comprobación de que las cosas no han ido tan mal en su vida, sino que han ido terriblemente mal. Con cada llamada enfatiza su soledad y sus fatuas esperanzas. Habla del vecino, del weirdo acosador, del pretendiente romántico. «Hacia la nada», le dice a alguno de ellos cuando le pregunta a dónde se dirige, como si inconscientemente le confesara su anhelo por disolverse una vez alcance la velocidad de la luz.

La imagen de las sombras es constante en este volumen y regresa en «Guayabo negro sobre venado rojo», para cerrar magistralmente el libro. La voz protagonista define el mundo así: «Éramos sombras devorando sombras». Teóricos astrofísicos sostienen que si existe algo capaz de superar la velocidad de la luz es precisamente su contrario, la oscuridad. Argumentan que si dirigimos un potente foco de luz instalado en un satélite hacia un cuerpo celeste como Saturno —quizá ese mismo Saturno que imagina la protagonista de «La primera visita de la cobaya»— y proyectamos el foco sobre la superficie, la luz se demorará cien minutos en alcanzar ese planeta. Sin embargo, al interponer un objeto que obstruya un sector de la luz emanada, simultáneamente observaremos que sobre esa región iluminada de Saturno aparece su sombra. Por lo que se concluye que la oscuridad se desplaza a mayor velocidad que la luz. La sombra no se demora cien minutos. La sombra estará allí simultáneamente. En este relato, a manera de filosofía de vida, leemos: «La inestabilidad emocional nos fija como sombras en las paredes. Nos dedicamos a parodiar la vida con los dedos». Y páginas después:

 

Las imágenes afloran a la superficie abigarradas, configurando un brazo negro y poderoso, esta ilusión óptica se proyecta sobre un fondo blanco y de manera, más o menos, truculenta el contingente de formas extraviadas alcanza a constituir una sola identidad. Hablamos de una coyuntura metafísica. No estamos sincronizados con las imágenes que nos habitan. Son millones. Las imágenes son en esencia lo mismo pero la hermenéutica de la imagen es la que establece diferencias. Concesiones hechas al lenguaje para atrapar el sentido con una red transparente. Entrar en el sentido es entrar en la imagen. Las imágenes más insignificantes nos determinan porque el fondo blanco es un fondo sin fin. Las imágenes se amontonan sin orden ni concierto. Las que sobresalen modifican a su manera al resto. Esta operación es delicada y arroja resultados imprevisibles.

 

Solo una maquinaria ensamblada con verbos es capaz de viajar satisfactoriamente por la luz y adaptarse a sus dos velocidades, los recuerdos y los anhelos; la velocidad de los recuerdos conduce indistintamente al pasado sin límite de tiempo, la segunda, al porvenir, a un tiempo aún desconocido y a un espacio igualmente ignorado; ambas ejercen con eficacia las dos direcciones de estos desplazamientos. Quizá sea esta la poética secreta de aquella novela autoficcional de Federico Alvarado Muñoz.

Los personajes de La máquina de viajar por la luz transitan un plano de la existencia donde la realidad codificada en verbos y en sombras adquiere la densidad de las nubes. En algún punto de la sombra de sus vidas, superarán esa velocidad pretenciosamente inalcanzable.

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