Si el poema atenta contra el odio y la muerte también atenta contra el amor y la vida. Provocan, como toda idea de dios, daños irreparables en sus víctimas. Esta afirmación que puede sonar como pacotilla de laberinto porque el poema es un ser creado y creador a la vez y así se sabe desde el inicio de la historia literaria se nutre de experiencias reales, de percepciones que en algún punto de la historia han roto solo para mí pues esta necesidad del poema que siento cada día es íntima las conexiones más básicas con la realidad. Y el poeta tiende irrevocablemente a buscar su ensordecimiento. 

El poema, en gran medida, se manifiesta como una forma de rebeldía. Interponemos un muro de palabras ante la vida entera, deteniendo su paso ante nosotros, malogrando la línea inmensamente frágil que nos separa del reino animal. La rebeldía ante la vida y su aburrimiento impone, entonces, el poema como ciclo escapatorio. ¿A quién se le ocurriría que para ser feliz hay que abandonarlo todo por un puñado de palabras juntas e inexpugnables? La rebeldía del poema empieza con un pie en la nada y el otro en el vacío. 

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En primera instancia, nos han enseñado a vivir en el mundo de lo binario. Esta consciencia está tan arraigada en nosotros que para cada percepción buscamos una exterioridad contraria. Y su interioridad del extremo distinto también: bien y mal, avaricia y generosidad, pereza y diligencia. Nos dijeron que el día es el día y que la noche es la noche, pero nos hicieron olvidar, a patadas familiares, la existencia de los amaneceres, de los atardeceres, que son el rompimiento clave de lo dual, pues muestran rasgos de uno y otro fenómeno, mezclados, buscando uno el fin del contrario, luchando sus colores hasta que solo uno gana terreno, el que está más cerca de la tierra, al que le toca aparecer por destino, el fenómeno que decide y recuerda que hay una ley que impide que después de la noche venga la noche. En esta realidad dualizada que es innegable aparece el poema, atenta contra la ley de la vida, si el poeta, puro mecanismo y esclavo de las palabras, permite la interferencia, y toma los rasgos definitorios del mundo dual, los destruye verdaderamente, y reluce la metáfora caminante diciendo que después de la noche vendrá siempre la noche y que el día no volverá a cruzar hacia la coraza de este mundo. 

La capacidad del poema para destruirlo todo no solo se manifiesta en su propia textualidad, sino en la forma y fondo de su esclavo, el poeta que pierde sus pocos años de vida buscándolo cuando las grandes obras literarias ya han sido labradas. Como una adicción, adolece, obsesiona, rompe el raciocinio, la autoestima, la capacidad de sentir otras realidades, afecta profundamente la vida de quien le oye, acaba las relaciones humanas y familiares hasta que no queda otro mundo más que el del poema mismo, no nos deja amarnos a nosotros mismos ni a otros, abarcándolo todo, en cada rincón aparecido, en cada conversación imaginada. Reitero: ¿somos más felices sin el poema a cuestas, pesado, rencoroso, universal, o su poder es tan magnífico que aceptamos las consecuencias solo por el instante del verso? 

Como las drogas, el poema atraviesa el poco espíritu que nos queda después de trabajar ocho horas seguidas, nos quita horas de sueño y de descanso y se interpone él, para que lo mimen y lo escuchen, obsesivo como nada, mientras que a nosotros no nos es permitido escuchar otra cosa que su designio. El poema, gran enemigo, contradicción que busca ser nuestro único y mejor amigo, para siempre, renueva sus tentáculos en cada verso, eclosiona nuevas formas hasta que no podamos parar de transformarlo. No importa si el poema atenta contra el amor y la vida porque también atenta contra el odio y la muerte. Y en esa contradicción, que amamos en la búsqueda de la perfección y el entendimiento, reluce la verdad de la sombra poética: la creación literaria es un acto heroico, una alta forma del sacrificio. 

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