Durante la década de los sesenta, buena parte de las feministas comenzaron a explorar la literatura, costumbres y el folclore mundial, en busca de figuras femeninas poderosas, a través de las cuales, pudieran comprender la importancia del poder de la mujer en situaciones en las que la ley, la cultura y la tradición, las limitaban a un poder secundario. Se trató de una revuelta cultural, muy semejante a la política que se llevaba a cabo en las calles y que permitió a toda una generación de mujeres, hacerse preguntas sobre la mujer que habitaba detrás del estereotipo de la sumisa, amable y complaciente que el imaginario histórico de todas las épocas había sostenido como canon cultural.

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Para los que hemos leído buena parte de su obra, resulta difícil no imaginar al propio Paul Auster camuflado en su último personaje y título: Baumgartner. Es la gran metáfora de sí mismo, desdoblado mientras lo escribe y se escribe.

El Dr. Ronald Hutton, autor de Pagan Religions Of The British Isles, analizó el fenómeno y llegó a la conclusión, que la serie de investigaciones que llevaron a cabo un nuevo tipo de mujer, educadas bajo la concepción de la síntesis del conocimiento histórico y social, creó una manera nueva de comprender el sentido sobre la femenino como sagrado, poderoso y en especial significativo. Además, el experto encontró que la mayoría de los hallazgos antropológicos llevados a cabo por mujeres investigadores en varios ámbitos de conocimiento, concibió un reverso misterioso sobre la historia de la magia, el poder y la trascendencia del conocimiento oral, que hasta entonces, había pasado desapercibido.

“La mayoría de las estructuras de aquelarres genuinos, tal y como antropólogas e historiadoras han reconstruido como hallazgos históricos recientes, comparten los principios básicos de la adoración a la diosa, la creencia de que la naturaleza es sagrada y el honor de entidades, como la noche, la luz de la luna y lo femenino. En este sentido, es una contra religión que venera lo que ha sido degradado por nuestra cultura ” apuntó el escritor en su libro. Se trata de un reconocimiento al poder de la mujer y en especial, a la forma como la voluntad, la cualidad intelectual y la preeminencia de ideas basadas en el ideario relacionado con lo femenino, tiene una renovada importancia en la cultura de masas.

No hay antecedentes precisos sobre la primera mujer que se llamó a sí misma, bruja. Pero sí de que Dios, el eterno patriarca de los valles celestiales, antes de ser un célebre soltero tuvo una divina consorte. Al menos en eso insiste la investigadora de la Universidad de Exeter Francesca Stavrakopoulou, quien señala que antiguamente, las religiones que derivaron en las grandes religiones monoteístas contemporáneas adoraban a la diosa Asherah, La Gran Madre. ¿Y quiénes eran sus hijas si no la mujer poderosa, la sabia, la curandera, la que era capaz de crear vida, la eterna desobediente?

Durante el medievo, el continente europeo se cubrió de piras de castigo. Las llamas quemaron a brujas y a inocentes, a librepensadoras, a putas, a sospechosas de crear. La mujer se convirtió en mártir de su género, en una prisionera de una iglesia tan despótica como cruel. Pero la bruja, la verdadera, la que recorrió Europa como carta de tarot, como escoba detrás de la puerta, como los pequeños ritos del jardín, como las pequeñas costumbres y supersticiones de una época remota, era indomable. Y sobrevivió a pesar de las sentencias. La imagen de la mujer fuerte por encima de la casta. Durante años, los romances medievales cantaron odas de amor a la mujer misteriosa, velada. Una imagen sobre un tipo de mujer poderosa que parecía provenir de varias fuentes distintas, pero que al final, era parte de la imaginación colectiva como figura mágica y símbolo de lo enigmático.

Eran tiempos convulsos en los que la Iglesia Católica todavía enfrentaba la influencia de las diferentes religiones agrarias a lo largo de Europa. A pesar de los esfuerzos de unificación y mezcla de la figura de la Diosa sin nombre del bosque con la Virgen María, Roma no había logrado que buena parte de las tradiciones agrícolas abandonaran sus prácticas para celebrar el sagrado femenino, de manera muy distinta a la de la Madre de Jesucristo, doncella y figura bienhechora en los altares de buena parte del continente. Al contraste, la Diosa de los campos Europeos, era cruel, poderosa y a la vez, benefactora, una combinación de atributos que le permitían sostener una creencia informal que incluía ritos de cosecha y paso en la mayor parte de Europa del Este y en algunas regiones del sur.

La mujer en la religión y el dogma

Para la Iglesia, era imprescindible unificar la fe a través de una única figura que pudiera monopolizar lo sagrado, por lo que comenzó a tomar medidas políticas y sociales para erradicar la percepción de lo femenino sagrado. La figura de la Inquisición nació del miedo y del odio a la diferencia y en especial, a las creencias basadas en figuras femeninas de poder, que contradecían la idea del Dios omnipotente que Roma sostenía como centro de todas las admoniciones religiosas con fuerzas de ley alrededor del continente. Hasta entonces, la Iglesia había tolerado — con renuencia y bastante esfuerzo — otras formas de creencias y opiniones que pudieran contradecir su poder absoluto. No obstante, a medida que su influencia y poder aumentó, la Iglesia instituyó diversos mecanismos para atacar y finalmente destruir la disidencia. Para una Institución que se alimentaba aún de fuertes raíces paganas y en la mayoría de los casos de las visiones judaicas sobre aspectos de la creencia y la construcción del mito dogmático, la “Herejía” fue una contradicción. 

Aún así, se utilizó como la primera fórmula concreta para atacar la independencia intelectual, la necesaria divergencia de ideas y la libertad espiritual. Por siglos, se utilizó como una manera de asegurar que la Iglesia controlara los estados y escaños del poder y sobre todo, infundir terror entre el pueblo recién convertido. No obstante, la Inquisición Episcopal — primera fórmula de la Inquisición Medieval propiamente dicha, establecida en 1184 por la Bula del Papa Lucio III — dio origen a la tortura y la muerte como formas de castigo para los culpables. Eso y a pesar que el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico II Hohenstaufen, se había opuesto anteriormente al castigo físico por considerarlo poco “divino”. 

No obstante, para Lucio III la necesidad de erradicar — de raíz y de ser necesario, con violencia — cualquier tipo de Herejía, tuvo mucho más peso que cualquier visión divina. Para la Iglesia, el castigo ejemplarizante tenía una cualidad inmediata nada desdeñable: la tortura y la muerte como demostraciones del poder material de la Santa Madre Iglesia y sus agentes en la Tierra, bendecidos por Dios — y encomendados por el Mismo Padre eterno — para asaltar con fuego y sangre cualquier tipo de disidencia y manifestación de pensamiento independiente.

Las mujeres que fuimos

El Malleus Maleficarum es quizás uno de los libros más cargados de simbología y, sobre todo, inquietantes de la literatura universal. Fue publicado en Alemania, alrededor del año de 1487, y es un exhaustivo tratado sobre la brujería, el satanismo y la naturaleza de la tentación encarnada por la mujer. Este libro incluye todo lo que La Santa Inquisición utilizó como excusa para usar sus herramientas de tortura y asesinar mujeres durante siglos. No obstante, el Malleus Maleficarum no fue únicamente un compendio de superstición medieval, sino también un escalofriante documento sobre el desprecio hacia la mujer que entonces era moneda común. Se trata de un libro que no sólo muestra hasta qué punto lo femenino era temido y minimizado por una sociedad represiva, sino también de una noción de la mujer directamente maligna, junto a todo lo relacionado con su visión emocional e intelectual. La máxima insistencia del Malleus Maleficarum era castigar al pecado que reside en la mujer tentadora, lo que el Vaticano consideró una transgresión deliberada, violenta y directa contra el propósito de la Santa Inquisición para proteger a la humanidad de las fuerzas demoníacas, a la que consideraba una amenaza perenne sobre la rectitud y la búsqueda de la redención de buena parte del mundo occidental.

El Papa Inocencio VIII concedió una bula para que los frailes dominicos Heinrich Kramer y Jakob Sprenger pudieran escribir un libro que pudiera resumir los preceptos de la iglesia contra la mujer que contravenía sus rígidas admisiones de comportamiento y moral. Ambos dedicaron una buena cantidad de tiempo y esfuerzo a terminar un compendio de motivos por los cuales la mujer debía ser castigada. La causa primaria era, así de simple, su naturaleza. Eso bastaba para que todo el catolicismo sospechara: la mujer era pecadora por naturaleza.

En el Malleus Maleficarum se resumieron los elementos que permitían ver que lo femenino era, sin lugar a dudas, el motivo de buena parte de las tragedias de un mundo signado por el dolor, la ignorancia, la enfermedad y el temor a lo divino. Pero el mayor pecado de la mujer, su peor debilidad, era su propensión a pensar. Pensar era intentar parecerse al hombre, una herejía para el severo Dios del Antiguo Testamento, que había dejado establecido en el Edén su ambigüedad y concupiscencia. Todas las lógicas discriminatorias tienen lugar cuando las personas pactan con los prejuicios que impone: la época y la sociedad que recibió el Malleus Maleficarum lo hizo de manera jubilosa y lo convirtió en el libro más leído de su época. En la Edad Media el pensamiento femenino era inaceptable, una rareza venenosa a envilecer la obra divina. ¿Pero quién es esa mujer sabia que la cultura ha condenado tantas veces? ¿Es la pionera, la audaz, la rebelde? ¿O es aquella que reivindica su identidad a través de lo que crea?

Las acusaciones de brujería eran cuando menos desconcertantes: Nunca se habló de delitos concretos, sino de interpretaciones y acusaciones que no se sostenían bajo ningún argumento. A las brujas se les acusaba de arruinar las cosechas, de provocar enfermedades y muerte en los animales de granja. Incluso, las acusaciones llegaban a señalar que la “Bruja” era culpable de asesinatos, canibalismo, beber sangre y desenterrar cadáveres Argumentos basados en su mayoría en la superstición que en hechos reales. Obviamente, es muy complicado deducir que hubo de cierto en cualquiera de tales acusaciones: los testimonios que la historia recoge son de sus perseguidores, y las declaraciones de las supuestas brujas, fueron obtenidas a través de torturas. De manera que la versión que conocemos es la del victimario y no la de la víctima. Un hecho inaudito dentro de los anales de la historia cómo se hereda, y tal vez como se cuenta.

La Iglesia creó una estructura de tortura y destrucción de todo lo que consideró distinto, de todo lo que podía ofender el sentido estricto de sus creencias y peor aún, contradecirlas. La Iglesia del Medioevo era una institución política antes que religiosa: de hecho, el Papa intervenía en las confrontaciones militares y el Vaticano decidía quién podía llevar la corona en las sucesiones monárquicas De hecho, su intervención en el juego político era definitiva, cuando no decididamente intervencionista. Todo lo anterior, explica el hecho que algo tan absurdo como la cacería de brujas, tuviera el alcance que tuvo. Porque hablamos de millones de mujeres juzgadas y asesinadas en todo el continente Europeo sin otra prueba en su contra que aseveraciones y declaraciones tomadas desde la óptica del Inquisidor . Desde luego, todo invita a pensar que hubo una campaña de desprestigio perfectamente orquestada en la que se jugó con los impulsos más inmediatos y viscerales del pueblo, dirigiéndolos contra estos contestatarios que se rebelaban contra el orden establecido. Sin duda, la Iglesia utilizó su poder para exterminar las nuevas corrientes del pensamiento, la inquisición usó a las brujas como víctimas.

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