Por Carlos Cuellar Brown.

Yo pertenezco a una nación huérfana, que se desmoronó entre trasnochados golpes y trapisondas de medianoche, secuestrada por un estado tan vil como el alacrán que pica por la espalda y asalta a quema ropa. Pertenezco a una nación desarticulada por miles de caminos que conducen a senderos rocosos, flanqueados por precipicios de huecos profundos, desde donde una nación embarrada en arenas movedizas, no le queda más compañía que la del caimán y la anaconda que acecha.

Sin embargo, yo, como millones de otros, quiero que me devuelvan a mi país desecho, para empezar de nuevo, para recoger sus pedacitos regados de duelo luego de esta larga noche, donde el amanecer despierto y el aroma de sabana dulce nos abrace a todos, como las madres que abrazan emocionadas a sus hijos pródigos que han vuelto.

Yo quiero un país donde la copla llanera no se congele en una nevada andina, y el turpial enamorado le siga cantando a la sirena caribeña. Donde las cataratas del Ángel limpien centurias de tropiezos garrafales y la selva crezca y arrope nuestros desaciertos. Donde los mantos grises del bosque nublado cubra el horizonte de dunas blancas solitarias, y abajo los campos fértiles alimenten a un pueblo noble que se crece ante la luna llena.

Yo quiero un país donde nos encontremos todos sin importar el color, ni la edad, ni las prendas que se lleva. Yo quiero un país donde el individuo no sea medido por los derechos que un estado le otorga, porque nuestros derechos son derivados de las leyes naturales y nuestras libertades son inalienables, entregadas por Dios cuando nos dio libre albedrío.

Yo quiero un país donde haya dictadura, pero me refiero a la dictadura de la ley, y no a una ley politizada, sino más bien a la ley cuya misión sea defender los derechos de los individuos, una ley que no permita que se atropellen los derechos de los unos y los otros, porque es ahí donde somos iguales todos.

Yo quiero un país donde los ejercicios de poder no sean para agraviar al ciudadano, donde el que nada tiene por lo menos tenga una representación ecuánime en una corte expedita donde exista una legítima defensa. Donde no haya mayor interés que el de una nación de igualdades ante la ley y ante las oportunidades, donde tu superación no dependa de tu apellido, ni del bolsillo de un acomodado.

Yo quiero que mi país sea una república, donde el gobierno lo constituya un puñado de hombres y mujeres capaces y honestos, donde el estado sea pequeño y se acabe el estado como negocio. Yo quiero un país donde los poderes sean de verdad autónomos, con base en méritos y no designados a dedo, ni por planchas, ni por nóminas partidistas, donde los términos de servicio público sean breves y sin reelecciones, donde el poder ciudadano sea real y pueda alzarse en armas contra las tiranías siempre.

Donde la naturaleza sea querida y tenga igual derecho de vida que nosotros, donde se respeten los ancianos y haya libertad de credo, porque un país empieza con la moral de sus hijos, con las luces de sus pueblos. Donde la propiedad privada sea rey y se imponga sobre los predios. Donde la prensa sea libre y no obedezca a los intereses de los medios. Más aún quiero un país donde la prensa libre sea el cuarto poder y su función sea criticar y vigilar sigilosamente a los funcionarios elegidos que manejan nuestros destinos.

Donde el ejercicio cívico empiece por respetar a terceros, a los otros. Donde el orden y la creatividad no sean contradicciones. El país que yo quiero no es una pobre nación en el destierro, no es un país que expulsa a sus hijos a caminar descalzos por cumbres borrascosas. Yo quiero un país donde podamos sepultar a nuestros muertos en tumbas que no son profanadas por hordas de maleantes desesperados. Donde sea uno libre de pensar lo que quiere y hasta de proclamar si usted gusta, en cualquier plaza o esquina, donde el diálogo permita entenderse con puntos de vista distintos, sin estar de acuerdo. Donde la cordialidad y las buenas costumbres sean el pan de todos los días.

 Quiero un país donde las fronteras contengan a una nación libre y ordenada, libre de contrabandistas y de guerrilleros, de especuladores y traficantes de ilusiones, y de ser así convoco una vez más a la mano dura de la ley que de ser necesario y probablemente lo sea, use sus fusiles para resguardar nuestras delimitaciones. Porque no existe país sin fronteras.

Sueño un país con una economía moderna donde se acabe la “maquinita” de imprimir dinero, donde se incentive a los pequeños y medianos productores que junto a los centros de investigación y las escuelas técnicas, formen el frente nacional de reactivación industrial. Donde los individuos existan económicamente. Donde el producto interno bruto sea medido por la capacidad de producción de nuestros trabajadores.

Donde el ingreso producto del sudor de nuestras frentes no sea materia de impuestos sobre la renta, porque no subsistimos para mantener al estado y por supuesto mucho menos a un estado forajido. Sueño con un país donde el petróleo y minas, de verdad sean riquezas que siembren nuestras tierras, donde se agigante la agricultura regenerativa. Quiero un país donde la industria privada genere infraestructura y construya un país moderno, eso sí, respetando la ecología y condenando la destrucción del medioambiente, sobre todo porque en nuestro caso, es un recurso no renovable que enaltece nuestra gran belleza y biodiversidad.

Yo quiero un país donde la internet sea gratuita, abierta y libre y que así sirva de plataforma educativa, porque la mayor riqueza de un país son sus habitantes instruidos. En este país los deportes, las ciencias, el arte y la literatura serán pisos fértiles que forjarán generaciones de ingenieros, profesores, arquitectos, doctores, enfermeras y usted diga, creando una gran masa de profesionales calificados, muy bien actualizados. Y parte principal de este proceso sea inculcar desde chiquitos, la disciplina y el trabajo, donde estos atributos dignifiquen la humanidad y el progreso. Solo con el amor al trabajo y la perseverancia se logrará superar nuestras taras y retrasos. Y porque la riqueza no se transfiere, no se roba ni nos las da un estado paternalista, la riqueza se produce con nuestras mentes y con nuestro mayor esfuerzo.

Y no crean que soy ingenuo por querer un país como el que yo quiero, y porque es de humanos soñar con un mejor destino, donde se siga errando constructivamente, evolucionando los atributos que hemos heredado del cielo. Y claro no existen utopías históricas, ni caminos rectos, pero en las ondulaciones de cualquier río amazónico, se van sedimentando los embancamientos de un territorio que recoge su caudal grueso al llegar al delta, desde donde se vacían sus aguas, al mar abierto del atlántico medio.

El país que yo quiero imaginar es aquel donde se elimine la lepra política y se purifique la sociedad, donde se pacifiquen las diatribas familiares y exista una recomposición política y social de libertades fundamentales desde donde se construya un nuevo estado con gente honrada y digna. ¿O es que acaso no existen o más bien será este un sueño soñado?

Yo quiero un país donde los miles de millones de dólares que se robaron durante décadas de corruptelas administrativas sean devueltos e invertidos en hospitales, escuelas y centros asistenciales que protejan a los desposeídos. Sueño con un país donde se haga justicia y paguen bien caro todos los que huyeron con sus fortunas mal habidas. Donde el crimen organizado y los hampones de barrio sean apresados y paguen condenas y sobre todo donde los infiltrados y los mercenarios que cohabitan con los que usufructúan nuestros tesoros y diamantes, sean expulsados y entregados a tribunales internacionales. Donde los delitos de lesa humanidad cumplan sus sentencias, donde se recompense y se rinda honor a los héroes caídos en las luchas de franela. Un país donde se le levante una estatua a Franklin Brito que no solo fue un hombre sencillo que defendió con su vida sus tierras confiscadas, sino que también representa el coraje de una nación que se resiste a la muerte y simboliza a los miles de hombres y mujeres que han derramado sus sangres sobre esta, mi querida tierra.

Yo quiero un país donde podamos sanar nuestras heridas y estas empiezan por pedirle perdón al que a ciegas nos negó una mano amiga, donde podamos acordar que nada es perfecto y nos debemos un mejor presente. Un país libre de caudillos y montoneras, libre de “conchupancias” partidistas, libre de reyezuelos e improvisados feudos violentos, donde los privilegios no tengan cabida, ni existan leyes selectivas para grupos y consorcios. Donde los vecinos se den cuenta de que sin los unos y los otros no se construye sino un oprobio.

Yo quiero un país donde redescubramos la hispanidad, y porque es el idioma lo que nos une como gran familia, desde las Floridas hasta la Tierra del Fuego, es el hilo cultural que pone la mesa servida, desde donde blancos, negros, indígenas, mestizos, orientales y europeos se sientan juntos para brindar por un luminoso porvenir venidero.

 Y no basta con querer este país que nunca tuve, para esto hay que empezar todos por construir bloque a bloque, casa por casa, paso a paso, carreteras de la esperanza, que nos lleven al país próspero que siempre quisimos. Alimentemos desde ya, desde los mil sitios esta semilla que hoy germina, para que desde el subsuelo nazca erguida como los árboles, la cuna de millones de ciudadanos claros y la gloria de un bravo pueblo que no se rinde, que ante el sol inclemente de la llanura, busca descanso entre sombras y dictadura, para después dar un paso al frente y despojarse de este lastre histórico. Después de ser pisoteada por las terribles botas de la tortura, te pido Dios grande infinito, que concibas el vientre fecundo de mi madre violada, y que santifiques de un embarazo digno, el nacimiento de una patria amada que recibe con sus brazos abiertos a sus hijos desde el lejano olvido.

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