“Quítensenme delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas, que les diré, y sean quien se fueren, que no saben lo que dicen”

Quijote, I, XXXVII

Lo siento, Quijote, pero hasta este siglo has llegado, yerto, amoratado, hecho de mármol cincelado en una equivocación. Verás, el mundo ha cambiado las corrientes que relucían en los mares de antaño; no tiene los ríos el mismo cauce donde no pudiste desenfrenar tu navegación. La Mancha vive en otro tempo histórico, para usar la italiana musicalidad de la globalización, y lo que ayer fue, ya no es, aunque tú sigas siendo el mismo malandrín de adarga antigua y galgo corredor que fuiste en la época remota de tu hidalguía samaritana. Y como no hay quien discuta contigo, porque aunque tu figura no muera, no hay tantos que se atrevan a acercarse a tu graciosa y patética gracia, tomaré el lugar del comentador con humildad y traeré a colación tu famoso discurso de las armas y las letras, pensamiento tuyo que tanto me ha dolido al abrigarlo. Es curioso que hayas sido tú quien lo haya pronunciado, guerrero de triste sol y de largo andar, porque hay algo de ti que ignoras en la profundidad de un secreto sin posesión, conocido por todos nosotros e ignorado por tu barba.
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Te nombro creado, criatura de las letras, tu arma es una tela textual que combate contra los menesterosos de un siglo perdido, bajo la sombra de épocas que jamás existieron. Rocinante no fue, no fue el dragón ni la princesa, tampoco el mago diabólico ni la tabla artúrica. No creo, como dicen todos, que hayas sido el loco de la familia. Entiendo, más bien, que el mundo, sin tu voz o con ella, habría llegado a ser lo que es hoy: el hijo de una época envilecida por los monstruos molinos, por los penitentes secuestradores de mujeres, por cada brujo que te hizo el encantamiento para perjudicarte, mago nocturno que ahora vive y nos respira en la nuca; han poblado la tierra, no solo La Mancha, el mal ha poblado la tierra. Escucha, hoy el mundo es un largo lugar de pendencias donde viven personas acontecidas. Mientras discuto contigo sufren los pobres, los menesterosos, los quietos, los que buscan la paz son molidos a golpes por lo que hoy llamamos industria, por lo que nombramos, con miedo y sin salida, poder político y económico. Y solo hay una razón para esta libertad de los monstruos: es que tu paso por la tierra no sucedió, porque tu cuerpo y tu creencia y pensamiento no fueron nunca novela histórica sino libro de imaginación. Entiende, no hubo nunca un Panza, ni una bolsa de vino, ni derrota alguna que se le parezca.

Las Indias, si te interesa saber, fueron liberadas de tu reino, y en ese derramamiento de sangre, mi gente se dio cuenta de la profunda equivocación de tu discurso: no son las armas las que exigen la más grandiosa espectacularidad del hombre, no lo son, es la palabra, ese cocimiento que se da cuando pensamos, creación verdadera, de la que tú fuiste fundado. Yo la llamo, pensando en ti, creadora de repúblicas, liberadora universal de la humanidad. Me preguntas: ¿Qué ha sido hoy de las armas que elogiaste como enaltecedora del cuerpo y de la mente? Yo te digo: destrucción, muerte, deshonor, locura, autoritarismo.

Para que esto sucediera hubo una razón de quiebre. Si la tierra entera hubiera escogido el camino de las letras, que no da riqueza de oro sino riqueza de alma, como está comprobado por aquellos que se dedican al papel y a la tinta, y se hubieran encerrado a disfrutar de escribir y leer, como dicta la realidad tranquila aunque fogosa del arte, o quizás a crear las leyes y pensarlas para que alguien más las aplicara en su gobierno, los pueblos y las naciones serían solidarios entre sí, como quisiste, y la historia que ha pronunciado tu nombre durante cuatrocientos años no habría traicionado tu locura, si es que alguna vez la tuviste, en la cual declaraste que las armas tienen preeminencia sobre las letras, que la verdad, viendo el panorama de este siglo, es tu más grande equivocación. Por suerte, y digo por suerte, porque pensando bien, ¿qué habría sido del mundo de otra forma?, nadie creyó tu juramento, pues todos te imaginaron loco y seco de mente, porque, aunque no lo aceptes, herrumbrado estaba el galope de Rocinante y verrugoso el rostro de Dulcinea.

(Y esto lo digo en voz baja, en paréntesis, porque así hacemos los escritores hoy en día, los hombres y mujeres de letras, que determinamos el volumen de la palabra como el piano y forte de la partitura, para dar mayor énfasis a un sonido que se dice calladamente, aunque no nos paguen por ello. Quijote, te digo, creado hombre de armas, que eres un pigmento en la imaginación de un hombre de letras, el sueño de un soldado que sabía bien que la preeminencia de las letras sobre las armas era verdadera y no al revés, como dijiste, pensamiento que yo tomo por real y verdadera locura. Él, genio imaginador y diablo de la risa, dio todo por ti como si sobre el papel acaeciera una batalla grandilocuente, de esas creadoras de mancos y de seres de leyenda, como las batallas de dragones furiosos que admiraste en tu tiempo de tanto y tanto leer).

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