“Sorprende la percepción que durante la última década ha tenido la imagen de la mujer en la pantalla grande, sobre todo, en la ambigua concepción sobre “Personajes femeninos fuertes”.”

Por Aglaia Berlutti.

 Se suele decir que la actriz Julia Roberts es el reflejo de la lenta evolución de los papeles femeninos dentro del mundo del cine. De la irreal prostituta inocente en “Pretty Woman” (Garry Marshall, 1990) a la poderosa Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000), la llamada “actriz icono” de la década de los noventa, reflejó una evidente transformación en la percepción de la industria del cine sobre lo que una mujer podía hacer o mejor dicho, el estereotipo que podía encarnar. Lo hizo, además, a través de una visión profunda y extraña sobre lo femenino que se comprende desde cierto núcleo mutable, un fenómeno que pocas actrices de su talla han logrado construir sobre sus carreras, casi siempre en medio de las presiones estéticas y conceptuales de un medio que no acepta cambios rápidos y mucho menos radicales. Pero Julia Roberts lo logró: Quizás se deba que la actriz —ahora en un semi retiro dorado— haya sabido escoger con tino papeles que crearon toda una nueva percepción sobre la mujer fílmica o que, al contrario que varias de sus contemporáneas lograron asimilar la invisible transformación del mercado. Cual sea el caso, Roberts encontró una manera de elaborar una percepción novedosa sobre la mujer en pantalla que de alguna u otra forma, permitió a toda una nueva generación de actrices percibirse de una manera por completo distinta.

Por supuesto, se trató de una apuesta peligrosa: Meg Ryan sufrió una evidente caída en desgracia cuando decidió dejar de ser “La novia de Norteamérica” para intentar papeles más densos y complejos. Su carrera decayó de inmediato y la actriz se encontró en un peligroso limbo que la transformó con rapidez en uno de los tantos ídolos caídos del cine estadounidense. Ryan, a quien se le compara con frecuencia con Roberts (después de todo, ambas tuvieron carreras paralelas en el cine romántico y comercial durante algunos años) no logró luchar contra el esquema del cine y encontrar una reinvención de su imagen, lo que la condenó a una lenta caída forzosa de imagen de la actriz en películas sin sustancia. Como otras tantas actrices, Ryan terminó aceptando papeles basados en el viejo estereotipo que intentó abandonar y finalmente, desapareciendo en menos de una filmografía cada vez más pobre. Al final, Meg Ryan también se retiró de la pantalla grande pero, al contrario de Roberts, convertida en una caricatura de sí misma.

Sin duda, fenómenos como el de Roberts son escasos: pocas actrices pueden presumir de interpretar papeles iconos alejados del cliché habitual de la mujer en el cine: Desde Katherine Herpburn en la “Bringing Up Baby” ( Howard Hawks, 1938) , Barbra Straisand en “What’s Up, Doc” (Peter Bogdanovich, 1972) a Diane Keaton en “Annie Hall” (Woody Allen, 1977) la mujer en el cine pareció atravesar una idea extraña y cada vez más desigual en la manera que se le concibe desde lo argumental y lo narrativo. Se trató de una insistente concepción de la mujer como reflejo de pulsiones culturales y sociales (Herpburn convertida en la clásica chica problemática y rebelde o Keaton, en una intelectual insólita e inalcanzable) que parecía destinado a complacer cierta imaginaria masculina. Tal vez por ese motivo, sorprende la percepción que durante la última década ha tenido la imagen de la mujer en la pantalla grande, sobre todo, en la ambigua concepción sobre “Personajes femeninos fuertes”. Según un estudio de 2017, durante las últimas dos décadas, la presencia de personajes femeninos con mayor peso argumental, pero sobre todo mucho más complejos, aumentó a casi tres veces de lo que había sido menos de una década atrás: de 900 películas estrenadas, casi el 20% tenían a una mujer por protagonista. Y, además, una mujer que parecía romper el viejo esquema de la percepción sobre la fragilidad, torpeza y expresión emocional de la mujer. De pronto, la figura de la mujer —como producto social y comercial— comenzó a analizarse de una manera por completo nueva, aunque podría decirse que el cambio comenzó mucho antes, casi de manera imperceptible. Desde el escarceo de la serie “Girl” para atacar la imagen de la “it Girl” hasta el debate sobre el discurso de género en mujeres tan jóvenes como Emma Watson y Malala Yousafzai, la imagen de la mujer objeto —la frágil, la deseable, la abnegada, la heroína secundaria, la decorativa— dieron paso a una concepción novedosa, un protagonismo que asombró y desconcertó, pero también demostró que la forma como se interpreta a la mujer —su identidad— se está transformando en algo más. Como si luego de siglos de orfandad intelectual y menosprecio sobre lo que lo femenino puede ser, comenzara a evolucionar hacia ese reconocimiento sobre la figura de la mujer como individuo.

Se trata de una reinterpretación de lo femenino que tiene como objetivo analizar el símbolo antes que la alegoría, un experimento que rindió frutos y una generación de fanáticos con la Leia Organa de Carrie Fisher y que permitió sin duda, la existencia de visiones sobre la mujer alejadas de la noción básica y tradicional como Ellen Ripley (encarnada por Sigourney Weaver), Sarah Connor (interpretada de manera sucesiva por Linda Hamilton, Lena Headey y Emilia Clarke). Pero además, se trata de una estructura novedosa que abarca la concepción del héroe tradicional, encarnada por una mujer. El personaje de Jyn Erso en Rouge One (Gareth Edwards, 2016) y la Diana Prince de Gal Gadot, crean una nueva visión sobre la mujer fuerte, que además emerge como una metáfora de poder, liderazgo, fuerza de voluntad y poder espiritual, territorio que hasta entonces había sido vedado a los personajes femeninos. La Hermione Granger de la actriz Emma Watson pasó de ser un personaje secundario a uno de pilares del Universo ideado por la escritora JK Rowling y que se trasladó a la pantalla grande con la misma notoria influencia del camino del héroe reinventado para una nueva generación de personajes y sin duda actrices.

Unos años antes Arwen ( Liv Tyler), Éowyn (Miranda Otto) y Galadriel (Cate Blanchett) se convirtieron en personajes preponderantes de la saga El Señor de los Anillos de Peter Jackson. La viuda negra de Marvel, encarnada por la actriz Scarlett Johansson, tenía la misma frialdad, inteligencia, audacia y fuerza física de su homónima en papel. Y es que Natasha, como personaje y también como miembro del equipo de “Los Vengadores”, no sólo es un personaje entrenado para matar, sino que además, lo hace con singular eficiencia. A través de unos cuantos flashback, se nos cuenta a grandes rasgos que Natasha fue no sólo educada como un arma letal, sino también para ejercer su habilidad como asesina de manera despiada y dura. Un nuevo tipo de héroe ambiguo que hasta ahora habían sido potestad exclusiva del sexo masculino.

La escritora Gilliam Flynn suele decir que ama los personajes femeninos poderosos. La escritora además, lo hace particularmente bien: creó un nuevo tipo de mujer literaria que no sólo rompió con los tópicos de la mujer víctima, sino que también asumió la pesada carga de sacudir a lo femenino de toda concepción masculina. Para Flynn, una brillante escritora que parece obsesionada con personajes dolientes, intensos y complejos —siempre femeninos— el hecho de la mujer poderosa forma parte de toda una reflexión sobre la forma como la cultura analiza el mundo femenino. Y ese punto de vista, no siempre parece ser bueno o mucho menos, alentador. En su novela más conocida “Perdida” (Random House, 2014) la escritora no sólo decide dar un golpe de timón a cómo se percibe a la mujer en las novelas de suspenso, sino construir toda una estructura original que sostenga la idea. Se trata de una historia cruel, cínica y durísima, donde Amy, la protagonista absoluta de la trama, es una mujer que no sólo desconoce el viejo mandato de la vulnerabilidad femenina, sino que además lo convierte en otra cosa. Porque la Amy de Flynn no es una sola cosa, sino muchas: Dulce y atractiva, inteligentísima, cruel y déspota, violenta y despiadada si hace falta, Amy deja a un lado los tópicos de la mujer que sufre y trata de huir de las pequeñas fatalidades de la vida cotidiana, para convertirse en otra cosa. Una villana que no duda en mentir, robar y asesinar. Y que al final no sólo triunfa en su empeño de “castigar” a voluntad a quien le plazca, sino hacerlo sin perder la sonrisa. No hay arrepentimiento, culpa y mucho menos dolor en Amy. Para ella, su manera de actuar es necesaria, inevitable. Incluso se justifica, mientras la novela transcurre entre un análisis del papel de la mujer como chivo expiatorio y su nueva encarnación en un tipo de maldad muy específica. Y Flynn, cuyas historias suelen girar alrededor de grises morales, dota a su personaje no sólo de poder sino también de veracidad. La Amy de Gilliam Flyn es tan dura como agresiva, tan original como inolvidable.

En una ocasión, a Flynn se le preguntó por qué las protagonistas de todas sus novelas eran directamente villanas o al menos, tan complejas y duras como para parecerlo. La escritora pareció sorprendida del matiz sobre su obra y protestó sobre el hecho que “Amy” es simplemente un gran personaje, más allá de su género; “Muchos autores se sienten cómodos escribiendo de la violencia masculina, que es un tema muy común en la literatura hasta el punto de que mucha gente considera normal las historias de agresiones, psicópatas y demás. Quería luchar contra la idea de que las mujeres son inherentemente buenas , maternales y todas esas otras asunciones que se hacen sobre las mujeres” insistió. No obstante, no todo es tan simple: Gilliam ha definido toda una nueva perspectiva sobre la mujer producto que por años fue parte del imaginario colectivo y lo hace, en medio de un Thriller con connotaciones románticas, donde se mezcla la acción, lo voluptuoso y lo siniestro para crear una narración rápida y dura, que se sostiene sobre sus contradicciones y sus cambios de ritmo. Todos los personajes cambian de una connotación a otra y lo hacen sin que la historia se resienta. Más bien, el lector agradece el cambio, lo asume necesario.

Hace casi cuarenta años, una Princesa tomó un arma y decidió enfrentarse a un régimen despótico y autoritario. Leia Organa, hija de la segunda Oleada feminista, vino para romper todo tipo de patrones sobre lo que hasta entonces había sido la mujer en el cine. Lo hizo con un nuevo tipo de libertad que la convirtió de inmediato en un ícono y que sin duda, marcó un patrón a seguir en lo que a la identidad puede ser en el cine. Protagonista de una de las sagas más cinematográficas más populares de todos los tiempos, Leia Organa representó un hito en todo lo que un personaje femenino podía hacer. Arma en mano, abrió el camino para toda una nueva generación de mujeres que no eran madres, esposas ni tampoco objetos del deseo en las historias a las que pertenecían. Una nueva generación de heroínas.

No obstante, esta poderosa princesa guerrera, tuvo que enfrentarse a la idea tradicional de lo que debía ser un personaje de su talla. Para el “Retorno del Jedi”, Leia parece disminuida, un poco desdibujada en medio de la batalla del bien y del mal que encarnaría su hermano en la ficción, Luke. Aún peor el recorrido de su madre en la trilogía que narra la caída en el Lado Oscuro de Anakin Skywalker: Padmé Amidala (encarnada por una confusa Natalie Portman) pasa de ser un líder político en ciernes a esposa sufrida quien muere “con el corazón roto”. La transición de mujer de poder a secundario de ocasión, transformó el personaje no sólo en un tópico que parece desmerecer la imagen de su hija en la ficción, sino además, sepultar la única figura femenina de la llamada Segunda Trilogía en la banalidad. Como si la fulgurante figura de Leia fuera fugaz, su madre en la ficción pareció apuntalar el hito que encarna.

El capítulo siete de la saga (Stars Wars: the Force Awakens, 2015) no sólo reinventa el mito original de la serie de películas con un aire fresco y moderno, sino que además, retoma la visión sobre el poder de sus personajes femeninos. Rey, su protagonista, parece ser además de una revisión sobre lo que Leia Organa pudo ser, toda una nueva visión de lo cómo se percibe actualmente a la mujer o en todo caso, como comienza a ser percibida. Rey, independiente, fuerte y moderna, dejó a un lado la aparente fragilidad de Amidala y la virtual desaparición de la trama Central de Leia, para convertirse en el secreto mejor guardado de la saga. No se puede ver de otra manera: Rey, con pulso firme y experto, toma el mando del Halcón Milenario. Lo hace sin que los guionistas añadieran alguna ayuda extra. En solitario y sin añadiduras, Rey toma el control de la Saga sin aparente esfuerzo. “La princesa Leia fue un gran ejemplo para muchas generaciones de mujeres –pondera la actriz Daisy Ridley, que encarna la nueva heroína–. Pero El despertar de la Fuerza presenta una nueva ola de papeles femeninos increíbles y con verdadero peso en la historia de la que formo parte”.

En la película “Rouge One” ocurre otro tanto: La Jyn Erso de Felicity Jones no es sólo una mujer intelectualmente independiente, sino capaz de liderar una rebelión basada en razones por completo morales y emocionales. Se trata de un personaje lleno de matices elaborado bajo la premisa de una perspectiva ambigua sobre el bien y el mal. Erso, refleja todo el peso de una historia basada en ideales morales pero sobre todo, en una necesaria reflexión sobre los motivos de las luchas y combates ideales. Jyn comanda una rebelión en una misión literalmente suicida sino que además, batalla contra sus propios dolores y sufrimientos. El resultado es un personaje creíble y poderoso que apuntala con firmeza la concepción del camino del héroe que suele ser la columna vertebral en las historias de la Saga Galáctica.

Algo parecido ocurre con el personaje de Katniss de la saga “Los juegos del hambre”. Sin caer en los extremos habituales sobre las mujeres en libros de acción, el personaje no sólo escapa a los límites y restricciones tradicionales que intentan dividir lo masculino y lo femenino. Katniss, de hecho, se convierte en un símbolo justo por su capacidad mutable: Es cazadora y protectora de su familia, pero a la vez, también llora y se preocupa por ellos con una conmovedora angustia contenida que la hace falible y humana. La escritora Suzanne Collins, creó un personaje que combinó todas las identidades de la mujer y además, la dotó con una inteligencia estratégica que casi siempre suele atribuirse al hombre. En suma, construyó un nuevo tipo de mujer y le brindó los matices necesarios para ser creíble. De hecho, Collins parece regodearse en esa ambigüedad: Katniss parece incómoda —se ridiculiza así misma— cuando el gobierno totalitario que rige Panem, la obliga a parecer femenina y frágil. Y no obstante, en sus mejores momentos, Katniss parece evitar esa visión de la mujer tradicional. Llevando atuendos de batalla y armas que maneja con habilidad, Katniss corre con paso ligero hacia un tipo de percepción de lo femenino poderoso y contundente.

En la televisión ocurre otro tanto: En la serie de la cadena Netflix “Stranger Things” (que con su segunda temporada se consolida como una de las más populares del medio) dominan los personajes femeninos poderosos y multidimensionales: Eleven ( Millie Bobby Brown), Nancy (Natalia Dyer) , Joyce (Winona Ryder) y Max (Sadie Sink) forman un poderoso cuarteto que protagoniza la mayoría de la trama y que además, sostiene con facilidad una historia basada directamente en una noción moral familiar y casi idílica. Juntas, se muestran como una expresión de una nueva visión sobre la concepción de lo fuerte, pero también, sobre la noción del poder, que convierte a sus personajes en metáforas sobre una concepción consistente sobre lo femenino. Algo semejante ocurre con la Game of Thrones de HBO: Desde Cersei Lannister (Lena Headey), el poder detrás del trono o el espíritu indomable de Arya Stark (Maisie Williams), las mujeres de Juego de Tronos no sólo luchan contra la violencia de la guerra sino también, contra la percepción que se tiene de ellas, una batalla que no siempre ganan y que hace mucho más dolorosa sus caídas y equivocaciones. Como Daenerys Targaryen ( Emilia Clarke), que llevó a la desgracia a su pueblo por una serie de equivocaciones que podrían acharcársele a su llamada “naturaleza femenina” o incluso, Sansa Stark, que atraviesa una madurez dolorosa y cargada de pesares por atenerse al papel clásico que la cultura donde nació creó para ella. Todas las mujeres de la historia parecen concebidas para la batalla y asumir su rol, en independencia del poder que ostentan o de las vicisitudes que deban enfrentar. Pero aún así, evolucionan, crecen y se hacen cada vez más poderosas. Para la penúltima temporada, el tablero de juegos de poder se concentra en los personajes femeninos y de hecho, son las Reinas quienes deciden el destino y vicisitudes del imaginario Poniente.

La revolución de las mujeres poderosas parece estar en todas partes. Desde la espléndida Charlize Theron, demostrando con un sólo brazo y una dura mirada de sobreviviente que una mujer puede liderar una película de acción sin el menor esfuerzo, pasando por la Nora Durst de The Leftovers, que durante la segunda temporada de la serie tomó una extraordinario protagonismo, la Kimmy Schmidt de Unbreakable (Protagonizada por una Ellie Kemper en estado de Gracia) a la magnifica
Jessica Jones (una super heroína atípica y formidable que sobrevive en Nueva York) los roles para mujeres parecen cada vez mucho más complejos, poderosos y sobre todo consistentes de lo que nunca había sido. De pronto, el estereotipo de la mujer frágil, víctima de las circunstancias, a la espera de ser rescatada, parece desaparecer, refundarse en una nueva mujer que asume la noción sobre quien es —y quien puede ser— con firmeza. Un tópico nuevo que brinda a lo femenino la posibilidad de mirarse desde una perspectiva desconocida y con toda seguridad perdurable.

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