Nací para ser subversiva. Esa frase la escribí cuando aún tenía unos catorce años. No recuerdo si en realidad tenía mucha idea de lo que la palabra “subversiva” significaba en realidad. Lo que sí recuerdo, es la sensación de poder que me hizo sentir. La portentosa energía con que me llenó verla en el papel. Mi fea letra de estudiante incluso tenía algo de elegancia. Subversiva, dispuesta a cambiar las cosas. Dispuesta a enfrentarme al mundo.

Una de mis maestras favoritas llegó a ver la frase en el cuaderno. La leyó casi por casualidad y me miró con cierta sorpresa. Recuerdo que era de las pocas que tenía el tiempo y la disposición, de escuchar a las alumnas, de tener un espacio de discusión con la nueva generación que ayudaba a educar.

—Entonces, subversiva —dijo.
—Sí.

Katiuska Angarita | Paisaje interior

Katiuska Angarita | Paisaje interior

Conocimos a Katiuska Angarita, una artista que reflexiona acerca del paisaje, su fenómeno y transformación desde la visión particular de quien le contempla

Aplausos virtuales para Eugenio Carreño

Aplausos virtuales para Eugenio Carreño

El joven trompetista Eugenio Carreño gana el Concurso Tocar y Luchar en su Primera Edición en categoría infantil y juvenil. Conozcamos más sobre él y sobre este importante concurso.

La vagina y su anonimato

La vagina y su anonimato

Hablar sobre la vulva femenina no es un tema sencillo ni que se aborda fácil. Aquí es tratado el tema por nuestra feminista defectuosa.

Abdullah | Apuntes desde el vértigo

Abdullah | Apuntes desde el vértigo

Vuelven los apuntes desde el vértigo con una historia donde los protagonistas dejarán sin aliento a más de uno. “Abdullah”, no apto para mojigatos.

Tuve imágenes de manifestaciones callejeras, de levantar pancartas. Era una adolescente que estaba convencida de que se necesitaba un cambio y que eso comenzaba por la decisión de vivir a tono con esa idea. Por supuesto, a esa edad nadie piensa en nada tan elaborado. Pero en mi caso, pensé en que quería hacer algo de envergadura.  De crear algo que me permitiera crear un mundo como el que creía merecía vivir. En esa época, la palabra feminismo no significaba nada para mí. Ni tampoco género, sexualidad, orientación sexual. Era la alumna inquieta de un colegio de religiosas bigotonas a quienes me había acostumbrado a enfrentar. A las que me gustaba confrontar. Y descubrí que eso, en una mujer, es incómodo. Es doloroso, provoca incomodidad. Me acostumbré a ser la que preguntaba sobre por qué las mujeres debíamos ser madres o siquiera, contraer matrimonio. Era la que levantaba la mano para defender a una compañera llorosa por un castigo injustificado. Fui la que llenó de carteles de cartulina barata la cartelera, cuando un profesor se negó a incluir a escritoras dentro de las largas listas de lectura anuales. ¡Queremos leer mujeres! Lo escribí a marcador, furiosa, angustiada, triste, abrumada.  Y furiosa. 

La hermana R., directora y a la que le caía muy mal, arrancó los trozos de papel y los rompió. Y de nuevo, los colgué. ¡Margaret Atwood! ¡Ursula K. LeGuin! ¡Queremos leer mujeres! ¡Queremos leer mujeres! Terminé expulsada. La sexta vez ese año y uno de los motivos por el que no llegué a estar en el acto de graduación. Pero no me importó demasiado. Ni el castigo ni la amenaza que se cumplió. Al mes siguiente había un libro de Jane Austen en la lista de lecturas. ¡Las señoritas Dashwood entraron en la vida de un colegio de monjas!

—La subversión es algo  fuerte, implica responsabilidad —dijo mi maestra— implica que habrá cambios y siempre habrá que defenderlos. Que habrá que decir lo que creas correcto incluso cuando duela. ¿Lista para eso, muchacha subversiva?
—¡Nací lista!

 

Pensé que se reiría. Siempre lo hacía con mis chistes malos. Ese día no lo hizo. Movió la cabeza.  Me entregó el cuaderno.

—Entonces, sé subversiva.

El debate sobre J.K. Rowling

 

Hace unos días, una amiga me escribió un correo muy escandalizada por las declaraciones de J.K. Rowling, en las que puntualizaba su opinión acerca del sexo biológico. Mi amiga me hablaba sobre la gran decepción que sentía por una mujer que consideraba una figura esencial de su infancia y en especial, por la forma en que abordaba un tema de semejante importancia en la actualidad. No respondí. En realidad, por un rato estuve tentada de hacerlo, pero, por último, decidí que no quería hacerlo. Una sensación inexplicable que pocas veces me permito analizar en toda su dimensión.

Fue una conversación complicada por una razón sencilla. Amo a JK Rowling. Todo el que me conoce, lo sabe: soy una orgullosa Potterhead y lo soy porque la saga Harry Potter es desde sus limitaciones y aciertos, una experiencia extraordinaria para lectores de todas las edades. Creo firmemente que Harry Potter —con toda su inocencia, su tránsito de héroe imperfecto a símbolo ideal— es una encantadora aproximación a cierto tipo de valor casi icónico. Crecí con la saga: Harry creció conmigo. De modo que esto no será una conversación fácil, porque, aunque pueda parecer infantil, Rowling es muchas cosas para mí, lo ha sido desde hace más de quince años y lo seguirá siendo probablemente.

Pero…soy subversiva, me recuerdo mientras escucho a mi amiga. Nací para serlo.

También he leído los sucesivos tweets de Rowling sobre un tema álgido en la discusión actual sobre el género, la identidad y la orientación sexual. Analicé con atención la polémica a su alrededor, las respuestas airadas y el apoyo. Al final, me hice una pregunta que puede parecer genérica, pero que, en realidad, consuela de alguna forma, la profunda sensación de desconcierto que me produce la presión contemporánea por tener una opinión. ¿Debo tenerla? ¿Quiero tenerla? Escribo ambas frases en una hoja suelta, las leo juntas. La sensación es de apremio. La necesidad de responder la cuestión de fondo, también. Me contengo, tomo una bocanada de aire. ¿Es necesario que lo haga?

Descubro que no, porque para comenzar, la mayoría de las cosas que deseo decir o que podría articular como respuesta a las declaraciones de Rowling, el malestar a su alrededor o el hecho de la transfobia, son meras elucubraciones. No tengo conocimientos sobre el tema, es una dimensión del feminismo por completo nueva para mí. Pienso que esa ignorancia, es de hecho irrespetuosa con las mujeres trans, con el hecho mismo de debatir una circunstancia que les atañe sin tener una postura sólida. Releo de nuevo las frases en la hoja. ¿Qué deseo decir? En realidad, el punto más importante de todo esto, es la idea general que necesitamos aprender más sobre la identidad sexual moderna, cualquiera que esa sea.

“Soy activista y desearía que todos los cambios y transformaciones ocurrieran al ritmo de lo necesario, de lo que deseo”

La mayoría de nosotros creció en un mundo sencillo. Uno en el que nadie se cuestionaba el sexo binario, biológico o mucho menos, la forma como la cultura nos inculca como debe ser un hombre o una mujer. Qué ocurre cuando no calzamos en las rígidas percepciones de una cultura conservadora. Qué pasa cuando nos hacemos preguntas que van más allá de los genitales, la ropa que llevamos, la atracción sexual, la capacidad reproductiva. La sociedad de hace treinta o cuarenta años, incluso en época más reciente, se limitó a mirar a otra parte para ignorar por completo las graduaciones de enorme importancia que sustentan al ser humano en toda su complejidad. En todas las formas en que puede expresarse. De modo que las nuevas batallas dialécticas están salpicadas de miedo, de una profunda sensación de confusión sobre lo que debe —o puede— ser correcto, justo o solamente natural. La nueva versión de lo que somos, este mundo de dimensiones infinitas, resulta tan asombroso como inabarcable por la mera percepción individual de lo que ocurre más allá de nuestro limitado criterio.

Por ese motivo, irrita y enfurece tanto el debate. La dialéctica diaria de cuestionarlo todo, de hacerse preguntas, de lograr que cada persona de nuestra cultura tenga el lugar que merece, que busca, que le define mejor. ¿Cómo se llega a eso? No es sencillo. Tampoco es algo que ocurrirá de inmediato y a veces, el pensamiento me frustra. Soy activista y desearía que todos los cambios y transformaciones ocurrieran al ritmo de lo necesario, de lo que deseo. De lo que necesita cada uno de los individuos de un mundo que pasó demasiado tiempo aferrado a códigos morales basados en una sensibilidad petrificada en lo moral. ¿Qué tan malo es eso? Es una pregunta que responderás según la edad que tengas, la circunstancia que te rodea, el contexto al que perteneces.

¿Te has preguntado alguna vez, desde la normalidad corriente en que cada uno de nosotros fue educado, cómo es sentir que tu cuerpo no te pertenece? ¿Cómo es despertar cada día preguntándote de manera insistente qué ocurre que no encajas en ningún lugar, en ningún espacio, entre ningún grupo? Antes de que intentes responder, sólo imagínalo. Trata por un momento de enlazar tu vida como la conoces desde un ángulo nuevo, uno que jamás esperaste descubrir. Uno que te arroja al otro lado de todos los lugares mentales y emocionales que consideras reales y posibles. ¿Qué ocurriría si un día comprendes que todo en lo que has creído, en lo que sostienes tu capacidad para entenderte quien eres y hacia dónde te diriges, no es lo suficientemente firme para sostenerte?

Imagina, además, la forma en que el mundo te mirará, te juzgará, te considerará obsceno e incluso, fuera de los restringuidos márgenes de la normalidad. De lo obvio, de lo que te hace aceptable, de lo que te sostiene como una forma de coherencia entre el mundo tal y como lo conoces y lo que ocurre en tu mente. ¿Piensas que podrías sobrevivir a algo así? ¿Cómo lo harías? ¿A quién recurrirías para encontrar consuelo? ¿Cómo lograrías comprender el largo proceso de aceptación que nadie te dijo, antes o después, que existía y que además, debías sobrepasar?

Me lleva esfuerzos imaginarlo. Me lleva tanto esfuerzo que mientras escribo estas líneas, descubro que jamás lo he hecho en toda su extensión. Que jamás he reflexionado lo que en realidad significa no pertenecer, no estar, no encontrar un espacio, un nombre, un lugar, una versión del mundo que le sea reconocible. Me detengo, las manos sobre el teclado. Los dedos me tiemblan. Sé tan poco sobre el tema. ¿Cómo puedo debatir sobre eso? ¿Cómo puedo ayudar a quienes lo necesitan? ¿Cómo puedo insistir en un mundo como el que creo que es justo si no tengo la mínima empatía con los que sufren los problemas que me obsesionan?

 

Es una posición fácil, encontrarme al otro lado de la línea de esa necesidad cotidiana de normalidad y lanzar acusaciones. O señalar, hablar, repetir lo que escucho. Leer un artículo de periódico de seis o siete párrafos y sentir que puedo decir algo valioso para alguien que sufrió buena parte de su vida lo que para mí es impensable. Me hice feminista porque creo que no deben existir ciudadanos de segunda categoría. Que nadie debe ser discriminado por el color de su piel, lugar de nacimiento, género, identidad u orientación sexual. Que la igualdad es algo más que una palabra incómoda, sujeta a ideología. Me hice activista porque creo que puedo ayudar, porque estoy convencida de que hay quien necesita mi mano extendida, mi comprensión, mi simple silencio atento, mi respeto. ¿Tolerancia? La mera palabra me provoca malestar. ¿Quién soy para tolerar a nadie? ¿Quién soy para asumir que la vida, tal y como la vivo, es una certeza?

“Sabemos muy poco más allá de nuestros prejuicios. Discriminamos por miedo. Apuntamos porque no sabemos hacer otra cosa.”

Puede parecer abstracto todo lo que digo antes y sin duda lo es para mucha gente. Estamos acostumbrados a opinar, a lanzar juicios, a llenar de adjetivos todo lo que se rebela contra nuestra noción sobre la realidad. Cada generación tiene sus heridas, sus brechas, sus dolores, sus miedos. Cada uno de nosotros lleva a cuestas siglos de historias que se contaron y nos pertenecen antes de nacer. Para comprender el mundo en la actualidad, el que nos pertenece, el que dejaremos a nuestro paso, lo necesario es empezar a transitar una idea más clara y honesta. Sabemos muy poco más allá de nuestros prejuicios. Discriminamos por miedo. Apuntamos porque no sabemos hacer otra cosa.

 

— Pero Rowling es una grosera.

— No quiero hablar sobre eso.

— ¿Ahora la apoyas?

— ¿Dije algo así?

— Nadie puede simplemente no opinar y lo sabes.

 

Mi amiga terminó por hacerme una llamada telefónica, escandalizada porque no he dicho palabra en medio de un escándalo en el que en teoría, debería interesarme, o al menos en el que debería tener unas cuantas ideas qué decir. Se enfurece por lo que llama mi silencio cobarde, me acusa de “odio” encubierto. Sigo sin responder.

 

— ¿Odias a las personas trans?

— Jamás odiaría a nadie por ser quien es —puntualizo.

— Entonces, tienes que odiar a Rowling.

 

Pienso en una conversación parecida que sostuve en Twitter hace unos días. Un buen amigo preguntaba si “habíamos cancelado” a la escritora, en ese término que parece erradicar toda posibilidad de redención luego de un error público. La idea me sobresaltó. Pensé en la Rowling con la que había crecido, la mujer encantadora que había poblado mi infancia de magos, brujos y batallas a partir de ideales. La misma, por cierto, que insistía en reflexionar en voz alta con toda la libertad que imagino, siente le confiere su estatura como mujer icono, como símbolo de toda una generación de lectores, de soñadores. Una vez leí un artículo muy inocente que insistía que los fanáticos de la obra de la escritora solían ser “mejores, más sensibles y empáticos” con las causas justas.

 

— Y entonces tú le quieres perdonar esto.

— No entiendo por qué insistes en el tema.

 

Pienso que Rowling se ha convertido en otro tipo de símbolo. El de todas las personas que analizan términos que atañen a la libertad, la sexualidad y la identidad de cientos de rostros anónimos alrededor del mundo, desde la opinión. Desde la posibilidad de decir lo que pueden desde sus escasos conocimientos. Rowling insistió incluso que había sido víctima de violencia doméstica y agresión, como para dejar claro, que entendía la exclusión, que hablaba desde ese lugar doloroso de los sobrevivientes.

Pero en realidad ¿De verdad entendemos en toda su dimensión lo que ocurre en nuestra época? ¿En medio de esta generación a la que se la acusa de “frágil y ofendida”? ¿Valoramos en toda su extensión el privilegio del que disfrutamos de poder finalmente visibilizar problemas, dolores, heridas, traumas que antes debían pasar desapercibidos? ¿Cómo afrontamos la idea que la gran discusión virtual acoge todos nuestros espacios luminosos y oscuros? ¿Dedicamos el tiempo y la paciencia necesaria a investigar, profundizar, entender realmente a qué nos referimos al momento de señalar al otro? ¿De acusarlo de blando, de sensible?

 

—Rowling no tenía derecho a decir algo así —insiste mi amiga— ¿cómo lo hace? ¿por qué lo hace?

—Mira, la verdad ninguno de nosotros se toma el tiempo de hacer otra cosa que batallar por cosas que comprende a la mitad.

“Cuando eres activista, sabes que la postura moral e intelectual debe profundizarse.”

Hará una semana, se viralizó en redes sociales un artículo en que se analizaba la incapacidad de nuestra época para admitir la propia ignorancia. El autor, insistía en que la mayoría de todas las voces en redes sociales y fuera de ella, sienten el impulso de dar su punto de vista, opinión, de dejar claro que tienen algo qué decir sobre cualquier debate, incluso el que los sobrepasa. La mayoría de las veces ocurre por miedo, por desazón, por rencor, por ignorancia. Casi siempre por la infantil arrogancia de un mundo hipercomunicado que asume su reflejo virtual como infalible.

Cuando eres activista, sabes que la postura moral e intelectual debe profundizarse. Que debes tener la humildad para asumir que necesitas reflexionar sobre lo que dirás, harás o de la forma en que te comportarás. O al menos a mí me ocurre, desde la adolescente que fui, comprendí que ser mujer en un país machista era una frontera sofocante. Porque a medida que crecí, me tropecé con todo tipo de pequeños límites que imponía sobre mi vida, esa mirada insistente de la cultura donde nací. No se trataba de que yo fuera especialmente rebelde o transgresora —no lo fui, de hecho— sino que en mi país, la sociedad parece obsesionada con el comportamiento femenino, con la diferencia, con quienes tienen el atrevimiento de asumir su identidad con valentía.

Y comencé a transgredir ese límite, siempre que podía, de todas las maneras que conocía. A hablar cuando no se suponía que debiera, a preguntar cuando debía estar callada. A leer lo que no debía, a interesarme por temas que una mujer de mi edad no tenía por qué discutir. A hacer cosas que se suponía una mujer no debían interesarle.

Gradualmente, descubrí que conservar mi identidad implicaba enfrentarme a una serie de opiniones y criterios sobre mi vida insoportables y que dibujaban un tipo de mujer imaginaria que jamás sería ni me interesaba ser. Preocupada y desconcertada por la idea, durante años me pregunté dónde encajaba yo en el paisaje de lo femenino en mi país, cuál era mi lugar en esa serie de estereotipos y tópicos que parecían excluirme y aplastarme. Nunca lo supe o, mejor dicho, nunca encontré esa pieza que podía definirme, ese espacio que podía considerar propio en medio de tantos trozos vacíos de identidad e información.

De modo que ahora, una adulta en mitad de una época de opiniones, intento detenerme y reflexionar. La palabra transgénero no es sólo un término: abarca vidas enteras. Abarca la concepción del mundo de millones de personas alrededor del mundo. No es sólo una forma de puntualizar la identidad sexual de nadie. En algo más grande, más importante. Lo mismo que transfobia, maltrato, agresión. Lo mismo que las discusiones repletas de acusaciones que siguen sin entender que entre todos los debates hay situaciones de inimaginable gravedad y dolor. Que en cada palabra que usamos con tanta irresponsabilidad, hay extensiones inabarcables de experiencias, terribles, duras, traumáticas, esperanzas. ¿La opinión a medias, sin sentido ni asidero puede abarcar algo semejante? ¿La suya, la mía? ¿La de cualquiera de nosotros?

No lo creo. En realidad, tener una opinión —mucho menos, tener la razón— dejó de importarme. Trabajo cada día de mi vida por aprender un poco más de cada una de las personas a las que quiero ayudar. A quienes antes no tuvieron nombre y ahora deben defender sus espacios, a las que tratan de avanzar en medio del desconcierto de una nueva percepción sobre la cultura. ¿Es una visión demasiado blanda? ¿Confusa? Imagina que lo que opines no sea importante, no tenga otro valor del que le otorgas. Que no importa tu posición ideológica, sólo son palabras. Que lo realmente valioso, son cada una de las personas en el mundo que necesitan ser incluidas, asumidas como parte de un todo, respetadas en toda su diversidad.

Si la discusión en redes entre Rowling, quienes la apoyan y los que no, permite que sientas un poco más de empatía por algo que no entiendes ni comprenderás, comienzas a analizar el mundo más allá de los límites y privilegios en los que naciste. Si tomaste un minuto de tu tiempo para comprender la condición que define la vida de alguien más, que se sostiene sobre lo que somos y lo que deseamos, entonces algo comienza a evolucionar. Si recordamos que por cada prejuicio hay alguien que necesita ser comprendido, defendido, consolado, hay algo de real valor en medio de los interminable debate indisoluble en las redes sociales.

Y eso en el mundo actual, quizás es a lo más valioso que se puede aspirar.

Tal vez te interese ver:

Artículos recientes

Bruja, fotógrafa y escritora.

Columnista en The Wynwood Times:
Crónicas de una feminista defectuosa

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver Política de cookies
Privacidad