Sobre el heroísmo como cotidianidad | Otra mirada

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Sofía Ímber 100 años | Un legado para las artes en Venezuela

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Miradas del pensamiento | William V. Musto Cultural Center

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Aún no había tenido la oportunidad de ver la película Simón y pensé que me iba a quedar sin hacerlo, pues corría el rumor de que el gobierno de Venezuela no la dejaría exhibir por más de dos semanas en los cines del país, debido a lo que su contenido denunciaba.

Pero, a pesar de los rumores, la cinta del joven cineasta Diego Vicentini, tuvo un interesante apoyo tanto de crítica como de público, lo cual se reflejó en la buena taquilla que desde su estreno, el pasado 7 de septiembre, la ha mantenido en las salas.

Sin olvidar el hecho de que parte del interés del público por asistir a verla, radicó también en la polémica que se levantó cuando la ANAC (Asociación Nacional de Autores Cinematográficos) eligió —al parecer con ciertas irregularidades, según se replicó en varios medios y RR.SS.— a la cinta La Sombra del Sol en lugar de la favorita que a todas luces era Simón, la cual incluso venía con el espaldarazo dado por la ACACV (Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Venezuela) con la postulación a los Premios Goya 2024.

No obstante, estoy claro, que sí al régimen en verdad no le conviniese la proyección de Simón o si a algunos de los innombrables del séquito de la cúpula de poder tuvieran alguna pataleta personal hacia el film, hace rato que ya no estuviera en las salas. Tampoco sería la primera vez que pasara, verbigracia tenemos los ejemplos de las películas El Inca o Infección.

Justamente, esto último fue lo que más me impulsó a ir a verla.

Sin duda lo primero que reconozco luego de ver la película es el prometedor talento del director Diego Vicentini. La cinta posee buenos encuadres, un acertado trabajo de iluminación y un guión sencillo pero bien escrito, con momentos contundentes e interesantes giros que conllevó a que la academia estadounidense, responsable de la entrega de los Oscar, haya solicitado el guión para su colección permanente.

Simón | Teaser Subtitulado

A grandes rasgos, Simón es la historia de un joven estudiante venezolano que participó en las protestas ocurridas en 2017 y que se vio obligado a escapar del país. Refugiado en la ciudad de Miami con una visa de turista, se encuentra atrapado en un conflicto mental propiciado por los fantasmas de su pasado que lo mantiene en la disyuntiva de solicitar su asilo o regresar.

Christian Mcgaffney nos regala una estupenda actuación al igual que el veterano Franklin Virgüez, quién en los pocos minutos que aparece en pantalla se roba el show, incluso hubo ciertos destellos en su trabajo que me hicieron evocar a Marlon Brando en Apocalypse Now. También quiero destacar la naturalidad interpretativa de la actriz Jana Nawartschi y del actor Roberto Jaramillo.

Ahora bien.

Es cierto que la película tiene parlamentos contundentes como la forma en que el “General Lugo” (Virgüez), se refiere “al… que está en Miraflores”. Por menos de eso a otros los han encarcelado. Entonces, ¿por qué la película se sigue exhibiendo sin problema en el país?

La cinta, a mi modo de ver, es un arma de doble filo y a continuación explico el porqué de mi apreciación.

Al régimen siempre le ha importado manipular la imagen en el exterior de Venezuela, no solo la del gobierno, sino también la del venezolano.

En ese sentido, uno de los  momentos menos gratos para ellos fue la gran diáspora de Venezolanos que decidieron emigrar.

Rápidamente en la mayoría de los países, nuestros compatriotas fueron bien recibidos. La preparada mano de obra venezolana era reconocida. Incluso aquellos que no tenían mucha formación académica se destacaban por sus ganas de trabajar, puntualidad, solidaridad y adaptación al equipo. Recuerdo también lo alabados que fueron nuestros médicos en Chile.

Pero esa imagen internacional al régimen no le convenía, entonces comenzó el contraataque.

“Casualmente”, miles de delincuentes comenzaron a “fugarse” de las cárceles, Reconocidos “trenes”, “pranes” y demás bichos de uña, iniciaron operaciones en otras latitudes. Y de la noche a la mañana el “venezolano” empezó a robar, estafar y asesinar en los países donde nuestro gentilicio era bien visto, lo que trajo como consecuencia un cambio radical hacia nuestros compatriotas y pronto el reconocimiento se transformó en xenofobia.

Paralelamente empezó a venderse la fantasía de que “Venezuela se arregló” con el apoyo pre-pagado de muchos artistas e “influencers” (que se hacían llamar opositores y que seguramente el tiempo les pasará la factura), con conciertos fastuosos, con tiendas de lujo, con restaurantes de “altura”, con autos de altísima gama y con el dólar omnipresente.

Como es lógico, para el común de los ciudadanos en los países a los que seguían llegando más y más venezolanos, les era difícil entender ¿por qué si Venezuela estaba “tan bien”, los venezolanos no se devolvían a su tierra? Lo cual fue acrecentando odios y rechazos.

Simón no tiene un final feliz. Quizás hay atisbos de una posible felicidad para el protagonista al escapar del horror vivido.

Pero para quienes en Venezuela siguen padeciendo ese horror, de una o otra forma, la cinta es desoladora. 

El mensaje final se puede traducir en que los malos se salen con la suya “y nada va a cambiar” y este es uno de los filos que tiene este film.

Por eso el régimen permite que la película se vea en Venezuela para que al público le quede clarito el mensaje. Si estamos aquí, o bailamos al son que a ellos les dé la gana de tocarnos o el otro camino es que nos vayamos a un país donde ya se han encargado de que nos reciban con recelo.

Pero el otro filo de la película, que no le agrada al régimen, es que la cinta se vea masivamente fuera de Venezuela. Porque al espectador, que no sea venezolano, es muy probable que le haga entender la realidad de lo que pasa en esa tierra “al norte del sur” y que comiencen a empatizar con el dolor y sufrimiento padecido por los venezolanos; y he aquí el gran aporte que la obra de Vicentini puede hacer.

Por eso no es casual lo ocurrido en la ANAC, impidiendo a Simón representar al país en los Oscar

Que, por cierto, ya la ANAC no debería ser más el organismo que tome esta decisión. Lo correcto, como pasa en la inmensa mayoría de los países, es que sea la ACACV quien se encargue de las postulaciones de nuestras películas a los certámenes internacionales.

La repercusión internacional que implica una nominación al Oscar para cualquier película, significa millones de espectadores en el mundo entero y esto, sin lugar a dudas, es algo que al régimen y a la imagen que pretende vender de Venezuela en el exterior no le haría ningún favor, y menos cuando está en curso en la Corte Penal Internacional, la investigación sobre las víctimas de lesa humanidad en Venezuela.

Ojalá que esta nueva espada de Simón camine por América Latina y el mundo entero, cortando con el filo adecuado.

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