Por Gustavo A. Negron.

El título invita a inyectarse una buena dosis de esta hormona que otorga la felicidad. Al menos a mí me sedujo. Pero la serotonina no se inyecta ni se consume, a menos que uno tome una pastilla de MDMA (metilendioximetanfetamina) o ‘éxtasis’, como mejor es conocida. A propósito de la felicidad, ¿es ella el súmmum de todas las intenciones y acciones del hombre? ¿El fin máximo de toda civilización? Para Michel Houellebecq, el ‘enfant terrible’ y estrella literaria francesa, ese pináculo sería “la atracción animal”, en palabras de su personaje.

Y cuando hablamos de dosis, de pastillas y de drogas, como el antidepresivo que toma Florent-Claude Labrouste, el protagonista de esta trepidante y caótica novela, para apenas vivir una vida social “desprovista de choques”, hablamos de todas las drogas, y hablamos de todas las adicciones. Serotonina (Anagrama, 2019) sugiere que el amor y el sexo pueden serlo.

Leer en plena pandemia y ‘lockdown’ mundial esta historia, que retrata a un hombre y a una sociedad al borde del colapso, tal vez no sea casualidad. Tal vez atinó el diario satírico francés Charlie Hebdo, tras haberlo llamado “mago” a Houellebecq, por las polémicas “premoniciones” asociadas a sus novelas anteriores –Plataforma habla de un atentado en Tailandia, y fue publicada un mes antes del incidente de las Torres Gemelas, en 2011; Sumisión, que dibuja a Francia siendo gobernada por un islamista en el año 2022, salió a la venta el mismo día que sufrieron un ataque terrorista las oficinas de Charlie Hebdo, en 2015–.

El hombre enfrenta hoy, en su encierro, y viviendo el declive de la economía de los países, la lúgubre soledad nocturna que castiga a Labrouste. Probablemente entonces, se hace preguntas existenciales que nunca dejan de ser relevantes: ¿El amor es algo importante? ¿Qué es más importante que el amor? ¿Es el sexo igual de importante? ¿Es posible la vida sin alguno de los dos? ¿Es el entorno social una “máquina de destrucción del amor”, tal como lo proclama el admirado y vilipendiado autor de El mapa y el territorio (Ediciones Flammarion, 2010) en esta novela?

Labrouste es un ex ingeniero agrónomo de 46 años –muy parecido a Houellebecq, solo que unos veinte años más joven–, que se medica con dosis masivas de Captorix, el más potente antidepresivo en el mercado, pero que aniquila su apetito sexual y sus funciones eréctiles; animal atormentado, condenado a la perdición, consciente de su propia misantropía, bebedor de buen licor pero amargo como el Calvados, y misógino y pornógrafo, tal como ha sido tildado su autor: “¿Qué es más poético, más bonito, que un coño que se humedece?”. Este, es el propósito de toda cultura, el refugio de la soledad que él propone, el “solaz del guerrero”, en palabras del ‘Zarathustra’ de Nietzsche, pero también, es el ahora, es el tiempo. ¿Será tan grande como el amor? Esto último es, por cierto, algo en lo que Houellebecq –quien vivió de niño el abandono de sus padres y dos divorcios– pareciera aún creer, algo que se consume entre dos personas y en lo que todavía se ‘puede’ creer, no en un más allá irreal, como reflexiona también Zarathustra.

La prosa de Houellebecq es oportunamente lírica, y entonces, conmovedora, a través de las pocas luces de esperanza que deja vislumbrar Labrouste, un hombre que en el fondo quiere ser redimido o salvado, aunque reniegue de Dios, a quien culpa por el fracaso de uno de sus más grandes idilios, Camille, y califica de “mediocre”, ya que “todo en su creación posee el sello de la aproximación y el fracaso”. Por ello está consciente de que “el trago, las mujeres y el ganja son cosas que ayudan a vivir pero no transforman la vida en destino”.

La libido está en decadencia, Francia y Occidente están en decadencia, el amor se derrumba. En Labrouste, deprimido por el sistema, subyace el ser que busca esa luz que rompa la oscuridad. A ratos sufre, en su conflicto interno, medita, sobre sus actos y pensamientos, y cita a Pascal: “el hombre no es un ángel ni un animal, y lo malo es que quien quiere obrar como ángel, obra como animal”.

Si el mundo se acabara mañana, ¿qué es lo último que desearía alguien al abrir los ojos, en su día final de vida y deseo? Houellebecq retrata el deseo, precisamente, mediante una expresión honesta y, como es usual en él, gráficamente sexual, invitando a un entrevero –con el que no se sabe cuál es la voz del autor y cuál es la del personaje– a través de Labrouste, cuya historia inicia en España y desvaría recordando amores transitorios y otros memorables. Se reencuentra con un viejo amigo y se involucra levemente en una huelga del sector agrícola en Francia –que rememora curiosa y admirablemente a la revuelta de los ‘chalecos amarillos’ que continuaban estremeciendo al país en los meses de publicación de este libro, a inicios del año anterior–, a medida que se va sumergiendo, poco a poco, con total lucidez, en su propio ocaso, el de la miseria humana.

Las escenas porno anecdóticas en Serotonina –hablábamos de su controvertido autor, quien menciona en su libro El mundo como supermercado que “la búsqueda sexual no es el placer sino la embriaguez narcisista de la conquista” – son un componente de sus páginas, como parte del relato de los “circuitos cotidianos” e idiosincrasias de su personaje.

Florence-Claude Labrouste vence ciertas adhesiones humanas, pero no a la del afecto, menos aún a la de alguien como Camille, o como Kate –cuya “fresca voz” es capaz de hacerte sentir “limpio de toda suciedad, todo desamparo y todo mal” – o a la fantasía de una mujer  como la “eternamente dolorosa chica de El Alquián”.

El aclamado escritor de Las partículas elementales (Anagrama, 1998), quien dijo recientemente que “tras el coronavirus todo será igual… pero un poco peor” y que “mientras insistamos en una visión individualista del mundo, seguiremos muriendo”, parece querer dejarnos un regalo a través del ‘egotrip’ del alma desarraigada y eremita de Labrouste: el ahora, el tiempo, como lo mencioné al inicio. Y es más grande que el amor y el sexo, que no son la misma cosa. En esto último, Houellebecq tiene la película clara.

Para quienes disfrutan de la música durante la lectura, sugiero las ‘Gnossiennes’ del pianista Erik Satie, quien encontró inspiración en la soledad.

Reseña por Gustavo A. Negron
Escritor
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