Movido por temas donde la memoria familiar, sentir el paso de la vida sobre la ciudad y el elogio de la vida cotidiana, Mirco Ferri abre su cajón de sastre para dar cuenta del tiempo y ajustar los círculos abiertos con el pasado, ese que nos acompaña en cada gesto entre la experiencia y el deseo. He allí el gran poder de la narrativa: hacer de la anécdota un espacio para la reinvención del ser humano, más allá o más acá del hecho de dejar huella, imponer un estilo, construir el devenir con una impronta específica; es hacer de la memoria un lugar para reincidir desde el verse sin componendas.

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Fiel al uso de la palabra cercana, nos reunimos con la excusa de una entrevista, para conocer un poco más sobre sus procesos y visiones en torno al lenguaje, la escritura y la existencia como ese espacio donde hacemos la historia y la historia nos hace.

Mirco, cuéntanos, ¿cómo se dio tu encuentro con la palabra?

Supongo que fue de la misma manera en la que sucede en la mayoría de las personas, a través del proceso de alfabetización que comenzó en el preparatorio. Pero mi primer acto consciente y voluntario de lectura, o por lo menos el primero que recuerdo, fue Pinocho, en una edición italiana muy fiel a Collodi, que nos enviaron nuestros parientes desde la patria de mis padres. A pesar de que han pasado más de 50 años desde ese tiempo, todavía recuerdo pasajes del libro, e incluso tengo imágenes mentales de él. Ese fue el libro que me inició en el hábito de la lectura, que he mantenido con menor o mayor constancia desde entonces.

 

Entre libros, anécdotas y recuerdos, ¿tienes algún pasaje familiar que haya determinado tu vocación?

Tal vez el gusto de mis padres por contar historias de su juventud haya alimentado mi pulsión por la escritura. Cuando joven, pensaba que muchas de esas historias merecían ser contadas, por lo asombrosas que me parecían (eventualmente, lo haría luego en “La puerta que se cierra”, que es entre otras cosas mi homenaje para ellos). También tuve una gran influencia por parte de mi hermana, que tiene un talento especial, que nunca ha querido aprovechar, para la reelaboración elegante y gótica de sus recuerdos, y maneja un vocabulario exquisito.

Respecto al espacio-tiempo que le dedicas a la escritura, ¿cómo es tu proceso de escritura?

Bastante silvestre. Escribo cuando se me ocurre una idea que juzgo suficientemente digna de ser expresada, y trato de hacerlo de un tirón, en el caso de los cuentos y las crónicas. Cuando me he propuesto escribir novela, he tratado de ser más riguroso, y ceñirme a una planificación. En el caso de mi primera novela, “Vidas de perros”, que está compuesta por setenta episodios, me propuse escribir uno semanal, así que en teoría la hubiese completado en setenta semanas; en realidad, tardé algo más de dos años pues tuve algunos hiatos por motivos laborales, o familiares, que me impidieron la continuidad. Cuando escribí “La puerta que se cierra”, fui más riguroso: como se trata entre otras cosas de una novela documental, hice una primera labor de recolección y clasificación de documentos, fotografías y material epistolar que constituye el esqueleto del libro. Luego, en la etapa de escritura, me impuse la meta de completar mil palabras diarias, de lunes a viernes, cosa que respeté.

La disciplina en la práctica es lo que tal vez pueda hacer emerger al escritor, en tu caso, ¿cómo ha sido tu experiencia formativa?

Casi del todo autodidacta, en el terreno de la escritura.  Antes de atreverme a escribir con fines literarios mi primera línea, había leído una cantidad importante de libros, y creo que esa fue mi escuela. De manera formal, tomé un solo taller en mi vida, en una de las primeras experiencias virtuales que ocurrieron en Venezuela, con el profesor y escritor Ángel Infante, con el que adquirí herramientas más eficaces para este oficio de contar.

A la hora de contar, ¿qué temas te inquietan al momento de escribir, y por qué?

Tengo una predilección por la historia, pero no la historia grandilocuente y epopéyica, sino más bien la menuda, la anecdótica, la de la gente común, la que sufre los embates causados por esa otra. Me gusta escribir sobre la clase media, que de paso me parece el estrato social más descuidado por la gran literatura venezolana, cuyos principales temas son la marginalidad, la política y la lucha de clases (tal vez estoy generalizando demasiado, pero así lo siento). Yo prefiero escribir historias sobre gente como yo, tal vez porque es lo más natural. También me gusta escribir sobre Caracas, más precisamente sobre la Caracas de mi infancia y adolescencia, una promesa incumplida. Una ciudad que torció su rumbo por las malas decisiones que tomaron los encargados de gobernarla.

Adentrándonos al universo estético de la escritura, ¿qué autores, libros y estéticas han influenciado tu escritura?

Con honestidad, no sabría decirlo. Sé, claro está, cuales son mis escritores favoritos, y pertenecen a Europa Central: Kafka, Kundera, y últimamente Sándor Márai, y a los Estados Unidos: Foster Wallace y Easton Ellis. Pero no podría afirmar que hayan influido sobre mi escritura, por lo menos a nivel consciente. En alguna época de mi vida me sentí impresionado por el realismo mágico, pero hoy en día me parece algo demodé, que tuvo su tiempo y su razón y hasta allí. Trato de escribir de la manera menos barroca posible, sin excesivos adornos, sin demasiadas situaciones atrabiliarias, sin divagaciones innecesarias. Busco ser lo más preciso que pueda, y dirigir la atención del lector hacia el objetivo que me haya planteado, sin mayores distracciones.

Mirco, ¿por qué te decantas por la narrativa y no por la poesía?

Porque escribir poesía es demasiado fácil, pero escribir buena poesía, poesía que perdure, es demasiado difícil. Yo, cómo no, en algún momento he coqueteado con la poesía, pero no tengo lo que se necesita para ser poeta de verdad. Hace falta una sensibilidad especial, que no sabría definir pero que en definitiva no poseo. La narrativa, en cambio, se me da de manera más natural, es un medio de expresión con el que me encuentro a gusto. Encontrar una historia original, y conseguir contarla de manera entretenida, es uno de los grandes placeres que me ha dado la vida. No sé si lo he logrado tanto como quisiera, pero me gusta creerlo.

¿Qué poder tiene la narrativa? ¿Qué impronta es capaz de dejarnos?

La narrativa obra a diferentes niveles:  puede mover la imaginación, puede llevar a paisajes exóticos, puede exacerbar la libido, puede servir de espejo, puede indignar, puede divertir. Incluso, puede hacer todo lo anterior en una misma pieza. Los grandes narradores son capaces de escribir textos que el lector recordará aún mucho tiempo después de haberlos leído, y posiblemente habrán ejercido una influencia sobre él. Además, la narrativa sirve como documentadora de las diferentes épocas; a través de ella nos enteramos de los hechos, las modas, las costumbres del período en el que están ambientadas las obras. 

Pasando a la voz de dentro, la de la interioridad, ¿cómo dialogan en ti tus memorias familiares, la emocionalidad y la voz del escritor?

Creo que ese diálogo funciona a diferentes niveles: desde uno muy interno, subconsciente, que emerge en la escritura sin que me dé cuenta en el momento y que luego se torne evidente al revisar lo escrito, hasta uno voluntario, cuando escribo algo relacionado con mis memorias. No es extraño que, leyendo algo escrito por mí hace tiempo, descubra que algún detalle, o diálogo, o comportamiento de alguno de los personajes, haya sido algo inspirado en algún evento o alguna vivencia real, tal como la tengo almacenada en la memoria. O que haya hecho reaccionar a algún personaje de la manera en la que hubiera querido hacerlo yo en alguna situación, pero que por falta de oportunidad, valentía o velocidad mental me fue imposible. Ahora que estoy elaborando sobre esa pregunta, me doy cuenta de que la escritura es una manera de saldar cuentas con el pasado.

La literatura como lugar de enunciación, de ser al decir, ¿qué te permite conocer de Mirco?

No sé si lo logre, pero quisiera que mis textos reflejen en primer lugar honestidad intelectual, que se sientan auténticos y no refritos de ideas de otros autores. Supongo que quien me conozca con cierto grado de intimidad me podrá reconocer en alguno de mis personajes. Por supuesto, es inevitable que mi visión del mundo y mis opiniones políticas, culturales y sociales permeen en la escritura, por muy imparcial que procure ser. Al final del día, el papel termina siendo el soporte de nuestras ideas, de nuestras obsesiones, de nuestras creencias, de nuestra idiosincrasia.

Imposible, al menos en mi caso, divorciar la escritura de su compromiso ético.

Partiendo de la responsabilidad del escritor con su hora histórica, ¿cuál es el rol de un escritor en el actual panorama sociopolítico venezolano?

Los escritores tenemos la oportunidad de ser las voces de la sociedad, en estos tiempos convulsos. Sin caer en la tentación de hacer literatura “repentista” (término utilizado entre otros por el profesor Carlos Sandoval, y que me parece apropiado para referirse a la literatura oportunista, y posiblemente panfletaria) un escritor puede dejar documentado el sentir y el padecer de una generación. Por supuesto que material hay, y en abundancia; tengo la convicción de que nuestros buenos escritores, llegado su tiempo, dejarán plasmados en sus textos una semblanza fiel de lo que ha sido este período tan oscuro de nuestra historia. Así como conocemos los horrores del gomecismo gracias a autores como Pocaterra y su libro Memorias de un venezolano de la decadencia, o del perezjimenismo gracias a José Vicente Abreu y su novela Se llamaba SN, seguramente en el futuro próximo podremos leer grandes obras sobre lo que significó el chavismo en la vida del venezolano.

 

En este punto nos extendemos, pasando por nombres, lugares, nuevos sentidos desde donde la palabra pueda dejar por sentado su relevancia humana. Se deja en claro la certeza de seguir escribiendo, indagando en los laberintos del lenguaje, para ajustar cuentas con el destino y seguir ofreciendo a los lectores, la constancia de un oficio donde todos podemos mirarnos más adentro, y hacer de la lectura una soledad habitada que nos acompaña para realizarnos como seres humanos.

Más sobre Mirco Ferri:

 

Mirco Ferri Sette (Caracas, 1960. Es consultor en sistemas y escritor. Ha publicado las novelas, “Vidas de perros” (OT Editores, 2015) y “La puerta que se cierra” (OT Editores, 2018) y el libro de relatos “Máquinas del tiempo y otras entelequias” (OT Editores para Amazon, 2019). Tiene publicaciones en los portales: En El Tapete, Letralia, La Vida de Nos y Contexturas, y en los blogs: Los Hermanos Chang y Transtextos, del cual es también co-editor. Algunos de sus textos breves han sido publicados en la sección Dietario de El Papel Literario. Fue ganador del concurso de microcuentos de Banesco en la edición de 2017, y finalista en el concurso de cuentos SACVEN, en la edición 2016.

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