Por Fernando Xavier Padilla

Seudónimo: Tornasol

Sabía que me costaría, pero no tanto. Dejar atrás a Venezuela resultó peor de lo que había imaginado. Fue llevarse el corazón partido y atorado en la garganta. Un desgarramiento de los que no se cuentan. De los que no cicatrizan. De los que la distancia transforma en dolencia perpetua.

Blindarse imperaba, dotar al alma con altos malecones para esas grandes olas de aflicción que me esperaban. En tierras ignotas se nos requiere robustos, pragmáticos, capaces de burlar emboscadas de auto abandono y melancolía. Era lo más preocupante, aquella «tibieza» tan nuestra, el riesgo de sucumbir a los efectos del desarraigo.

El país era un «adentro» condenado a volverse más profundo afuera. Recordarlo «demasiado» podía ser paralizante. Dejábamos atrás muchísimo sufrimiento, el cotidiano de nuestros seres queridos que no pudieron —o no quisieron— partir.

Esa siniestra realidad normalizada, ficticiamente llevadera, cómo no transformarse en culpa en quienes pudimos abandonarla… Mis pasos hacia Cúcuta me arrastraban, y yo a una pesada nube de afectos y memorias. El «mal de país» era una conocida causa de fracasos, me urgía hacerme inmune a la nostalgia, darme razones para el desapego. Mi suerte dependía de volverme ciudadano del mundo, hacerme de concreto, no reducirme a un gentilicio.

Debía por fin darle un sentido útil a las razones de nuestra desgracia, reconocer nuestros errores, combatir la auto indulgencia. Por muy cruel y auto flagelante que era decirlo, no habíamos sido un ejemplo de país, más bien creamos uno monstruoso. Lo teníamos que asumir. No éramos inocentes en la casuística de nuestra desgracia, ya en éxodo transformada de bíblicas dimensiones.

Cúcuta, abrevadero de penas, río humano de incertidumbres y clamores, avanzábamos hacia ella como una pandemia de añoranzas, contaminando al continente de suplicios. Pero en el camino acaeció el milagro, mi corazón devino apto: se volvió pensante. Allí me hice verdadero emigrante. Mis pasos se tornaron firmes, sordos a la llantina. Fue el nacimiento de un exilio duro pero digno, longevo, sin chovinismos limosneros. Mi odisea comenzaba así con el peligro de los sentimentalismos patrios resuelto; los mismos que Venezuela vencería poco después y que, ya tan galvanizada como yo  frente a ellos, le permitieron salvarse. Porque también ella devino apta, pensante, y ahora es el tirano el emigrante.

¿Quién lo echó, sino aquel prodigioso desapego que los venezolanos al cabo de tantos estériles rodeos supieron demostrar hacia sí mismos? La clave estuvo en la misma estoica indiferencia que nos obligó a los expatriados a «desamar estratégicamente» a nuestro país para hacernos fuertes y estar «a la altura» del mundo, sin berrinches lastimeros. A nuestra Venezuela también le tocó desamarse, perderle cariño a sus propios pesares, no abusar de su tragedia… Así logró evitar que sus fuerzas se agotasen en pataleos y aullidos infinitos. Fue sólo así que pudimos.

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