Por Dr. Carlos Avilés.

Es alarmante el rápido crecimiento de la población mundial en los últimos cien años, el deterioro del ambiente y el alto consumo de energía. Esto plantea un reto al desarrollo de todos los países. Entendiéndose el desarrollo según el informe PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, 2018), donde se señala que “El Índice de Desarrollo Humano (IDH) es un índice compuesto que se centra en tres dimensiones básicas del desarrollo humano: la capacidad de tener una vida larga y saludable, que se mide por la esperanza de vida al nacer; la capacidad de adquirir conocimientos, que se mide por los años promedio de escolaridad y los años esperados de escolaridad; y la capacidad de lograr un nivel de vida digno, que se mide por el ingreso nacional bruto per cápita”.

“El país está atravesando por una grave crisis en todos los ámbitos de su acontecer nacional, particularmente, la falta de generación de energía”

Dentro de tales dimensiones están  los indicadores de sostenibilidad ambiental que presentan niveles o variaciones en el consumo de energía procedente de combustibles fósiles y el consumo de energía renovable.

La energía se puede definir como la capacidad de generar trabajo y/o movimiento, y se basa en la conversión, generación, transmisión, usos y almacenamiento de dicha energía. En termodinámica clásica la energía es la sumatoria de la energía potencial más la energía cinética.

 Por otra parte y de acuerdo a estimaciones de la ONU, de 1950 a 1987 la población global saltó de 2.600 millones de habitantes a 5.000 millones. Ya en octubre de 2011, se estimaba que la población mundial era de 7.000 millones de personas. Se estima, según la ONU, que para el 2050 la población alcance los 9.700 millones de personas, pudiendo llegar a un pico de cerca de 11.000 millones para 2100. Cabe destacar que más de las tres cuartas partes de toda esa enorme población estará concentrada en los países de poco desarrollo, por lo que será inevitable un incremento significativo del uso de la energía para asegurar niveles básicos de nutrición, salubridad, suministro de agua potable y otras necesidades.

En consecuencia, esta tendencia señala un incremento sustancial del uso energético, por lo que no sólo se debe afrontar la explosión demográfica cuya gran mayoría vive en niveles de subsistencia, sino que se debe lograr un incremento considerable en la producción de energía sin provocar daños al medio ambiente.

En tal sentido, se presenta en paralelo el problema energético de Venezuela, destacando que el país está atravesando por una grave crisis en todos los ámbitos de su acontecer nacional, particularmente, la falta de generación de energía por la carencia de políticas públicas e inversiones dedicadas exclusivamente a este sector.

Con la abrupta caída de la producción petrolera en Venezuela (sólo cerca de 650 mil barriles diarios, según la OPEP), podemos pensar en un adecuado uso de la matriz energética. Lo que nos lleva a la combinación de todas las fuentes viables de generación de energía eléctrica, junto con las conocidas térmicas e hidroeléctricas.

En esta perspectiva, y según la Organización Latinoamericana de Energía (OLADE), en el trabajo Matriz Energética en América Latina y el Caribe, situación actual y perspectivas de las Energías Renovables, (2012), conviene ver los informes sobre reservas mundiales de petróleo y gas, la distribución de reservas probadas y el potencial hidroeléctrico de AlyC.

De forma inversamente proporcional a la baja producción petrolera, el gasto público y el tamaño del Estado han crecido inmensamente, con una galopante hiperinflación que convierten al país en un Estado Paquidermo.

En este orden de ideas, según el Banco de Desarrollo de América Latina (CAF, documento de trabajo N° 2014/05 del 13/09/2014) se evidencia que la incidencia del empleo público en el empleo total de Venezuela es el más alto de Latinoamérica, siendo el impacto del empleo público cerca del 20% del empleo total, con una población de 29.186.358 habitantes. Si se compara con Brasil de 196.877.328 habitantes, el impacto del empleo público es cerca del 12% del empleo total. En ese mismo sentido, comparado con México con 117.449.649 habitantes el impacto del empleo público es del 10% del empleo total.

Ante este escenario, para que Venezuela pueda repuntar en el curso del desarrollo sostenido se deben –más temprano que tarde– dedicar políticas públicas claras, así como los recursos humanos, tecnológicos y financieros para recuperar a corto plazo la infraestructura energética ya existente. Luego, a mediano plazo, crear una robusta matriz energética que permita a largo plazo la prosperidad y el desarrollo del país.

Dr. Carlos Avilés

  • Maestría en Ecología y Recursos Naturales, Universidad de los Andes (Mérida, 1973)
  • Ingeniería Nuclear (USA, 1981).
  • Doctorado en Economía (Phd), USM-UCV (1988)
  • Seguridad y Control de Materiales Nucleares (USA/Rusia, 1989)