Por Andreina Mujica

Fotos: Andrés Manner

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Llegar a Miami es llegar a casa. Al menos, a la casa de mis amigos. En esta ocasión, también era la oportunidad de finalmente presenciar «Papá Cuatro».

Tiene la cintura que hace que la música baile en Colombia, Trinidad, Puerto Rico y Cuba. No es el cuatro venezolano, pero son sus primos cercanos. El cuatro y sus cuerdas son nuestros puntos cardinales: al norte el Mar Caribe, al sur Brasil, al este Guyana y al oeste Colombia.

Pero no eran cuatro, eran cinco. Cinco músicos brillantes, cinco artistas de una calidad infinitamente probada. El telón baja, luego sube, y en este caso, la luz se enciende con el trino de Mariaca Semprún. Ella puede ser La Lupe, una Novicia Rebelde, una cantante francesa o simplemente ella misma. Su rango vocal es maravilloso y lo comparte generosamente en «Papá Cuatro». No es una víctima, es realista y entusiasta. Si nos detenemos a pensar, ¿qué no hace Mariaca?

Si el cuatro es nuestro papá, entonces el tío Simón es su hermano. En la obra, se rinde homenaje a Simón Díaz, recorriendo la música tradicional de Venezuela y abarcando todos los géneros regionales del país. La interpretación de Mariaca nos lleva a los llanos con su canto a la garza mora, celebrando nuestra venezolanidad con aplausos y alegría. Sin embargo, también nos parte el alma al escuchar cómo su hogar, siempre lleno de gente, quedó vacío hasta que ella, sin saberlo, partió sin retorno y sin visa.

Luego, el arpa entra en escena con la dulzura de Eduardo Betancourt, arpista y gran conocedor de la música llanera. El arpa parece recibir un meticuloso masaje de sus manos, con movimientos estudiados entre sus dedos. Junto a él, Juan Vicente Torrealba parece acompañarlo en el escenario, narrando cómo aprendió a dar clases en español durante lo que llamamos emigrar por cuenta propia. Pero el arpa nunca lo abandona, al igual que el cuatro que siempre viaja con él.

“Papá Cuatro” celebra la vida, los amigos, los encuentros y no las despedidas; la música se desarrolla en un escenario que evoca un estudio de grabación, con toques tanto vintage como futuristas. Trae nostalgia, pero a la vez enaltece la riqueza de una época y de un lugar que se está desvaneciendo, pero no en nuestra memoria.

El humor es llevado por el percusionista Adolfo Herrera y la bandolera (como diría Blades) y bandolinista Mafer Bandola. Mafer es una ejecutante extraordinaria de la bandola llanera, originaria de Barquisimeto y criada en Guanare. Actualmente es parte del proyecto Ladama, junto a Lara Klaus, Daniela Serna y Sara Lucas. Adolfito, que mide casi dos metros, es como un peluche que no cabe en una cajita feliz, pero nos hace felices a todos. Él tomó un avión y se abrió paso en la familia, dejando las baquetas para trabajar en construcción o como Uber. Cuando pensó que era el momento, trajo a su familia, y cuando piensa en casa, piensa en Miami. 

Además de ser baterista y percusionista, ha grabado en muchos álbumes, incluyendo los del Aquiles Báez Trío. Si hay un guateque, ahí está Adolfo, siempre dispuesto a ayudar a un amigo.

Miguel Siso, el gran cuatrista guayanés radicado en Dublín, nos cautiva con su virtuosismo en el cuatro. Ganador del Latin Grammy por su álbum «Identidad», lo que hace Siso con el cuatro es simplemente mágico. Los ojos de los asistentes están fijos en él, algunos incluso detienen su respiración para escuchar mejor. Nos reímos con él, pero también establecemos un vínculo directo, y algunas lágrimas se derraman al escuchar su historia. En el escenario, nadie se pisa la cola, todos somos un solo país, virtuosos, trabajadores y audaces. Nos muestran que para emigrar se necesita perseverancia y llevar esos cuatro puntos cardinales sin que eso impida hacer vida en la nueva tierra que nos acoge. Ser venezolano es ser agradecido… y muy talentoso.

Esta última función de «Papá Cuatro» trajo una buena noticia a través de las voces de Michel Hausmann y Moisés Kaufman: ¡1000 nuevos becados en la Universidad Metropolitana! Venezuela está en muchas partes y nadie olvida su terruño.

Yo viajé desde Madrid a París, de París a Nueva York, donde me encontré con amigos que tienen un negocio en Miami, más bien un consulado con el mejor café de la ciudad. Allí presentan artistas, libros y ahora yo, para retratar a los comensales. Gracias a esa sesión de fotos, conseguí un boleto a Houston y luego a Miami, invitada por las millas de un viejo amigo del colegio en Caracas. Finalmente, logré asistir a la última función de «Papá Cuatro». Gracias a Mariaca, Adolfo, Miguel, Eduardo y Mafer, por ahora no podré ir a Venezuela, pero ustedes me la trajeron. Ahora «Papá Cuatro» debe viajar a París, allá los esperamos.

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