Por Aglaia Berlutti.

En noviembre de 2019, me senté frente a un nutrido auditorio de mujeres para hablar sobre mujeres. En Venezuela, no es algo que ocurra con frecuencia. No lo olvidemos: este es el país de las misses, de las explotadas, de las mujeres que hablan de “matriarcado” para señalar el número incontable de madres que han tenido que asumir el rol de única cabeza de familia porque no tienen otro remedio. El país en el que llamarte feminista es poco menos que un insulto. En el que hablar de aborto te expone a la diatriba religiosa, en el que la sexualidad femenina se encuentra en medio de dos extremos: la santa y la puta.

¿De qué puede hablar una mujer como yo, que escribe de cultura pop y cuyo feminismo tiene una relación directa con recordar que lo femenino tiene el poder de cambiar la forma como comprendemos el mundo?

La gran “Concertación Feminista” (que se llevó a cabo durante tres días en Caracas y que culminó el día en que participé) se tomó el atrevimiento de hacerse preguntas sobre las mujeres venezolanas. Organizado por Luisa Kislinger y Magdyman Leon, se trató de un evento multidisciplinario y con amplia temática que reunió a más de una decena de organizaciones feministas venezolanas. Y, además, se cuestionó sobre temas que, ahora mismo, suelen pasar desapercibidos en medio del incómodo paisaje de la crisis que abarca todos los lugares posibles.

En resumen, se debatió acerca de la mujer: sobre las que trabajan y las que no, las que crean arte, las que se cuestionan su identidad de género, las que hablan de cultura para mujeres en un país machista. Sí, ya lo sé: de inmediato alguien me recordará que Venezuela no es “tan machista” como podría serlo. Que, en comparación con otros países del continente, la presión sobre la identidad femenina no es tan fuerte, frontal o violenta. En otras palabras, que debemos agradecer que en Venezuela exista un machismo con el que “se pueda lidiar”.

Un pensamiento que siempre me produce escalofríos por sus extrañas implicaciones.

¿De qué puede hablar una mujer como yo, que escribe de cultura pop y cuyo feminismo tiene una relación directa con recordar que lo femenino tiene el poder de cambiar la forma como comprendemos el mundo? Hablo, sin duda, de todo lo que nos une, nos fortalece y nos hace protagonistas de nuestra historia.

 —De la princesa Leia Organa, por ejemplo —dije—, de Elsa de Arendelle. De todos los símbolos de mujeres que dejaron de ser víctimas, para ser héroes. Para tomar el bláster, el hielo, para gritar que el tiempo de las mujeres invisibles terminó.

Silencio. El grupo de cincuenta personas me miró —y me sentí muy pequeña, muy agobiada—, pero, de pronto, alguien levantó el puño y lo sacudió. Con una sonrisa, además. Sí, estamos hablando de las mismas mujeres, pensé mientras comenzaba esa extraña travesía de narrar el feminismo a través de la cultura de masas, que es lo que hago más o menos. Juntas y sosteniendo un símbolo somos más poderosas.

“Escribo sobre lo que me afecta, sobre lo que me preocupa y sobre lo que ejerce presión sobre mi identidad. Y crecí en una sociedad machista.”

De vez en cuando, me suelen preguntar por qué escribo con tanta frecuencia sobre lo femenino. Un cuestionamiento que, incluso, abarca en apariencia cierta contradicción en mi insistencia acerca del tema: si abogo por la amplitud de miras con respecto al papel de la mujer, ¿por qué mi empeño casi obsesivo por analizar y desmenuzar el rol tradicional hasta el cansancio? ¿Qué intento lograr cuando una y otra vez profundizo, busco respuestas sobre la forma como la sociedad asume la identidad femenina?

Para empezar, soy mujer. Creo que la palabra es el reflejo fidedigno del mundo del autor —de manera directa o en símbolos y metáforas— y, por lo tanto, escribo sobre lo que soy, lo que sé y cómo miro el mundo. Escribo sobre lo que me afecta, sobre lo que me preocupa y sobre lo que ejerce presión sobre mi identidad. Y crecí en una sociedad machista. En una donde llevar la falda muy corta hace que te ganes una etiqueta insultante o en el que las decisiones sobre tu cuerpo pueden afectar la manera cómo te percibe quienes te rodean. Donde existe aún expectativas muy claras sobre lo que la mujer puede hacer —o no— y sobre las exigencias a las que se somete por el sólo hecho de que hay un papel histórico que intenta limitar quiénes somos o cómo nos percibimos.

De manera que asumo necesario escribir sobre la mujer con respecto a cómo me afecta serlo. Lo que me abruma, lo que me lastima. Lo hago, además, intentando lidiar con los estereotipos, los esquemas, los roles y tópicos. Porque, a fin de cuentas, nadie puede definir exactamente qué es una mujer —como tampoco qué es en realidad un hombre— aunque la sociedad lo intente con enorme frecuencia. Aunque imagine límites y fronteras inexpugnables para hacer más sencillo comprender la identidad frente al espejo social. Intento interpretarme como la mujer joven que soy, pero también como la mujer que aspiro ser en el futuro. Y entre esas pequeñas ideas y otras reflexiones, quiero hablarle a las mujeres como yo. A las que no encajan en ninguna parte. Las inconformes, las fastidiosas, las irritantes, las preguntonas.

Pero no es la única razón por la que escribo sobre mujeres, para mujeres, desde el punto de vista de una mujer. Lo hago, porque es necesario. Lo hago porque durante muchísimo tiempo las mujeres fuimos invisibles. Como la magnífica Mary Wollstonecraft, que vivió una vida intensa y extraordinaria y hoy poquísima gente la recuerda. O la filósofa Simón Weil, que creó toda una visión sobre lo femenino y sus alcances. Tantas mujeres que desaparecieron como arrasadas por una ola de anonimato. ¿Quién recuerda ahora a Lady Ottoline Morrell? Esa mecenas que se enfrentó en solitario a los escombros del siglo XIX en pleno albor del racionalismo y brindó refugio a muchas de las grandes mentes inglesas de la primera mitad del siglo XX. O a la cuasi anónima María Lejárraga, esposa del dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, que por años escribió para su esposo éxitos literarios sin reconocimiento alguno. O a esa trágica Camile Claudet, desaparecida y consumida para siempre en la memoria ingrata del arte misógino. Así las cosas, creo que es importante recobrar el nombre de toda esa galería de heroínas silentes que crecí admirando y queriendo.

Mi ponencia fue corta: veinte minutos para hablar de poder. Y lo hice aunque no pude incluir todo lo que me hubiese gustado. Hay situaciones que me convirtieron en activista casi por accidente. Como lo que le ocurrió a mi amiga de la infancia, la que tuvo que enfrentarse a un jefe misógino que se negó a aumentarle el sueldo siete veces consecutivas —a pesar de su dedicación al trabajo, conocimiento y pericia— porque “tenía dudas” sobre su capacidad. Cuando ella le preguntó directamente a qué se debía su desconfianza, el hombre le respondió que temía que “la menstruación o un posible embarazo” afectara la calidad de su trabajo.

O la chica que me escribió al correo, atormentada y afligida porque tiene algunos kilos de más y su pareja la maltrata cada vez que puede por no encajar en la imagen física ideal.

O, incluso, cualquiera de las mujeres que escucho a diario, que definen el nuevo concepto de lo femenino, que asumen el poder de la inclusión como una bandera válida que enarbolar. Una y otra vez, hablo de la mujer como yo la veo, que no es bajo el aspecto de cómo debería ser, cómo quisiera que fuera o cómo asumo que podría ser. Porque la mujer en esta época, más que en cualquier otra, es fruto de sus temores y virtudes, sus fortalezas y fantasías. Es su propia obra de arte.

“Escribo para el futuro, para las mujeres que aún son niñas, para las mujeres que aún están avanzando, que se hacen preguntas.”

Feminazi, odiadora de hombres. Histérica. Todas esas cosas me han llamado con frecuencia y no siempre hombres. De hecho, la mayor parte de las veces, son las mujeres las que señalan a las inconformes para acusarlas de “quejarse”. Como si analizar la desigualdad, preocuparme por los baches y desniveles de la cultura con respecto al género no tuviera el menor sentido o careciera de todo valor. Que quizás debería callarme, bajar el tono. “Escribir de cosas útiles”, me escribió alguien hace poco.

Pero no lo hago. Quizás soy obsesiva, malcriada y respondona. No admito que me llamen “histérica” por responder como quiero y siempre que quiero en cualquier situación. Porque no quiero aceptar que se me menosprecie por el solo hecho de tener una vagina. Porque deseo que mi capacidad no esté en entredicho por el mero hecho de tener el cabello largo. Escribo para el futuro, para las mujeres que aún son niñas, para las mujeres que aún están avanzando, que se hacen preguntas. Escribo para analizarme, para analizar este mundo que heredamos de quienes transitaron despacio un difícil camino hacia el reconocimiento.

 Escribo, desde mi pequeña tribuna y mi espacio, para ese gran cambio que creo que merecemos todas las mujeres del mundo.

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