Por Florángel Quintana

Mi hijo no cree en la institución de la iglesia católica. Bueno yo tampoco, la verdad. Creo en Dios, en una fuerza superior a mí que me reconforta en momentos de angustia, pero en un conjunto de hombres que son tan pecadores como cualquiera, no, no creo, y en preceptos castradores y ambiguos, menos. Digo no al conjunto de sistemas de creencia ancestrales, a los atavismos, ¡a los escándalos!

Pero volviendo a mis vicisitudes de madre de un millennial, en este joven adulto que veo crecer en sus músculos y en sus argumentos me preocupa que raciocine mucho y no tenga asideros que lo calmen o lo motiven en la espiritualidad. Porque el soporte espiritual sirve es para eso. Creo y le hablaba mucho a él cuando era niño, que la espiritualidad es una fuerza no es una corriente del pensamiento ni es un constructo social como la religión. Es un valor positivo que se vincula a un comportamiento coherente con lo moral y ético.

Cuando digo que es una fuerza, me refiero a eso intangible y potente que sucede dentro de nosotros. Esa respuesta que nos llega después de meditar o de orar. Esa certeza de bienestar que sentimos aunque estemos pasando por situaciones complicadas. Es como pensar que alguien está a cargo… aunque sea uno mismo quien asume el peso de sus decisiones y avanza con la seguridad en sí mismo.

Generalmente en la infancia y debido a la influencia de la educación en colegios religiosos, dejamos en manos de las monjas o de los sacerdotes, el peso importante de la espiritualidad. Quizá no sea el caso de muchos, tal vez algunos padres estaban bien enfocados en ser ellos quienes enseñaran a su hijo o hija a discriminar eso que se entiende como “principio generador, carácter íntimo, esencia o sustancia de algo”, una de las acepciones de espíritu de acuerdo al diccionario de la RAE.

La idea de espiritualidad nos vincula con la búsqueda del sentido de la vida. Trasciende lo mundano, sin embargo ni es extraordinario ni es especial ni nos hace mejores o particularmente valiosos.

Ante la pregunta a mi hijo de en qué cree, me responde muy serio que en él mismo. Hace una pausa y agrega: y en ustedes. Se supone que los padres debemos ser eso: confianza, apoyo, amor incondicional. Entonces, cuando creemos en Dios, creemos en un ser amoroso, por encima de todo, que nos sostiene a toda prueba. Pero, ¿por qué nos hace ruido que un sujeto en su adultez nos diga que cree en él y no en una entidad superior a todo lo conocido? Lo asumo como un asunto generacional.

En una encuesta del Pew Research Center, publicada en noviembre 2015, se reveló que los millennials están menos apegados a la religión que sus padres o abuelos a la misma edad. Muchos de ellos abandonan la religión, específicamente las iglesias católicas y protestantes, y esto es una caída pronunciada desde la década de 2000 cuando aparecieron los primeros casos de escándalos de abuso sexual y el debate sobre el matrimonio homosexual.

¿Creen los milénicos en un dios que castiga, que dice que hay un pecado que deben expiar, que es intransigente ante las diferencias? Ellos que han crecido entre las maravillas de lo nuevo, único, distinto, pues de seguro esto no les suena “motivador”. Ellos que han aprendido a elegir lo que desean consumir (objetos, situaciones, ideas) y lo han hecho desde la libertad de pensamiento –y ante unos padres abiertos a esa experimentación de plena libertad–, no hay satisfacción en el mensaje religioso.

Los millennials están enfocándose en elegir su propia ruta de espiritualidad. Los oyes hablar de yoga, retiros en islas del Pacífico, meditación guiada en podcast. Si desean ahondar en el tema del espíritu solo están a un clic de foros, reseñas, comentarios y videos. Solo espero que comprendan lo que dijo Carl Jung: “Solo se volverá clara tu visión cuando puedas mirar en tu propio corazón, porque quien mira hacia afuera duerme y quien mira hacia adentro, despierta”.