Por Adlyz Caliman.

En mi querido país, Venezuela hay muchas cosas que se han perdido, una de ellas es el acceso a los libros. Lo que no hemos perdido es la pasión por leer. Cuántas librerías cerradas y cuántos empresarios que huyen despavoridos a otras fronteras, dejando un candado en sus librerías para quizás regresar en un futuro incierto.

Solo unas pocas librerías quedan abiertas, la mayoría de ellas en Caracas siendo inaccesibles para mí porque vivo en el interior.

 

La sensación de tener un libro en mis manos

Como amante de la lectura, esto fuese una catástrofe de épicas proporciones si no fuera por la existencia de los libros electrónicos que, aunque no son mis favoritos, representan prácticamente la única opción para mantener mi pasión lectora.

Por supuesto, nada sustituye esa sensación orgásmica que produce tener un libro impreso en las manos. Su olor, su textura, los colores y arte de la portada, el dolor en el arco del dedo pulgar de la mano por mantener el libro abierto durante horas continuas.

Cuando era niña, recuerdo que mi paseo favorito era el de la librería. Podía estar horas viendo títulos y portadas, e imaginarme las historias que contendrían esas páginas. Y mi mejor regalo: llevarme aunque fuese un libro a casa conmigo. No siempre se podía y eso me deprimía un poco. Hasta que un día llegó a mi casa algo maravilloso: el Círculo de lectores.

 

Llegó el Círculo de Lectores

El Círculo de Lectores era una empresa que vendía libros por catálogo, tal y como lo hacía Van Realte con su ropa interior o los cosméticos de Avon. Lo conocí un día que tocó a la puerta de mi casa una señora cual evangélica dispuesta a capturar almas descarriadas y seguir despertando a más amantes de la lectura.

A través de la reja –no podía abrir la puerta a extraños–, la señora me explicó que podíamos ordenar libros, enciclopedias, cuentos y todo el material didáctico que ofrecían; no solo con descuento, sino con facilidades de pago.

El único dinero que manejaba era mi mesada depositaba en mi alcancía de elefante del Banco del Caribe y de la cual me despojaba religiosamente los viernes para comprarme un helado de fresa, vainilla y leche condensada. Quizás, reuniendo la mesada de cuatro semanas, me alcanzaría para comprar un libro al mes.

Le pregunté ilusionada si podía quedarme con el folleto y me lo dejó, junto con la promesa de regresar tres días después por un primer pedido.

En conversaciones con mi mamá y después de regañarme nuevamente porque abrí la puerta a extraños, aunque fuese a través de la reja, accedió a comprarme mensualmente uno de esos hermosos libros con cubierta dura y letras de oro, para que pudiera seguir disfrutando de mis frías y dulces meriendas de los viernes con mi dinero ahorrado.

Por años pude nutrir mi biblioteca con esas bellas ediciones hasta que de repente, un día, dejó de llegar a mi puerta esa evangelizadora de culturas con su catálogo de fantasía. Y con ello, poco a poco, mi ciudad comenzó a perder el brillo y la alegría.

 

La pasión por leer y el círculo de lectores volvieron con la ola digital

Una nueva ola de emprendimientos online y las mismas librerías clásicas en su necesidad de modernizarse, trabajan sin descanso para rescatar el brillo de antaño, la felicidad espontánea y la cultura social, haciendo posible adquirir una obra literaria en físico, a través de las maravillosas redes sociales y el envío doméstico nacional. Una gran oportunidad para los bibliófilos.

Ahora, mi catálogo de libros no es en físico, sino online, y la alegría de leer, renovada.

Mientras, hago lo que Miguel de Unamuno recomendó en uno de sus poemas:

“Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron”…

La única diferencia es que esta alma no olvida, recuerda y anhela su pasión por leer.

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