“La verdad es que desde la distancia a uno le cuesta reconocer a un país que se ha ido desdibujando de a poco sin que hayamos podido evitarlo.“

Por Miguel Ángel Latouche.

La gente del Wynwood Times me ha invitado a escribir con ellos y he aceptado, con gusto, hacerlo desde este numero en adelante. Me parece una oportunidad genial para continuar una labor de reflexión que tuve la oportunidad de realizar durante varios años en Tal Cual y en Efecto Cocuyo.  En aquel entonces escribía desde la Ciudad Universitaria, encerrado, para escapar de las múltiples exigencias de la administración docente, en mi oficina de la Escuela de Comunicación Social. Hoy lo hago desde la distancia de un exilio que las circunstancias de nuestro país fantasma me han impuesto y que yo he aceptado con resignación. Yo soy solo uno de los más de cinco millones de venezolanos que por diversas razones nos hemos visto obligados a salir del país para escapar de este largo proceso de destrucción colectiva a la cual nos hemos visto sometidos durante ya demasiados años. Los venezolanos no estábamos acostumbrados a emigrar, por el contrario, durante muchos años recibimos a la gente más diversa, que al igual que nosotros ahora escapaba de las garras del autoritarismo, de la destrucción e intentaba reconstruir su vida lejos de casa. Gente que buscaba nuevas oportunidades para ser felices. Los venezolanos somos un pueblo apegado a la tierra y a las tradiciones, nos pesa mucho la familia, por eso nos cuesta tanto acostumbrarnos a los nuevos idiomas que nos confrontan, a nuevos sabores, olores y costumbres. Todos hemos realizado un viaje de autoconocimiento que nos ha hecho crecer, vernos de otra manera. Creo que la mayoría de nosotros espera poder regresar al país, de visita o permanentemente, según sea el caso. Todos esperamos el momento de la reconstrucción, que llegará sin dudas. Por ahora, sin embargo, nos enfrentamos a la dureza de vernos lejos, de reconocernos en la distancia y el desarraigo.

Lejos quedaron aquellas viejas consejas colectivas según las cuales, se suponía, estábamos condenados al éxito. Décadas, sin duda más de dos, de rentismo petrolero, falta de visión y corrupción generalizada se han convertido en los principales males de nuestra república inconclusa. Más de una vez hemos olvidado que los países se construyen trabajando, demasiadas veces hemos apostado a jugarnos a Rosalinda, con las consecuencias que ya conocemos. Desde las viejas formas de exclusión pequeño- burguesas que caracterizaron nuestros desvelos de antaño y que nos trajeron hasta acá, transitamos hacia formas de deconstrucción de lo colectivo mucho más duras y devastadoras. La verdad es que desde la distancia a uno le cuesta reconocer a un país que se ha ido desdibujando de a poco sin que hayamos podido evitarlo. ¡Vivimos una gran crisis nacional!, quizás la mayor desde la Guerra Federal.

En ese contexto agradezco, entonces, la oportunidad de este espacio para reflexionar. Si uno entiende que la Política tiene que ver con la construcción de espacios para la convivencia colectiva y no pura y simplemente para la búsqueda del poder y la dominación, entonces el rango de nuestras preocupaciones cívicas se amplía, tanto como lo hace la necesidad de pensar cuidadosamente acerca de las causas profundas de nuestros dilemas contemporáneos y de las consecuencias de nuestras acciones. A los venezolanos de nuestro tiempo nos corresponde preguntarnos, en tantos que miembros de nuestra asociación política, ¿Cómo es que llegamos hasta acá? La verdad es que no hay respuestas fáciles y no tendrían por qué haberlas. Lo cierto es que el ejercicio de lo político es un ejercicio de la inteligencia. La acción política solo puede ser justificada por el pensamiento que la respalda. La consistencia de ese pensamiento determina la calidad de la acción que le sigue. A los venezolanos nos gustan los “vuelvan caras”, la acción de fuerza, las soluciones de corto plazo. Quizás eso explica nuestra ausencia de héroes civiles, la prevalencia del fuero militar.

Queremos salir de nuestro atolladero histórico porque sí y rapidito, como si eso fuera posible. Se nos olvida que Bolívar escribía cartas, muchas cartas, no porque le gustase escribir, —si así hubiera sido hubiera escogido otro quehacer—, sino con la finalidad de establecer un hilo de pensamiento que permitió construir y mantener el proceso de guerra independentista. El pensamiento es, en sí mismo, un mecanismo que convoca, que moviliza, que crea identidad, que nos define, somos lo que pensamos; la ausencia de pensamiento es la nada. A mí siempre me ha asombrado la manera como Cicerón logró “desmontar” la conspiración de Catilina y los suyos, sin movilizar tropas, mediante los hermosos discursos recogidos en sus Catilinarias. “Hasta cuando abusarás, Catilina, de nuestra paciencia”, su voz parece retumbar a lo largo de la historia de la humanidad. Castro Leiva se quejaba amargamente de que solo uno de nuestros políticos profesionales del Siglo XX —ni hablar del siglo XXI— hubiera escrito una obra verdaderamente trascendente. Se refería a Rómulo Betancourt y su Venezuela Política y Petróleo.  Hay otros, claro. Teodoro, por ejemplo, fue un buen pensador y dejó una obra de interés que hay que revisar. La lista de nuestra intelectualidad política, sin embargo, no es muy larga y eso, creo, explica mucho de nuestro devenir. Vivimos, en tanto que sociedad, una profunda crisis de adolescencia tardía que debemos empezar a reconocer para empezar, diría Foucault, a hacernos cargo de nosotros mismos.

Somos individual y colectivamente el resultado de nuestras decisiones. En algún punto decidimos no avanzar en la reforma del Estado, según lo sugería la COPRE, tampoco renovamos a los Partidos Políticos, ni atendimos suficientemente el problema de la pobreza y la exclusión, pero más aún la sociedad venezolana decidió votar en la última elección del siglo XX por el ultimo hombre a caballo. “De aquellos polvos tenemos estos lodos”. La responsabilidad de lo que nos pasa tiene un carácter colectivo. Quizás si hubiéramos leído más y mejor a Doña Barbara hubiéramos evaluado más cuidadosamente a la figura de Hugo Chávez y a los conjurados que lo acompañaron en la aventura de 1992, pero es necesario recordar que en los carnavales del 93 el disfraz preferido por las familias venezolanas era el de comandante. Una oda al fuero militar, un atajo a la crisis que nos aquejaba en aquel tiempo, una huida hacia adelante. Le apostamos al País Campamento del que nos alertaba Cabrujas. No solamente no habríamos sembrado el Petróleo, es que, peor aún, dejamos al Estado y sus recursos en manos de unos bárbaros que se han dedicado de manera sistemática a restituir el Miedo entre nosotros, a imponer la Ley de Doña Barbara y recompensar Mujiquitas, que hay muchos. Uno espera que hayamos aprendido la lección, los atajos no nos llevan por buen camino.

Las estadísticas no nos favorecen. Cuando uno revisa las cifras de desplazados, las familias separadas, la inflación, la escasez, los asesinatos per cápita, la violencia, etc. Se da cuenta de que las mismas responden a un país que se encuentra en una guerra silenciosa en contra de la civilidad. Una guerra que no es reconocida como tal por la Comunidad Internacional pero que está presente entre nosotros y que le ha costado la vida, el bienestar y el futuro a millones de venezolanos. Una crisis que no parece estar cerca de terminar y que nos ha causado a todos un profundo dolor. Madurar no es nada fácil, ahora nos toca repensarnos como sociedad, reinventar el proyecto colectivo, resistir. Ese parece ser el primer paso en el largo camino que tenemos por delante. Yo soy, por encima de todo, optimista.