Ruben Machaen

“I forsee no posibbility of venturing

Into themes showing a closer view

Of reality for a long time to come.

The public itself will not have it.

What it wants is a gun and a girl”,         

D.W. Griffith

 

Por Rubén Machaen.

Travesías de Identidad en la Era Digital | Otra mirada

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Me resulta interesante porque en el caso de mi hijo adolescente la posibilidad se multiplica hacia el infinito. En un mundo globalizado e interconectado es común que los volúmenes de información tiendan a ser ilimitados… nos relata Miguel Ángel Latouche.

De juegos móviles e intelectualidad | Manifiesto GenX

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¿Te has dado cuenta de cuántos jueguitos existen como aplicaciones para el teléfono móvil? A mí me resulta sorprendente. Veo cada vez más a personas sumergidas en ese aparato que se ha convertido en una extensión del cuerpo humano, comenta Florángel Quintana.

En las primeras páginas del diario, escribió que su diagnóstico había llegado, al menos, dos años tarde. Y no parecía importarle. Tres hojas después, mencionó su padecimiento, mas no desde la reflexión paranoica o la siempre esperada autocondescencia, sino preguntándose por qué solíamos usar la palabra dramedy, si en castellano teníamos la palabra tragicomedia. Entonces se cuestionó por qué había pensado aquello, y concluyó que el asunto era de reír, para no llorar.  Y por ahí se fue la pluma, preguntándose por qué lo suyo era PTSD en lugar de TEPT (escribió pitiesdí y te-e-pe-té). Ya ve, señora jueza, que en la clínica todo lo filmamos, y este episodio, del que le hablo, incluso está en nuestro canal privado de YouTube. El momento en el que lo escribió. Aquí está. Mírelo, insistió la doctora enviada por la fiscalía, retrocediendo la grabación, apuntándole firmemente a la pantalla del televisor, mal puesto sobre un podio, en medio de la sala. Esto fue pocas horas después de su ingreso. El saco rasgado y la camisa ensangrentada vestían al tipo, que aunque de malo parecía no tener nada, todos los golpes que ahí le ven, se los dio él solito. Antes de ingresar a la clínica, ya había sido diagnosticado como un potencial esquizoide por el que, según el primer psiquiatra que lo atendió después de su arresto, habría sido su primer episodio psicótico: matar a su mujer y a sus dos hijas, y propinarse una paliza.  

Culpó a sus pesadillas y le pedimos describirlas. Así, logramos saber que todas transcurrían en Venezuela. Su narrativa evidenciaba que tenía un problema serio con la autoridad. No le gustaban nada los uniformes. ¿Fue el señor Martín perseguido político en su país? Miraflores, doctora, dice que nada. Que está aquí por voluntad propia, afirmó con aire de sarcasmo. ¿Y por qué usted me dice eso así, como si yo estuviese defendiendo lo contrario?, replicó la nueva psiquiatra, con marcado acento. Si estoy aquí es porque ustedes me trajeron, y creen que el hecho de ser psiquiatra y venezolana, me haría conectar mejor con él. ¿No ven que ni estoy ejerciendo y que me acabo de graduar? Qué puedo tener en común con ese señor, más que el pasaporte, replicó muy rápido, sin tomar aire. En fin, soltó después de un largo suspiro. Me imagino que lo que quieren saber es qué lectura hice de las pesadillas. Grosso modo, todas son en Venezuela, sí, pero no son episodios violentos. Al menos no hasta el final.

El señor Martín recorre las calles de Caracas, desesperadamente, porque no encuentra a nadie en ellas. El pobre escribió que, por más que quisiese, no sabía cómo despertar, más que lanzándose de la azotea de un edificio muy alto, con la única certeza de que el golpe lo devolvería a la vida.

Pero eso no es lo que me inquieta. Es cuando habla de esto, lo que más me sorprende. Lo hace con adrenalina. Eufórico. Reviviendo cada instante de la fantasía en la que, es el salto, lo que las libera a ellas, y finalmente, a él. 

La doctora enviada por la fiscalía interrumpió para agregar que los padres del señor Martín habían confirmado que llevaba varios días sin dormir. Que pasaba las noches en bata leyendo en la sala, vigilándoles el sueño a sus dos hijas. Se lamió las yemas del índice y el pulgar y pasó la página. La aerolínea en la que trabajaba habló maravillas de él como jefe administrativo del departamento de marketing, aunque esa semana, también, afirmaron haberlo visto cansado y nervioso. ¿No ven una posible relación entre el hecho de trabajar en una aerolínea y que haya lanzado a su esposa e hijas desde la azotea? 

Todos los presentes en la sala se miraron incómodos. La jueza se aclaró la garganta y le hizo un gesto a la doctora enviada por la fisacalía, de que ya estuvo. De que es mejor ir directo al grano: no me gusta hacer esto, doctora, aclaró mirando a la venezolana. Nada en contra de su diagnóstico, al contrario. Creo que le va a interesar lo que queremos proponerle, insistió, mirando ahora a la doctora enviada por la fiscalía y al resto de los presentes. Es que aquí el tema de los feminicidios ya es un asunto de Seguridad Nacional, y el señor Martín no solo mató a su mujer y a sus hijas, sino que es venezolano. Nuestros gobiernos conversaron, prosiguió mirando y sonriéndole a un puñado de los presentes, conjurados al final de la sala, y la eligieron a usted, para que trabaje con nosotras. Una doctora de cada país atendiendo, juntas, el primer caso de rehabilitación del proyecto que, nuestros presidentes, bautizaron como Nuevo Hombre Nuevo, soltó muy segura de sí misma. Sabemos que le pedimos un diagnóstico apresurado y sin condiciones claras. La prontitud responde, únicamente, a la plena voluntad de rehabilitar al señor Martín. Ustedes, doctoras, insistió la jueza mirando fijamente a ambas doctoras, aprenderían una de la otra. Y no se preocupe, que esta sería apenas la primera fase. El canal del Estado lo documentará todo. Comenzando por su contrato y el tratamiento de su diagnóstico. Ayudémonos, ándele. Firme aquí.

 

Cuento galardonado con mención especial

Concurso literario “Latidos del exilio venezolano”

 

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