¿Quién no ha visto crecer, entre las grietas de la calle más adversa de cualquier ciudad del mundo, una hoja voluntaria salir del tallo sostenedor, quizás la flor amplia que rompe el asfalto para buscar el sol y enriquecerlo con su forma y su fondo, su velamen descubierto? Todos. Esta imagen prefigura, como una raíz solemne, la definición de voluntad literaria, intimidad textual que hoy propongo rozar durante los cinco minutos que dura el divertimento inaugural de este día. Para recrear el aspecto más humano de la escritura será necesario salir del texto y de sus tintas y entregar el norte hacia el análisis mínimo, aunque espero preciso, de la humanidad escritora. Por eso, en este segundo, las preguntas flotan como oraciones acuáticas, dispares en el espacio pero aferradas a la contemplación de las orillas:

 ¿Quién escribe? La mujer solidaria que entrega las horas finales después del trabajo, el niño fugaz en crecimiento que descubre la lealtad de los libros; la antigua enclaustrada, rebelde para pensar y poetizar reverencias barrocas mexicanas; el hombre sensible que solo tiene las palabras por amigas y necesita escribir para poder enamorarse de un misterio emocional.

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¿Quién se atreve a la desmesurada aventura novelezca? Solo uno, el novelista, tempestuoso fabulador de carne, quien permite en el apasionamiento gustoso, la reiterada invasión imaginaria de los caminos de la realidad, sin luchar a pesar del copamiento, entregado a que esa imaginación termine por propagarse por las calles, y así cumplir el extasiado deseo literario: la sustitución de lo imaginario huracanado por lo real del aburrimiento.

¿Quién entrega la vida a un poema? El poeta insomne, descontrolado, que ha descubierto la vida como un poema y lo exterior, la casa, el trabajo y los billetes, como una sosa imitación de esa vida en el verso, menos potente como una fútil vida, monótona vida, fuera de toda sorpresa y coronación.

¿Quién, en su sano juicio, pasaría más de cuatro horas sentado después de trabajar y lavar los platos o anclado en la hora más tierna del amanecer, sufriendo en el placer monocorde del teclado o la hoja entintada, colocando letras y palabras juntas, ansioso en la búsqueda de todos los significados? La palabra es una sola: Nosotros. ¿Y por qué hacemos esto, que nadie nos ha pedido, aferrados a una sensación obsesiva y deliciosa que no podemos detener ni aplazar así turben las consecuencias, los castigos y las pérdidas?

Supongo que científicos más interesados en el discurrir psicológico de la voluntad podrán entregar al lector curioso definiciones finales sobre la transformación de la aristotélica potencia en acto realizador. No investigaré al respecto de estos personajes, mi intención no es enciclopédica sino poetizadora. Pienso que es más penetrante saber que la filosofía de la literatura viva indagará en la telúrica calma del autor para mostrar el espejo que emana de sus longitudes escriturales. Después de todo, ¿no gira el texto alrededor del hombre? ¿No es una cualidad de la literatura la fijación antropocéntrica? Intuyo que, por ahora, esta concepción no cambiará. Seguiremos entregados a describirnos, mutilarnos, destruirnos, enamorarnos en el caleidoscopio de las emociones, hinchados de escritura liberadora, no sacra sino pagana, unificada por todas las visiones posibles, venerables, navegantes de todas partes del mundo y de la historia.

En esta contextualización, aparece de nuevo el fantasma vivo de la voluntad. Quien escribe lo hace por una razón perfectamente labrada, pensada en la totalidad del cosmos insulado, sin obligaciones ni mandamientos atroces; el autor escribe por algo, por un secreto piramidal y egipcio, escribe porque algo mágico le corresponde y le llama, voluntario se entrega a ese secreto aunque le cueste la vida, aunque no sepa en realidad por qué lo hace, fuera de toda finalidad utilitaria se pierde en un enamoramiento subversivo, feliz, doloroso, contradictorio y sostenido en el tiempo.

Podría, en este momento, enumerar las razones de mi escritura, pero eso implicaría romper el ritual al que he pertenecido desde que comencé a escribir en el tiempo del fuego y relatar se haya convertido en una forma de alimentar al monstruo: prefiero que mi voluntad literaria no descubra su secreto, porque solo así, en ese desconocimiento cabal de la función del misterio, camino en la sorprendente libertad que implica levantarse todos los días a las cuatro y media de la mañana en las inundaciones de mi propia existencia. Solo puedo decir que, a esa hora, las hojas de todos los tallos sugerentes de las calles más afeadas del mundo se nutren para convertirse en flor y luego en fruto, en la decidida tempestad de ir hacia adelante hasta entregar el tiempo a una fuerza desconocida, sin nombre mas nombrada, sin tiempo pero con la esperanza de hallarse alguna vez frente a la voluntad dictada por el reloj que se acaba y se pierde, y que después de escribir se desmorona y nos sonríe por haber escrito. Así, haber cumplido con la voraz alimentación del gran monstruo que nos interroga en la madrugada se transforma en un pacto irreversible: ¿cuándo vas a escribir; cuándo cumplirás con tu sentencia y paraíso?

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