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¿Adónde voy? Dime, ¿adónde voy? Tengo un hijo de doce años por el que debo ver, cuidar, mantener. Yo pudiera irme a cualquier lugar, pero no estoy sola, tengo a mi chamo y primero está él. Súmale a eso el peso de un matrimonio fracasado, una relación en ruinas al lado de un hombre cuya respiración no tolero ni a cincuenta kilómetros de distancia. Ah, pero debo estar aquí, en esta casa que es suya, no mía, sintiéndome como una hija de puta, porque mi hijo no merece pasar trabajo en la calle.
 

¿Quién te dice que caerán en situación de calle?
 

Sí, sí, ya vienes tú con el cuento de la fantasía, de andar imaginando vainas, de confundir la realidad con…
 

La fantasía.
 

Sí chico, la fantasía. Yo imagino vainas; catástrofes, hecatombes. Y no, que va, me niego a que mi chamo sufra. ¡Eso jamás!
 

Tú sí tienes el deber de sufrir, ¿cierto?

Silencio. Su mirada atraviesa mis ojos, estrangulando las palabras que aún no nacen en mi mente, para que se ahogue todo intento de tocar la conciencia. 

Me acostumbré al sufrimiento. De niña mi mamá me obligaba a lavar la ropa a mano, la de todos en la casa. Éramos nueve. El problema no era lavar la ropa de todos, sino la brillante idea de mi madre para arrancar «mejor» el sucio: que el agua estuviera caliente. Tenía que meter mis manos en esa ponchera de agua caliente y lavar como una esclava maldita, con las manos hinchadas y el cuerpo lleno de dolor, o si no la coñaza era brutal. Fueron tantos años haciéndolo, que perdí la sensibilidad de mis manos… bueno, no sólo de mis manos, sino de mi mente… de mi alma. Los odio, los odio de la forma más visceral… a mi madre, papá, mis hermanos… a todos los odio. Los recuerdo y siento como se queman mis manos, como mi estómago y garganta arden. Los odio… !Los odio!

Ramona se levanta, grita, toma un balón de basket y lo bataquea contra las paredes. Rompe un florero, patea los muebles. Corre hacia la cocina, abre el gabinete de los platos y quiebra contra el piso la hermosa vajilla de cristal que su esposo le regaló el día de su matrimonio, como herramienta para una buena ama de casa que cocina agrias exquisiteces. Grita, maldice, llora; de sus ojos mana el mar de dolor donde se ahoga su vida. Sale de la cocina, vuelve a la sala, toma un martillo con el que su marido se protege cuando la rabia la transforma en una potencial asesina, y se coloca ante un espejo donde contempla su rostro devastado.

Te estás quemando, Ramona. Te estás quemando y te volverás cenizas. ¿Qué piensas hacer? ¿Seguir aquí? No, ni de vaina me quedo en esta maldita casa. Me voy, me largo de esta mierda ya, por mí, por mi hijo, por la vida que me queda, me voy… no quiero volverme cenizas… no quiero quemarme en mi propio odio. Me voy… Yo merezco vivir… Yo quiero ser libre y sanar.

Ramona da la espalda al espejo y con la intempestiva fuerza del dolor, lo quiebra de un martillazo, un golpe definitivo que vuelve trizas su miedo, su parálisis, abriendo la posibilidad de moverse hacia nuevas realidades donde respirar aires de paz no sea una fantasía. Suelta el martillo, entra a su cuarto, toma dos bolsos donde coloca ropa y artículos personales de ella y su hijo, agarra el balón de basket y va directo a la puerta, en la decisión exacta de romper con los días malditos, eligiendo vivir.

Vámonos ya de aquí. Vámonos antes que mi mente me vuelva presa de nuevo. Tenías razón en lo que tantas veces me dijiste: sal de tu mente, entra en la realidad… Bueno, vámonos hacia ese lugar inmediatamente.

Yo me levanto de la butaca donde fui testigo de un salto vertiginoso: una vida que se abre a lo real exorcizando sus miedos. Salimos, en la vehemencia de las decisiones impostergables, sin pensar en nada, asumiendo el éxodo del dolor con una sola certeza clavada en el entrecejo: el riesgo de lo real es la respuesta.

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Escritor | Personal Brander | Storyteller | Copywriter

Colaborador articulista de The Wynwood Times

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