Por Verónica Arvelo

Seudónimo: Varda

 “…Solo en aquel momento tuve conciencia de cuan largos y devastadores eran los años del exilio. Y no solo para los que nos fuimos, como lo creía hasta entonces, sino también para ellos: los que se quedaron…”

Gabriel García Márquez (1986)

 

Vivo en Caracas, me despierto todas las mañanas con el escándalo de las guacamayas y con el olor a café recién colado en la cocina, al atardecer me relajo mirando el Ávila y en las noches me duermo con el canto de las ranitas y los grillos de mi jardín. Sin embargo todo lo demás ha cambiado, yo he cambiado, vivo en un país que  ya no es mi país, lo que me hace de alguna manera una exilada más.

Podría escribir mil páginas sobre lo que eso significa, podría hablar sobre la soledad, sobre como tengo más amigos y familia en Chile, U.S.A y Argentina que en Venezuela, o de la terrible ansiedad que ahora me producen las despedidas (incluso aquellas que aseguran ser solo por unos días), de la crisis, la inseguridad y la desidia; de  aquella vez que lloré durante horas, luego de cortar una videollamada  con mi sobrina de cinco años, quien me propuso fabricar una máquina del tiempo para viajar al momento en que estábamos juntas, destruirla y así nunca más separarnos; o del anhelo por conocer personalmente algún día a mi sobrino más pequeño; pero sé que como esas historias hay miles de historias más.

 Prefiero  hablar de mi evolución y de todo lo que he cambiado en estos años de exilio, de todas las ciudades y lugares fantásticos que he conocido gracias al hospedaje y afecto que ahora tengo en todos ellos, de cómo me terminé convirtiendo en amiga de las amigas de mi mamá, cuando oficialmente me había quedado sin amistades en el país  y comencé a disfrutar de tardes de café, galletas y aprendizajes que no tienen precio.

También podría contarles de como aprendí a mantenerme unida a mis seres queridos, aun cuando la distancia amenazaba todos los días con el olvido, o de como encontré ese equilibrio perfecto en las mentiras, “estoy  bien” para que los que están lejos no se preocupen, pero “no demasiado bien” para que no les gane la nostalgia y se sientan tentados a regresar, al menos no por ahora; de como el yoga se convirtió en mi mejor aliado contra la tristeza y la ansiedad (aunque debo confesar que todavía me cuesta eso de aprender a soltar); o de como aprendí a tener paciencia y a confiar…¿confiar en qué? No lo sé, supongo que aquella premisa de que la historia pone a cada quien en su lugar.

  Para Nietzsche la esperanza era el peor de los tormentos, ya que no hacía otra cosa que prolongar aún más el sufrimiento, tal vez tenía razón, sobre todo en un país donde las esperanzas frecuentemente acaban en decepción. No obstante hay corazones en que se mantienen fuertes, tan tercas como el frailejón que se niega a morir y que florece a pesar del frío, tan vívidas como los colores del Caribe y tan imponentes como el Roraima. Esos corazones que se forjaron en un país que se perdió en alguna parte, pero que sigue vivo y esperando.

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