Por Adlyz Caliman.

Siempre fui la más pequeña de mi salón en el colegio. Tanto en edad como en tamaño, razón por la cual fui blanco de sobrenombres como: Elenanita, tarzán de bonsái, enana, pitufina, medio metro, y más actualmente –sí, todavía me dicen cosas relacionadas con mi tamaño– hobbit.

Eso nunca me afectó realmente. Al contrario, sentía que me lo decían por cariño. Y es que en la sociedad marabina en la que vivo, si no tienes un sobrenombre, eres como un cero a la izquierda, como que nadie te ha notado o nadie ha notado tus habilidades o características distintivas.

Es así entonces como tenía amigos que le decían “chorro de agua” (al muy alto y delgado), “pelo de cochino” (uno que tenía el pelo como de cerdas de cepillo duras), “el gato” (tenía ojos verdes), “ninja enano” (otro amigo de baja estatura que hacía karate), “el chino” (era chino), “la gorda” (era gorda), “el negro” (era negro) y así, todos teníamos algo distintivo que nos caracterizaba y amenamente nos llamábamos por esos nombres, lo cual nunca fue motivo de pelea o discusión alguna, sino por el contrario, nos hacía sentir que pertenecíamos a un grupo integrado, sin conflictos internos ni problemas psicológicos por nuestra condición física o raza étnica.

El que se sentía amenazado o disgustado por su sobrenombre, simplemente tenía que aprender a vivir con ese conflicto y a manejar sus emociones para que esa situación no lo afectara, o al menos, no demasiado.

Y creo que es parte de nuestra idiosincrasia como venezolanos, ya que aquí han confluido y vivido hombres y mujeres de razas y colores distintos desde épocas de la Colonia. La esclavitud fue abolida hace casi 200 años y no existe entre nosotros discriminación ni racismo. El portugués de la panadería es “el portu”, el árabe de los shawarmas es “Mohamed” y así.

Es por eso que quizás cuando se aborda el tema de los afroamericanos en otros países, especialmente en Estados Unidos, nos parece absurdo que aún en estas fechas, haya ese tipo de hostilidades. Nos parece ilógico que no le podamos decir negra o gordo a nuestros familiares y amigos por temor a ser rechazados públicamente. No estamos acostumbrados a que se nos califique de racistas por nuestra forma de ser que para nosotros es, precisamente, todo lo contrario.

Sin embargo, debemos reconocer que todas las culturas son distintas y cada país tiene realidades históricas diferentes que lo definieron como nación. La segregación racial en Estados Unidos duró hasta 1965, hace apenas un poco más de 50 años. Razón por la cual casos como el de George Floyd llenan de indignación al mundo, pero demuestran que en el país norteamericano el tema racial está aún muy vivo y, debido a ello, la cultura estadounidense está muy lejos de vivir la interculturalidad del venezolano.

Quizás por ello, en parte, los venezolanos estuvimos durante muchos años en los primeros lugares de los países más felices del mundo. Ya no lo estamos por otras razones, y el racismo lo estamos viviendo, si se quiere, en la segregación política que el gobierno de facto actual, promueve. Pero escucharme llamar por mi sobrenombre –enana– solo me trae buenos recuerdos y me arranca una sonrisa de los labios.

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